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Ampliar el léxico en bien de las relaciones humanas



Por: Fernando Silva


En diversos ámbitos de la vida, particularmente en los universitarios y laborales-profesionales, es recurrente observar que la gente tiene ideas, incluso bien definidas en su mente, pero al intentar transmitir de manera verbal sus argumentos no logran articular enunciados de manera apropiada y, en el caso de documentos especializados, la escritura desatendida y la falta de vocabulario es una constante —y aún más cuando de peculiar publicidad o canciones se trata— lo que conlleva a contundente repercusión negativa y, en el mejor de los casos la situación quizás sea aleccionadora pero seguramente bochornosa. En ese sentido, significativo número de instituciones formativas —desde preescolar hasta de estudios superiores— no otorgan correcta prioridad a la comunicación oral y escrita, además de que no se evidencia la imprescindible cautela al abordar arcaicos y conservadores planes de estudio, ni la elaboración de rutas alternativas para la enseñanza como el ejemplar caso de las escuelas inclusivas, lo que engendra deficiente preparación a los estudiantes y, peor aún, tratándose de los egresados. Ello se advierte con inquietante elucidación en los inconvenientes que afrontan al expresarse en público y/o cuando elaboran sus tesis o al redactar documentos profesionales, situaciones que se intrincan cuando los grupos son distintos de aquellos con los que se relacionan cotidianamente y que consienten —para mal— sus conceptos equivocados y/o falsos juicios.

Sobre el particular, los directores de las instituciones formativas que amparan nefastos sistemas pedagógicos (privados o públicos) son mayormente responsables de tan lamentables deficiencias. Lo obvio es que además hay «docentes» sin vocación que alejan a los educandos de toda posibilidad de fascinación por escuchar, observar, leer, hablar, analizar, escribir, comprender y dinamizar la capacidad de sorpresa, así como integrar los beneficiosos aportes de las bellas artes, que por ser en sí mismas medios de comunicación, no sólo instruyen, dirigen y satisfacen la sensibilidad de cada ser humano, sino que son necesarias para cultivar plena y generosamente toda dimensión social. Por lo que potenciar las expresiones estéticas —como básicas herramientas para superar cualquier barrera comunicativa— brindará primordial beneficio en términos de calidad de vida.

Desde este punto de vista, la plasticidad de los sistemas nervioso y psicológico nos refieren a cómo el aprendizaje, la adquisición de habilidades, las influencias interpersonales, sociales y otras variables del entorno pueden ejercer un efecto en la estructura física del cerebro, modificándolo y estableciendo nuevas relaciones y circuitos neurales que a su vez transforman su funcionamiento. Tan atrayente capacidad mental es clave en la actual neurociencia social, que en su campo interdisciplinario procura comprender la relación entre el sistema biológico y la conducta social, que a su vez está relacionada con los procesos sociales y de comportamiento, así, los conocimientos de una persona sumados a sus habilidades se multiplican exponencialmente.

Por lo anterior, es necesario atender la inteligencia comunicativa, principalmente la efectiva a través del uso adecuado de los significados y entendidos que aportan —la semántica y el léxico— y el valor del lenguaje empleado de manera formal, pertinente y apropiado a los argumentos que se manifiestan. Lo que nos lleva a cuestionarnos el modo en que se envían y se reciben mensajes a través de diferentes medios, destacando la rapidez de la comunicación a través de la Internet que ha provocado la falta de uso adecuado de la ortografía y en general la desestimación por un manejo amplio del vocabulario en toda su riqueza y corrección.

En ese sentido, no perder de vista que el lenguaje es un instrumento de cognición y de correspondencia entre dos o más personas, contenidas en la facultad que representa las imágenes de las cosas reales o ideales que nos dotan de recursos para comprender y construir representaciones mentales que expresan la unidad de pensamiento y los actos locutivos, ilocutivos y perlocutivos, así como los de saber producir distintos tipos de textos como vinculación dialéctica, de contenido y forma, sin los cuales no seríamos capaces de precisar, exteriorizar, aclarar y delimitar las percepciones, representaciones e ideas en nuestro cerebro. Por lo que hablar y escribir de manera eficiente, no es únicamente un medio para comunicarse, sino que también es un modo de exploración personal que puede ser considerado como una práctica de la terapia sistémica —ya sea como respuesta a un diálogo interno o externo— y en la medida en que nos relacionamos con la familia, los seres queridos y la sociedad en general.

Desde y sobre las relaciones profesionales, la escritura reflexiva, más si se ubica en el orden de una investigación, requiere un serio análisis con particular atención a las normas éticas —como cualquier otra área relativa a la profesión que se ejerza— realizando sanas y justas críticas apreciativas sobre las relaciones fluidas y emergentes que existen entre la práctica y los procesos narrativos que incluso producen admirables hipótesis y tesis. Adicionalmente, la capacidad lingüística va más allá de una simple relación entre escucha y habla por un lado, así como lectura y escritura por el otro; las cuatro habilidades están estrechamente relacionadas entre sí. En lo particular, una persona que acostumbra la espléndida práctica de leer y escribir adquiere natural aumento de su vocabulario; por consiguiente, se puede afirmar que tiene competencia comunicativa cuando asume entendimiento en estos cuatro aspectos.

Está claro que el idioma español es uno de los referentes en el mundo, tanto por la cantidad de hablantes —casi 600 millones de personas— como por los 21 países en los que está como idioma oficial. Además, es una lengua que convive con otros idiomas vivos y dialectos, destacando por ser una de las más ricas en términos de su sobresaliente número de palabras —93 mil, más las que se sumen en lo futuro— y términos recogidos en el diccionario de la Real Academia Española (RAE). Entonces ¿por qué en la comunicación cotidiana una persona promedio emplea unas 300 palabras, un ser humano culto 900 y si es un intelectual puede llegar hasta cinco mil? ¿Será que a medida que surgen dispositivos «inteligentes» el número de las palabras se va reduciendo? La pobreza de vocabulario es de tal calibre que al parecer, para que la mayoría de la gente se dé a entender basta con que conozca tan sólo tres centenas de palabras y eso no quiere decir que las comprendan. En tal circunstancia, las redes sociales han generado una escritura en la que prima la inmediatez plagada de abreviaciones y acrónimos en inglés como LOL, XOXO o BTW. También, predominan faltas de ortografía manifiestas como la costumbre de omitir signos ortográficos, no poner acentos… A ello contribuyen los escasos niveles de lectura y la dudosa credibilidad de mediocres y autollamados «influencer» y medios de comunicación en manos de personal con escasa dotación lingüística. Una parte de este colectivo «millenial» muestra serios problemas para acceder al registro formal del habla. Tal situación puede acarrear complicados inconvenientes, ya que el lenguaje es el vehículo de la comunicación y el enlace ético-moral de las sociedades.

Es necesario advertir que tan pusilánime proceder somete a varios riesgos: Menor fluidez a la hora de redactar o expresar pensamientos, disminución de comprensión al leer y al hablar, reducción en la capacidad de emitir juicios, problemas orales y de aprendizaje, pérdida de memoria y, primordialmente, incremento de estupidez. Por ello, estimado lector acrecentemos nuestro léxico en bien de mejores relaciones humanas.

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