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Cuando el político dice representar a Dios



Por Omar Garfias

@Omargarfias


Cantar y bailar en espacios públicos está prohibido y es obligatorio que, cuando estén a la vista de hombres, las mujeres usen un velo que les cubra la cabeza.

Dicen que así lo quiere Dios.

Las penas son de hasta diez años de cárcel, 7 mil euros de multa y 60 latigazos.

En los primeros seis meses del año, el régimen iraní ha enviado 991 mil mensajes de texto a mujeres por no usar correctamente el velo, confiscado 2 mil vehículos e iniciado 2 mil 251 procesos.

Por ese delito, la policía moral detuvo a la joven Mahsa Jina Amini, quien murió mientras estaba bajo su custodia. El gobierno reprimió las protestas, lo que ocasionó 500 muertos, 20 mil detenidos, 20 condenados a muerte y siete ejecutados.

Alí Jamenei es el líder máximo de Irán, tanto político como religioso. Dice estar haciendo cumplir la ley de Dios, la ley islámica; que establece la moral dictada por el divino creador.

No busca convencerlas de que usen velo, usa la fuerza.

Muchos gobernantes aluden a Dios para ejercer el poder sin límites, para hacer lo que quieran, sin contrapesos.

Lo mismo hacen muchos políticos, para acceder al poder.

Si te opones a mi política o a mi candidatura, estás contra Dios, es el mensaje.

El pretendido respaldo divino no se puede verificar.

Acciones como el despojo de tierras a los nativos de este continente o el uso de armas por el ejército nazi fueron bendecidas por las instituciones religiosas correspondientes. Más tarde pedirían perdón por ello.

No hay una hoja de afiliación de Dios a ningún partido político.

Según el Pew Research Center, en el mundo hay 1 mil 800 millones de musulmanes; 1 mil 400 millones de hinduistas; 1 mil 300 millones de católicos; 630 millones de cristianos evangélicos y 500 millones de budistas, por mencionar a las cinco religiones más numerosas de las cuatro mil identificadas.

Los políticos, seres de carne y hueso, aluden a Dios con el objetivo de que sus intereses y decisiones no sean cuestionadas y sean apoyados y obedecidos incondicionalmente, como acto de fe.

Las posturas amparadas en la religión no están sujetas a discusión porque se anclan en dogmas. Cuando se dice que es palabra de Dios, que así lo dice la Biblia o que es un escrito sagrado, se achica la posibilidad de cuestionar.

Empero, para que la deliberación pública nos lleve a comprender los problemas sociales, económicos y políticos y encontrarles solución, debe haber un intercambio libre, informado, plural y tolerante. Todo lo contrario a “ya dijo el que dice ser el representante de Dios, ya no le busquen”.

La buena deliberación pública requiere de un espacio público abierto a la exposición libre y a dudar y cuestionar las ideas.

El gran cambio político del Siglo XVIII fue que la legitimidad del gobierno y sus decisiones recayeron en la soberanía popular, en la opinión de los ciudadanos y ya no fue definida por la obediencia a quien decía haber sido elegido por Dios para ocupar el trono.

La libertad religiosa significa que cualquier persona puede adoptar y promover la moral y las conductas que considere idóneas. Esa misma libertad cancela que sea el gobierno quien imponga esa moral.

Puedes pensar como quieras, no te van a imponer, pero tampoco podrás, con ayuda del gobierno, imponer tu creencia a los demás; deberás convencerlos, porque ellos también son libres.

Actualmente existe una gran tentación electoral de muchos políticos, de aliarse con organizaciones religiosas o a pintarse de religioso.

Ante esa tentación carnal, poco espiritual, es necesario asegurarnos de que el gobierno y la política sean de carácter laico.

La laicidad es la garantía de libertad de religión y es un régimen de convivencia donde no hay credos favoritos.

Un Estado laico es necesario para la democracia, porque funda la tolerancia y el respeto a las diferencias. La laicidad es necesaria para garantizar los valores de igualdad y no discriminación, pluralidad y libertad.

La laicidad sostiene que corresponde a cada persona decidir su proyecto de vida conforme a sus ideas y creencias, sin más intromisiones ni límites que los necesarios para respetar los derechos de terceros.

El Estado laico establece la igualdad desde la imparcialidad.

Rompen la laicidad cuando usan ropa con imágenes religiosas, rezan y proclaman que son creyentes, como si eso fuera garantía de que son buenas personas, como si no existieran casos de practicantes pedófilos.

De todo hay en la viña del Señor; no por hacer gala de escapularios serán buenos presidentes municipales o diputados.

Este no es un llamado para que no haya valores en la política.

Al contrario, es un discurso que reclama la libertad para adoptar los valores religiosos de la opción que se prefiera, en forma libre de la intromisión del Estado y para exponerlos en la arena pública, sin que el gobierno sea parcial y favorezca alguna opción.

Este es un llamado a que, por ejemplo, la iglesia de "La luz del mundo" no vuelva a presionar a su feligresía para votar por Morena y volver a tener diputados.

La Constitución define a nuestra República como laica. Ello implica asegurar una imparcialidad del Estado frente a todos los cultos, creencias y organizaciones clericales.

La laicidad hace posible la libertad; es la garantía para el ejercicio pleno de los derechos de todos.

Todas las políticas de gobierno son hechas por seres humanos y son posibles de ser exitosas o fallidas, por ello hay que analizarlas. Ninguna es dictada por Dios.

Todos los candidatos son seres humanos con defectos y virtudes. Ninguno es recomendado de Dios.

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