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Dar paso a la gamificación en la formación de los menores


Por: Fernando Silva


Buena parte de los sistemas escolarizados de enseñanza básica preservan métodos cuya reglamentación suele justificar y hasta legitimar oxidados modelos de estudio, subordinados a intereses que están por encima de innovadores enfoques pedagógicos, por lo que es importante que las ideas constructivas que aportan valor a la enseñanza y a la formación de estudiantes sean para que piensen en realizarse como futuros profesionistas con sentido del bien común, en lugar de la competencia —inclusive desleal— desde posturas genéricas y extremas como «Se gana a cualquier costo» que lamentablemente les llegan a provocar estrés, inseguridad y hasta baja autoestima. Por lo que es necesario recobrar los valores que les brinden a los alumnos certeza moral y ética; de igual forma, que en lugar de memorizar y pasar largas horas en franco aburrimiento, se brinde oportunidad a la gamificación, que es una de las técnicas lúdicas recreativas de aprendizaje que transpone la utilización del juego para mejorar el compromiso y la motivación al ámbito educativo-profesional con la finalidad de amplificar el grado cognoscitivo; potenciar las destrezas en favor de la inteligencia emocional, espacial, naturalista, kinestésica-corporal…; el habla y lenguaje; las habilidades motoras finas y mayores; la percepción estética y la participación en actividades artísticas como el dibujo, la pintura, la música… que recompensan funciones físicas y mentales concretas, brindando bienestar individual, familiar y social, entre otros sanos y feraces propósitos en provecho del conjunto de las fases sucesivas de enseñanza-aprendizaje.

Aquí podemos considerar cómo la disminución en las capacidades de algún educando no es simplemente un fenómeno que refleja las diferencias de rendimiento en relación a sus compañeros de aula, ya que lejos de esto, la cuestión abarca diversos significados y desafíos que se adentran en el plan de estudios y en los méritos o perjuicios que la institución de aprendizaje va transmitiendo de manera implícita a través de lo que se ha venido a denominar «Currículo oculto» que no es otra cosa que el compendio de saberes, normas, costumbres y hasta creencias que van más allá de lo que se establece en el plan de estudio de las distintas etapas escolares y, aún más, a las ideologías liberalistas, pluralistas e igualitaristas.

En ese sentido, si la primera infancia se define como el período que va del nacimiento a los ocho años de edad y que constituye un momento del crecimiento en que el cerebro se desarrolla notablemente, los menores deberían recibir la mejor atención profesional y todos los recursos didácticos en su aprendizaje, favoreciendo la enseñanza dinámica, avivando la capacidad de comprensión para potenciar, entre otros aspectos la ratio, el habla, la lectura y la escritura, el discernimiento sensible a través de las expresiones y métodos artísticos, así como advertir y hacer frente a la poca o nula implicación y actualización de los maestros (as); dar cumplimiento a la adecuada infraestructura; responder con argumentos y responsabilidad a los cambios de normativas educativas que fustigan los planes de estudio, evitando métodos obsoletos que priman la repetición monótona de nociones y no sufragar la falta de atención individualizada en las escuelas —condición elemental que los docentes deben tener en cuenta— para que se adapten de mejor manera a las necesidades y ritmos de sus estudiantes.

En tal escenario, los peticionarios de aprendizaje escolarizado de calidad y equidad, ubican la vinculación familia-escuela en un sitial vital, pues si se provee positivamente disfrutarán de justo estatus de cualificación y de espléndida colaboración mutua, en consecuencia, favoreciendo de manera significativa a los docentes y a los alumnos. Esta munificencia articula en bien común los distintos ámbitos de la institución pedagógica, la familia y sociedad, relevando los procesos de participación parental como instancia estratégica para optimar la educación y el clima escolar, así como contribuir al progreso del centro de enseñanza. De esta manera, quienes tienen el cargo de directores en las escuelas deben tener la capacidad de observar, organizar y planificar los diversos procesos que engloban tan significativa labor en un marco de respeto, dignidad y calidad humana conforme a la responsabilidad ética, promoviendo constantemente —y por diversas vías— las fortalezas y virtudes de todos los integrantes de la institución, incluyendo a los alumnos.

Otorgando comprensión y confianza al enfoque de la UNESCO para la Agenda 2030 de Educación —al margen de que esta instancia de la ONU cumpla con su fomentado objetivo— es importante fortalecer como sociedad el que las escuelas sean entornos seguros y saludables en donde los educandos puedan desenvolverse plenamente. Para ello, es preciso que la administración educativa y los profesionales que trabajan a diario en los centros —docentes, técnicos administrativos, psicopedagogos y personal de mantenimiento— así como los padres de familia y/o tutores se impliquen activamente mediante el beneficioso amparo del conjunto de criterios que regulan el uso considerado y correcto de éticos códigos que garanticen ambientes de prosperidad emocional y social que trasciendan hacia los hogares y a la colectividad considerada como unidad social donde se ubica la escuela.

Un aspecto que urge atender es todo aquel comportamiento que conlleva agresión física, psicológica, verbal o amenazante dentro del entorno escolar, ya que un sinnúmero de estudiantes no se sienten seguros a causa de variables contextuales e interpersonales, razón por lo que reducen su rendimiento de aprendizaje, así como sus habilidades y destrezas cognitivas, motoras y psicosociales, afectando en muchos casos su autoestima, lo que repercute en mala conducta, el que no se sienta valorado y hasta desafiante, al grado de sufrir miedo, estrés, ansiedad, migrañas… que pueden afectar gravemente su salud mental y aprender que la conducta violenta es normal y hasta correcta para relacionarse con los demás. Asimismo, tener en cuenta que estas agresiones se pueden llevar a cabo durante las actividades extraescolares, cuando la víctima va de camino a la escuela o de la escuela a su casa y, en considerable medida, a través de las predecibles redes sociales.

Entonces, cuando hablamos de violencia escolar, es recurrente evocar el típico caso de un «valentón» que, apoyado por su amenazado séquito, elabora diversas maneras de acoso (bullying), ridiculiza o se burla del aspecto físico (body shaming) y hasta practica tratos hostiles o vejatorios (mobbing) hacia el compañero «más débil». También, se integra la agresividad de un profesor hacia un alumno y viceversa. En este entorno, es frecuente que el alumno violentado oculte la situación al no percibir el respaldo de su familia, profesores y compañeros, por lo que el acosador —al no sufrir ninguna consecuencia— puede reforzar su poder sobre sus víctimas al grado de parecerle natural con el paso del tiempo.

Estimado lector, lo expuesto aquí es tan sólo una mínima muestra de las considerables situaciones que habitualmente los profesionales de la educación observan y procuran atender para mantener sanos entornos escolares, por lo que debemos ser conscientes de que podemos ocuparnos —como sociedad responsable— para avanzar en el tratamiento integral de la salud escolar y centrar los esfuerzos en la dimensión emocional y perceptiva de los alumnos, docentes y las familias, utilizando la emancipadora y recreacional técnica de la gamificación.

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