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Denunciar a quien odia por condición de clase



Texto e imagen de Fernando Silva


Es inquietante y amargamente revelador que alto porcentaje de la humanidad que se asume como parte de las sociedades de los países autonombrados del «primer mundo» no registren y, mucho menos, reconozcan abiertamente sus pensamientos y conductas xenofóbicas, aporofóbicas, clasistas, racistas, de discriminación lingüística-étnica y, en muchos casos, con posiciones violentas en extremo, siendo de lo más perturbador el que la mayoría de esas mujeres y hombres no se enteraron cuándo comenzaron a odiar pero que, sin embargo —en lo cotidiano—, las reproducen con descaro y sin reflexionar sobre ese conjunto de caracteres y procesos psíquicos que lastimosamente limitan su conciencia individual y colectiva. Tan tóxico comportamiento constituye un profundo y complejo inconveniente, esencialmente en el entorno socio-cultural, en donde suele generarse intrincada polarización a partir de que este zafio sector —que hipócritamente se agrupa entre la gente bienhechora y con demostrada calidad humana—, defiende a rabiar las diferencias de clase y la discriminación, «justificados» en ideologías conservadoras y exhibiendo brusco despliegue de consignas radicales y de extrema derecha hacia quienes apostamos por el desarrollo de sociedades progresistas, de esta manera avivan —al recurrir a la fuerza bruta con emoción negativa y, peor aún, con repugnante autoengaño— descontrolada aversión y hostilidad, lo que les impide entender que todo asunto que compete a las normas y leyes en cada nación e, incluso, en las reglas de fraterna conducta personal-familiar, están en función de aplicar inteligentes diálogos pacifistas que permitan generar sólidos y comprobables argumentos en bien de la equitativa probidad, los derechos y valores humanos, así como en la procuración de acuerdos y disposiciones en bien de todo ser viviente.

Sobre el particular, no hay manera de caer en la propensión de ver y juzgar las cosas desde un aspecto benévolo, en especial, sabiendo que buena parte de las negativas derivaciones surgen de opresores gobernantes, empresarios y políticos que enarbolan la bandera de la ultraderecha con posiciones hostiles hacia las democracias liberales, como instrumentos de poder económico-militar, particularmente, de las naciones con los ejércitos más poderosos, que vulneran sin recelo la estabilidad de países en permanente desarrollo o pobres, pero que al reconocer que son ricos en recursos naturales renovables y no renovables, usurpan sus territorios atemorizando a sus habitantes mediante enfrentamientos —desde ideológicos hasta beligerantes— descollando los conflictos bélicos. En consecuencia, engendran ingente conturbación y secuelas emocionales en las personas que sufren los despiadados acontecimientos y, aún más, cuando padecen pérdidas y/o separaciones familiares al ser víctimas de migraciones forzadas por efecto de persistentes bombardeos; utilizar a menores como —carne de cañón— soldados; el secuestro de mujeres y niñas que son obligadas a la esclavitud sexual; padecer graves consecuencia psicosociales... Por lo tanto, el deterioro de la infraestructura social en las poblaciones afectadas y los trastornos por estrés padecidos (entre otros), son aspectos que no suelen tomarse en cuenta por los países alineados al bloque occidental que encabeza Estados Unidos de América, ni les interesa evaluar los alcances del atroz escenario mundial que inducen so pretexto de proteger su soberanía.

Por añadidura, es probable que la gente —en esos países— que ensalza y procede con subvertida abyección, no atienda el hecho de que la generalidad de las discrepancias y conflictos internacionales implantados por sus gobiernos —como oda a la insaciable avaricia del sistema neoliberal— responden a una sistematización colonialista-capitalista, en la que reemplazan arcaicas formas de dominación, por otras más retorcidas y contradictorias, como la venta de armas —de manera ilegal y con lavado de dinero— a grupos de narcotraficantes y delincuenciales en todo el mundo y que, posteriormente, señalan como terroristas; también aplicando estrategias nazis para subyugar a los pueblos que consideran inferiores, e impidiéndoles la distribución equitativa de la justicia con su mentada globalización, cobijada en ideas fundamentalistas conservadoras que encomian su extremismo en un sistema basado en el libre juego de las fuerzas de mercado, gravando preeminencia industrial y utilizando mecanismos de evasión fiscal al transferir sus ganancias a paraísos fiscales a fin de ocultar las ganancias que realmente obtuvieron, elogiando el flujo libre en los factores de la producción fabril con mano de obra barata y sin garantías laborales; sometiéndolos a numerosas restricciones en temas de bienestar social y equilibrio ecológico; explotando minas y contaminando las tierras, ríos y mares; deforestando y extrayendo árboles maderables de alta calidad; adquiriendo por medio del cohecho hectáreas en sitios considerados patrimonios nacionales culturales y hasta promoviendo el estado de excepción en países con alta deuda externa y caos social como los recientes casos de Haití, Palestina, Argentina y Ecuador. Y cuando ya no hay nada para su provecho, los abandonan, desmantelando y dejando detrás de ellos miseria y mayor desconcierto social.

Desde este punto de vista, podríamos comprender que la mayoría de las desigualdades tienen su origen en la noción de poder y dominación, generando así el concepto de falta de equidad formal (que se rige por las normas legales) y la social (que se compone de pautas no jurídicas), entendiendo que la fraternidad o discriminación están en función de la condición social de cada persona respecto de las demás, como: el estatus, que refiere a la posición social que desempeñamos en comunidad y en donde decidimos vivir determinados por una mezcla de factores como el grado formativo, la ocupación profesional, la holgura pecuniaria, el prestigio ético-moral o el reconocimiento relativo a la profesión y/o valores y que fundamentalmente es adquirido a lo largo de la vida; en contrasentido, la clase social se basa en la división de la sociedad en grupos socioeconómicos —clasismo—, que se especifica por la distribución de recursos materiales y financieros, asimismo, sobre la base de la propiedad y de los medios de producción capital, así como la relación con el tipo de trabajo asalariado. De esta forma, están ligados a patrones de ingresos, riqueza, oportunidades educativas, formativas, mercantiles y de acceso a la eventualidad de desarrollo en todas las áreas de progreso, para tener la aceptación en sociedades que se enfocan en las relaciones (influyentismo) y la distribución de recursos de conformidad al parámetro consumista capitalista. En concreto, el estatus se fundamenta en factores de alta valoración sociocultural, mientras que la clase social se basa en la relación con los medios de producción y la estructura económica que delimita la oligarquía.

En consecuencia, no es posible pecar de inocencia cuando se trata de eximir de culpa a alguien que, por su condición de clase, ejerce odio o recelo hacia quien piensa y/o cultiva proposiciones tenidas por ciertas y en principios humanistas, claramente diferentes a los que los vituperadores ponen en práctica con hostilidad y rechazo para aquellas personas que se encuentran en desigualdad de oportunidades como el desempleo que, sin inducir a error, acarrea mayor pobreza y, ésta, a la falta de vivienda, salud, alimentación y sanas relaciones sociales, lo que desemboca en la marginalidad, condición que de modo estrepitoso infiere —a mediano y largo plazo— más conflictos y contrariedades.

Evidentemente, habrá que incentivar el valor cívico para denunciar esa deliberada voluntad de quien comete agresiones a sabiendas del daño u ofensa que transfiere. Por lo que en ese derrotero y en ocasión del ejercicio de los derechos fundamentales y la colectación de antecedentes normativos de los códigos civiles, es posible vincularlos al dolo y a la culpa para establecer la correspondiente sanción jurídica ¡Ya basta, que paren de joder!

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