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El último tren



Por Ricardo Medrano Torres


Un tanto nerviosa, esperó por más de una hora en el andén del metro, debajo del reloj. Cada hombre se asemejaba al que ella esperaba, quien parecía confirmar su incumplimiento tras cada minuto transcurrido.

Volteaba obsesivamente para mirar los números pendientes del techo, dentro de la estructura que anunciaba, además, el nombre de la estación: Balderas.

Pasaban las siete de la tarde. Triste, bajo la sombra de esa tristeza que, aunque esperada, duele de igual forma, decidió salir a tomar un poco de aire del exterior. Recordaba la Plaza de la Ciudadela y las bancas de concreto. Llovía. Una leve brizna escurría desde lo alto matizando los edificios ruinosos del entorno.

Por varios minutos contempló las clases de baile. Bailarines incipientes mejoraban sus destrezas a cada repetición de la cumbia en la bocina de luces led. Otros, definitivamente, habían nacido tan gráciles como un tronco de abedul y por ellos nada podía hacerse para exprimir una gota de talento. Sin embargo, sintió regocijo por aquellos que, sin el mínimo decoro, hacían su mejor esfuerzo y se zangoloteaban febriles. Sacó un cigarro de su bolso y batalló un poco para encenderlo, la brizna continuaba leve pero pertinaz.

Volteó hacia su izquierda y miró el teatro antes llamado Ciudadela. Recuerdo que una noche, la primera noche que pasamos juntos, vinimos a escuchar a… Richard, sí… Ah, sí, Richard Villalón, peruano él —dijo para sí—. Que si esto es escandaloso, es más vergonzoso no saber amar… —cualquiera se pone cachondo con esa letra y con esa maravillosa voz— se repitió en silencio y sonrió.

Miró el cigarro consumirse como el tiempo. Parecía haber transcurrido una eternidad, pero no habían pasado más de treinta minutos desde que ella se entretuvo mirando la práctica de baile. Qué carajos hago aquí, sola, como la gata bajo la lluvia de la canción. Mientras pensaba esto, la voz chillona de un hombre, una voz casi infantil, le solicitó un cigarro. Ella, sin voltear a verlo, alargó hasta él la caja entreabierta y el encendedor. Como ella no escuchara el consabido agradecimiento y la devolución de sus objetos, decidió voltear. Lo miró con atención. Una inmensa alegría le recorrió la espalda. Él también le sonrió. Ella se puso en pie y lo abrazó gustosa. Él acarició su cabello empapado y buscó su mejilla para sembrarle un beso. Dos emociones similares pero diferentes habitaban en cada uno.

La profunda alegría de ella salía por sus ojos como el estallido de un polvorín para el que no había dique capaz de contener aquel impulso acumulado. Él, sobradamente contenido, se limitó a abrazarla con un abrazo temeroso, como abrazando una figura de humo que estuviese a punto de dispersarse en el éter de la noche.

En la plancha de la plaza, numerosas, gruesas gotas empezaron a caer causando un estruendo. Una mujer apresuraba a sus hijos para ponerse a resguardo bajo el toldo de lámina del escenario donde los bailarines ensayaban segundos antes. El más pequeño de los niños miraba con atención las luces de la bocina que seguía amplificando la voz del cantante: Dime qué pasó, mi amor, por qué se terminó…

Ella, la mujer del metro, intentó perpetuar el abrazo; él, discretamente, se apartó de ella. Habían pasado años, tal vez demasiados, desde la última vez que se vieron. Sobre esas mismas bancas de la plaza pasaron incontables horas mirando bailar y besándose. Ella parecía no distinguir aquellas transformaciones. Era como si el tiempo se hubiese encapsulado en su memoria, como si los años, atrapados en una instantánea, fueran los únicos válidos en ese momento, sin pasado ni futuro, simples, comprensivos y delicados años causantes de aquel intransferible, inamovible amor que seguía supurándole a ella por los ojos, como espesa miel.

Ella no quiso preguntar sobre la tardanza de él. La espera fallida en la estación del metro había servido para exacerbar el posible sabor del reencuentro. Como en otros tiempos, ella lo tomó del brazo y lo miró con atención, enamorada, esperando que él tomara la iniciativa, que fuera él quien decidiera el camino a seguir; porque ella siempre fue dócil: por siempre, mansamente, ella se había dejado conducir hacia los sitios más inesperados para concelebrar largas sesiones de besos. Él sabía conducirla, llevarla en el acompasado baile de los amantes que pueden recorrer la pista con los ojos cerrados, sólo atentos a la música primitiva del cuerpo.

—Llueve, si quieres te invito a mi departamento—, dijo ella y apretó con dulzura el brazo de él, en un gesto coqueto y prometedor.

Él meditó por un instante la propuesta. Amablemente se deshizo del brazo de ella para sacudir las gotas superficiales sobre su ropa y su cabello. Luego, sin decir palabra, retomó con aparente seguridad la invitación e intentó hacerla propia, acostumbrado como estaba a dirigir la orquesta.

Por varios minutos, intentaron abordar un taxi; a esa hora y con lluvia, era casi imposible. Caminaron unos minutos hasta encontrar un café. Los dragones colgantes de la puerta de vidrio eran amenazantes, no así el olor del pan recién horneado. Tomaron asiento y una joven de rasgos orientales tomó su orden. Ambos pidieron café con leche y una charola de pan para elegir. Luego de unos minutos, ella decidió colocarse a un lado de él —originalmente, se habían sentado uno frente al otro en el gabinete de color rojo.

Si bien, no se trataba de un reencuentro en toda la extensión de la palabra, ambos sabían que una mariposa de curiosidad revoloteaba en sus respectivos pechos, pero las evidencias, poco a poco, comenzaron a ser mayúsculas. Hablaron un poco de sus respectivas vidas antes de volver a verse, del azar jugando su propia mano cuando se pusieron en contacto en las redes sociales a través de un amigo común.

Ambos rieron un poco al recordar viejas anécdotas. Particularmente, se quedaron mirando, uno al otro, dando pequeños sorbos a su café con leche, cuando vino a cuento aquella primera ocasión en que estuvieron juntos, la voz de Richard Villalón y el hotel ruinoso que tuvo compasión de ellos, cuando jóvenes, en mitad de la noche buscaron alojamiento a cambio de los últimos pesos en sus bolsillos.

—Definitivamente, aquello fue de locos—, dijo ella, y sonrió pícara y con algo de rubor en las mejillas—. Es el café, está un poco caliente.

Él clavó su mirada en el pan sobre el plato. No acusó recibo de la indirecta del café caliente, y retomó el tema: Seguro recuerdas que vagabundeamos por un par de horas en el metro, que intentamos salir de la estación de trenes hacia cualquier parte, pero a esa hora todo estaba apagado, menos nosotros, que andábamos encendidos y gustosos, escondiéndonos de los grupitos de vándalos apostados en las esquinas, evadiendo el peligro. Si supieras que me he vuelto más conservador y temeroso, que me acuesto temprano, con la televisión encendida. Que he estado casado un par de ocasiones, y me he divorciado las mismas veces. Dicen que cuando se repiten los errores se acaban los argumentos, y, seguro, yo he sido el de las fallas. Para qué culpar a nadie, yo me hago cargo. Debo decir que las dos fueron buenas mujeres, pero todo cambió después de un tiempo. No tengo hijos y vivo como ermitaño en mi isla privada, en medio de la ciudad. En un cuarto de azotea.

—Bueno, me toca contarte cómo me ha ido—, dijo ella y acomodó los codos sobre la mesa y las manos bajo su barbilla, como un gato dispuesto a confesar una falta, con esa mezcla de cinismo y astucia que, pese a todo, espera recompensa: —Me casé… bueno, decidí vivir en unión libre. Él es un hombre bueno, inocente para mi gusto. Tú sabes, hay momentos en que nosotras las mujeres...—. Él casi cerró los ojos, tratando de escudriñar aquella frase: “tú sabes”. Él no sabía nada de las mujeres, y si sus dos divorcios no significaban nada, si no eran un fiel testimonio de su incapacidad para comprender el alma femenina, entonces, cualquiera como él, pese a sus pocas credenciales, podía erigirse como todo un especialista del comportamiento de las mujeres— ...tenemos el recuerdo; vaya, recordamos al primer hombre de nuestra vida, este se queda en nosotras, vive ahí, en nuestra mente, y cuando las cosas van mal en el hogar, nomás abrimos el cajón y sacamos a ese hombre del recuerdo, lo materializamos; él, mitad imaginario, construido con retales, es el ideal que no termina de armarse, de concluirse. Tú eres ese hombre—, terminó ella de hablar y soltó una exhalación, como si hubiese tenido algo atorado en el pecho durante varios siglos, esperando la ocasión propicia para salir, para lucirse bajo el amparo de las mejores palabras, de los mejores argumentos. Era su forma de decir “aquí estamos, aprovechemos el tiempo inteligentemente”.

En el rostro de él se dibujó una mueca, tal vez triste. Sabía en el fondo que estaba lejos de las expectativas de ella. Que aquel idealismo se fundamentaba más en sus deseos. Paletadas de experiencias, como tierra de tumba, se habían apilado sobre cada una de sus vidas; sin embargo, ella no parecía tener conciencia clara del tiempo y el espacio. Él pensaba: tal vez si nos hubiésemos evitado tanta cháchara, tanto rodeo y hubiésemos ido al grano: aquí a la vuelta hay un hotel. Son casi las diez de la noche. Tal vez, a estas horas, ya todo hubiese terminado. Regresar a la jaula con una nueva experiencia, lista para guardar bajo la cama… Se recriminaba su indecisión. Ella le había cedido la iniciativa, y ambos sabían qué deseaban. Pero él estaba más temeroso de la mujer. Temía ser descubierto por ella, y también descubrirse desnudo, sin artificios ni construcciones de personalidad efímeras, poses de macho que cambia el plumaje de color y lo esponja, y alardea al ejecutar el pleno ritual de la conquista. Pero hasta ese ritual se había vuelto un fastidio Por eso prestó poca atención a las historias que ella le contara, y que se sucedieron, una tras otra, incontenibles; tal vez, en un afán por pedir al tiempo perdido que regresara, que él la conociera.

Ella quería enseñarle que en su vida habían sucedido muchas cosas, la mayoría insignificantes, pero dignas de compartirse. A él no le importó ni una pizca que las muñecas rubias fuesen robadas por los cargadores de la mudanza, cuando ella cambió de domicilio, allá por los ochenta; tampoco quiso saber más de los mutuos ex compañeros de escuela, de sus vidas, de sus divorcios y salidas del clóset de un buen número de ellos. Discretamente, él miraba de reojo el reloj en la pared del establecimiento. La simpática oriental que atendía a los clientes preguntó cortésmente si gustaban ordenar algo más. Él la miró a ella deseando que las palabras de la chica fuesen un punto final para ese monólogo. Esperó la respuesta de la mujer y, al corroborar que ella no ordenaría otra cosa, solicitó la cuenta. Al hacerlo, sintió una paz muy grande, la paz que se avecina luego del estruendo, un zumbido que se hace intenso y termina por aturdir, aniquilando cualquier vestigio, toda forma de recuerdo que incomode.

Él se excusó un momento para ir al baño. Ella le miró las nalgas con descaro. Esas eran las nalgas tan deseadas, tan idealizadas, que alguna vez fueron suyas y que hoy, si todo marchaba bien, volverían a serlo. Así pasaron los minutos, y luego de un par de horas, la joven de ojitos rasgados se acercó a la mesa para preguntar nuevamente si todo estaba en orden, si deseaba pedir algo más. Ella preguntó a la joven si el caballero aún seguía en el cuarto de baño. La muchacha, extrañada, contestó que nadie estaba ahí, por lo menos, ella no había visto a nadie. Pero ofreció pedir a un compañero que revisara. Minutos después, la chica confirmó que nadie, excepto ella, estaba en el establecimiento, y que faltaban pocos minutos para cerrar.

Ella sacó su cartera y colocó el importe anotado en la nota. Se levantó y caminó con rumbo al metro Balderas. Faltaban pocos minutos para la última corrida y los guardias ya se aprestaban a cerrar el acceso. Él la seguía a prudente distancia. Hacía quince años que el conocido hotel donde trabajaba se había derrumbado durante el sismo del ochenta y cinco, y él había muerto entonces en el lobby, de manera instantánea. Ambos sabían que jamás volverían a estar juntos, pero se prometieron repetir ese ritual de la cita, año tras año; inventarse una vida y fingir que la muerte no es más que una ilusión.

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