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El estéril quejido ciudadano


(4 de 6)


Por Omar Garfias

@Omargarfias


El periódico El Financiero encontró, en mayo pasado, que el 60 por ciento de los mexicanos aprueba el trabajo del Presidente.

Esa misma encuesta indicó que el 54 por ciento considera que López Obrador ha tratado mal o muy mal el problema de la corrupción y sólo el 29 por ciento contestó que bien o muy bien. Con respecto a la economía, el 42 por ciento calificó como mal o muy mal lo hecho por su gobierno y el 39 por ciento, que bien o muy bien.

En cuanto a la seguridad pública, el 64 por ciento reprobó la labor presidencial.

En conclusión, la mayoría aprueba a AMLO, le cree que es un político antisistema, honesto, que lucha contra el villano conspirador (los corruptos del PRIAN y los oligarcas) en beneficio del pueblo (57 por ciento respondió bien o muy bien sobre los apoyos sociales), pero esa misma mayoría no está satisfecha con el trabajo en aspectos fundamentales para su vida.

En la encuesta Mitofsky de abril, 54 por ciento aprueba al Presidente, pero 50 por ciento piensa que la inseguridad empeoró; sólo 22 por ciento dice que mejoró; 30 por ciento, que la economía está peor; 33 por ciento, que mejor; 48 por ciento, que la salud empeoró; 18 por ciento, que mejoró, y 78 por ciento, que hay corrupción.

Las dos encuestadoras acertaron en el resultado electoral de junio y ambas coinciden con la insatisfacción ciudadana mayoritaria en problemas importantes.

Cuando los ciudadanos inconformes se juntan y actúan, sus problemas se convierten en parte de la agenda pública, en la lista de asuntos que se le exige al gobierno que resuelva.

Cuando los ciudadanos inconformes se juntan y actúan se conforma la sociedad civil.

Sociedad civil es un concepto para diferenciarse de la sociedad política, que es la compuesta por los ciudadanos que son parte de los partidos o del gobierno. No quiere decir que no deban vincularse; al contrario, se necesitan para construir políticas públicas, pero es importante tener claro que son conglomerados diferentes.

Cuando la agenda de la sociedad civil se vincula con los partidos políticos hay efectos electorales del tamaño correspondiente a los sectores y regiones afectados por los problemas.

Hoy, la inconformidad ciudadana no tiene una voz efectiva en materia de ejercicio de gobierno, resultados electorales y participación política.

Hay poca sociedad civil.

Hay poca vinculación ciudadana con los partidos.

Pocos ciudadanos se juntan y actúan.

Es muy baja la capacidad para unirnos y resolver nuestros problemas comunes.

La inconformidad ciudadana hoy, aquí, se queda en la queja.

La insatisfacción ciudadana por separado es, generalmente, un lamento difuso sin precisión ni profundidad.

Para que tal frustración personal se convierta en demandas concretas y en pliegos de peticiones de grupos sociales, es necesario un trabajo de análisis que integre las distintas experiencias y delibere sobre sus causas y soluciones.

Con posturas claras y puntos de reclamo, la siguiente etapa en la ruta es la exposición eficiente ante la opinión pública y las instancias del Estado para concretar leyes, acciones judiciales, políticas públicas, programas de gobierno, visiones generales de sociedad, compromisos de campaña, alternancia de partidos o movilización electoral, según sea el caso.

Las organizaciones de la sociedad civil, formales o informales, que agrupan a los ciudadanos y realizan ese trabajo de estudio, deliberación y representación, son muy pocas.

Es imprescindible estructurar estrategias y eventos que provoquen el interés en los problemas comunes, promuevan la participación y organización de las personas, desarrollen liderazgos, impulsen el flujo de ideas y alienten la construcción ciudadana de propuestas de solución.

Es imprescindible hacer sociedad civil.

Sustituir los chats de insultos y fake news.

Está roto el canal entre la insatisfacción ciudadana y sus efectos en la política de gobierno y los resultados electorales.

Aún temas tan urgentes como la sequía y la inseguridad carecen de un prontuario concreto, sencillo, consensuado y bien comunicado que funcione como programa de solución.

Tenemos sólo lamentos genéricos como “queremos paz”, “estamos sin agua” y una multitud de solicitudes sin ponderar ni ordenar.

La negociación sólo se ha concretado para el campo. Ninguna otra de las demandas sociales tiene un diálogo con la autoridad para encontrar solución.

Los partidos no ayudan a formar la agenda ciudadana ni la representan.

Al obradorismo le cuesta mucho trabajo captar y canalizar ese flujo de ideas y demandas de abajo hacia arriba. Ahí las acciones se deciden de arriba hacia abajo. López Obrador decidió un plan “C” como programa de campaña que no se discutió entre las bases, sino sólo se les dio a conocer en una mañanera. En Morena, a las decisiones de “arriba” no se les cambia ni una coma. Se puede influir sólo accediendo al oído del jefe máximo, con suerte. Su fuerza política está en dominar la narrativa y eliminar contrapesos.

Tampoco los partidos de oposición lo hacen.

Los cruceros, los apresurados recorridos y los brevísimos foros cada tres años no son formas eficientes para escuchar.

Existen organismos de la sociedad civil de autoayuda o de especialistas que sí han formado soluciones a problemas y propuestas en materias como medio ambiente o atención a discapacidades. Tampoco son escuchados.

Los partidos no sostienen un trabajo sistematizado con expertos, científicos y organismos como cámaras empresariales y asociaciones de profesionistas.

Desdeñan interactuar con la inconformidad ciudadana más estructurada.

La falta de representatividad de los partidos radica en que, por un lado, ha habido una implosión de la diversidad ciudadana con múltiples causas, identidades e intereses, cada una con muchas demandas y, por otro, que no hacen el trabajo por escucharlos e impulsar la deliberación y el análisis que vertebre su negociación con el gobierno y el Estado.

Es imprescindible una nueva institucionalidad y funcionamiento de los partidos y de la sociedad civil para que los problemas ciudadanos no solo provoquen lamentos y frustración.

Inyectar nueva gente, nuevas causas, nuevas ideas y nuevos modos de escuchar, organizar, deliberar y construir propuestas.

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