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La cuestión no es qué nos llevamos, sino cómo y qué dejamos



Por: Fernando Silva


Si la mayoría de la humanidad concordamos en que al morir no nos llevamos nada material, entonces es incuestionable pensar y discernir sobre qué es lo que se requiere para despedirse de esta vida con la mayor tranquilidad y dignidad posibles, como esencial alivio de las penas que nos afligieron y las magnánimas alegrías que nos consolaron. Por lo tanto, antes de hacer algo o brindar algunas palabras, primordialmente, de afecto o cortesía a los seres queridos —o al menos en la intimidad mental— es vital considerar algunos aspectos ¿Qué pensamientos y conductas hay que rectificar?, ¿Qué tengo que reivindicar para no llevar a cuestas desmedida carga moral?, ¿De qué desprenderse o, incluso, liberar para realizar el traslado —de manera sosegada— hacia el infinito y más allá? Así como evitar sustituir aspectos de la realidad por otros «convenientes» que tergiversen el entendimiento y, por ende, el cauce de las circunstancias o hechos que suscitamos; y, de manera similar, un sinnúmero de profundas y prudentes introspecciones a considerar. En ese sentido, quizás, tales inquietudes sean debido a la suposición de que entre todos los seres vivientes somos los únicos que intuimos tener la capacidad de deducir el fin de nuestra existencia en la Tierra, por lo que al margen de que algún día logremos fundamentar con certeza tal percepción, la categórica combinación de factores y condiciones que se presentan en tan demoledora situación, constituye una respetable oportunidad para cavilar con sensata conciencia por parte de quien se encuentra en condición de agonía, así como sus deudos, para llevar a cabo con antelación las enmiendas pertinentes que faciliten mejorar la vida de todos los involucrados, además de evitar elevada pasión al intentar realizarlas en las últimas horas.

Algo recurrente en el comportamiento de copiosa gente, es la actitud evasiva ante la muerte o pasar por alto el hacer deferencias que puedan estar relacionadas con la finitud de la vida, por lo que, a decir de versados psicólogos, buena parte de este proceder se relaciona con el miedo y/o la zozobra. Al respecto, la tanatología y la logoterapia son dos materias que escrutan el deceso como acaecimiento natural, permitiéndonos deducir que anteriormente la defunción era admitida como parte natural del ciclo vital y que, en actuales sociedades, es percibido como una disfunción o un problema todavía sin resolver por la ciencia y las nuevas tecnologías, lo que fomenta que las costumbres y los valores se modifiquen en función de la ignorancia, el evitar hablar sobre el particular o negarlo y hasta la exigencia por vivir más. Pareciera que en lo más íntimo tienen un serio problema para aceptar este obvio hecho y lo hacen con relativa facilidad, probablemente por las estructuras sociales y sus cándidas inclinaciones hacia los entornos multiuniversos de la realidad física con la virtualidad digital que maquinan empresas como: Linden Lab, HTC Vive, Sony y Playstation VR, Valve Corporation, Unity Technologies, Meta (antes Facebook)…

Esto no es de sorprender, tener presente que el primer relato que situó la acción del concepto espacio-temporal-imaginario y que especuló racionalmente sobre los avances científicos y su impacto fue en la primera mitad del siglo XIX con la novela Frankenstein de la escritora Mary Shelley. Y en 1926, el escritor Hugo Gernsback acuñó el término «Ciencia ficción» en la revista Amazing Stories, que sería una de las más famosas del género y de ahí hasta nuestra actualidad en donde muchos escritores han analizado la repercusión de las computadoras y las tecnologías detallando universos y dimensiones alternativas creíbles, al grado de interactuar con personajes, objetos o elementos que nuestro cerebro interpreta altamente perceptibles en la realidad virtual (RV). Lo que lleva a deliberar sobre el uso práctico y eficaz de las tecnologías, en este caso, la RV como herramienta de inflexión en el acompañamiento de complicaciones e inconvenientes psicológicos, específicamente en los procesos previos al fallecimiento y durante el duelo de familiares y personas cercanas a quien está por morir, lo que fundamenta parte de los beneficios que podemos experimentar —pensamientos, emociones y reacciones— en el tratamiento de diversos trastornos relacionados a tan amargo trance.

Por consiguiente, enfrentar el proceso de la expiración, en la mayoría de los casos, es desde dificultoso hasta angustiante para quien lo sufre, pudiendo ser aún más para quien lo observa; más, cuando se exacerban las desavenencias, particularmente cuando adquieren ponderaciones íntimas o personales específicas. De hecho, de los conflictos sociales, los familiares son los más frecuentes y los que suelen provocar mayor dolor cuando sus integrantes no saben cómo resolver las inconformidades o no disponen de la necesaria voluntad para buscar y encontrar soluciones en bien de todos o, simplemente, no quieren establecer relaciones positivas, prefiriendo alejarse para no dialogar sobre el o los asuntos de manera transparente y sensata.

Entonces, si algo tenemos por cierto es que algún día vamos a morir, pero hay quienes no son capaces de aceptar la natural circunstancia y, al final, dejan un caos detrás de sí, y otros esperan buena parte de su vida a que simplemente les hereden. Sobre ésta y otras negligencias o porfías, la escritora Margareta Magnusson nos habla del «Método Döstadning» en su libro «El arte sueco de ordenar antes de morir», en el que nos invita a no acumular, a tirar lo roto y desprendernos de lo que no usamos, pero, sobre todo, a dejar todo en orden antes de abandonar este mundo. Según comentó a la revista digital Traveler.es que «basándose en su propia experiencia (se ha mudado 17 veces) y que ha escrito este libro para aquellos jóvenes que acaban de aterrizar en un hogar, para aquellos primeros padres que quieren educar a sus hijos de una forma más consciente, para aquellos mayores que quieren empezar a pensar en esta última fase, o para aquellos hijos que piensan que puede ser un buen consejo para sus padres o un buen momento para hablar de algo tan peliagudo como la muerte»[…]. «Cuando los padres de Margareta murieron, ella tuvo que encargarse de todos sus efectos personales, con la carga emocional que ello conlleva, algo que confiesa, le costó mucho tiempo. Y sentencia: Ni se te ocurra pensar que alguien va a querer —o poder— ordenar lo que tú no te molestaste en ordenar. No les dejes esa carga por mucho que te quieran». Aquí que no se trata de pensar tan sólo en la muerte, sino de ser práctico en vida.

Por consiguiente, y si la cuestión no es lo que nos llevamos, sino cómo y qué dejamos, habrá que enfrentar nuestros miedos y aceptar lo inevitable. Obviamente, hay edades en que sucumbir por enfermedad o accidente es más que brutal para los padres, hermanos e hijos, pero si se es octogenario o nonagenario, deberíamos saberlo, no es para debiluchos. Y si alguien confía en tan sólo heredar, puede que esté algo más que despistado, ya que incontables adultos mayores consideran que sus familiares tienen todo lo que quieren, como resultado de que han sido obedientes cómplices de los modelos capitalistas o en franca manifestación del vacío existencial que padecen al nunca plantearse ¿Qué es lo esencial para vivir?

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