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La libre predisposición de ser más humanos



Texto e imagen de Fernando Silva


La prominente característica evolutiva del homo sapiens-sapiens conforme a las significaciones de lo útil, placentero, beneficioso y acorde con las cualidades morales-culturales, consiste en la acción de cultivar saberes a partir de hacer conciencia para advertir y, mejor aún, comprender que todos —mujeres y hombres— somos ante todo seres humanos, por ende, tratarnos como tal desde las dimensiones:

Física, como la herramienta que nos permite realizar acciones y establecer contacto con los demás;

Social, ostentando interacción con nuestros semejantes en afinidad de costumbres, comunicación, cultura, intereses… lo que supone significativa relevancia en la vida individual y colectiva;

Cognitiva, asumiendo que somos inteligentes, intentamos por medio de los mecanismos mentales sensitivos, explicarnos nuestro entorno y extraer de él los códigos que nos permiten comprender la razón de aquello que nos rodea y darnos cuenta de su trascendencia en nuestra existencia;

Emocional, vital en nuestra capacidad de adaptarnos y, gracias a ello, amparar las espléndidas capacidades que nos otorga la inteligencia emocional;

Comunicativa, que a decir de antropólogos, bioéticos e investigadores sociales, es la aptitud destacable de nuestra especie;

Psique, como principio de la vida que abarca los procesos conscientes e inconscientes;

Estética, ese conjunto de elementos estilísticos y temáticos que como idea abstracta nos brinda percepción y la apreciación de lo bello; y,

Ético-moral, fundamental para saber cómo comportarnos y actuar con sensatez, certidumbre, coherencia y orientados hacia condiciones de respeto, empatía, fraternidad, bondad, tolerancia, confianza, comprensión, afecto, justicia…

En este sentido, concebir y/o hacer el bien o el mal es inherente a nuestra condición, por lo que si nos damos la oportunidad de examinarnos desde las virtudes o los vicios cultivados desde la infancia y hasta nuestra edad adulta, es asequible comprender y conferir que nuestras actitudes y conductas son benignas o dañinas conforme el punto de vista ético-moral con las que en un determinado momento las consideramos como correctas o incorrectas, evidentemente, dependiendo de un sinfín de factores o circunstancias, es decir, por la educación recibida desde los hogares, las creencias, usos y costumbres, dogmas de fe, la formación académica, relaciones personales, sociales y laborales, el caudal de conocimientos adquiridos de manera voluntaria, la tradición cultural, valoraciones socioeconómicas, escrupulosidad o incuria… Asimismo, la necesidad de establecer tal antagonismo con sensatez y juicios de valor, conlleva la referencia de filósofos, escuelas y teorías humanísticas que orientan el pensamiento en dirección a las normas que obran según el sentido del entendimiento e inteligencia —clara y reflexiva— de la existencia real y efectiva de algo, la justicia, la razón y la sindéresis.

De ahí, que los preceptos sociales sean correlativos al orden de las inclinaciones culturales y las experiencias individuales. Y así encontramos, ante todo, propensiones sustanciales claves de la bioética, ya que todos tenemos límites que, en buena medida, derivan de la dimensión —material-corporal e inmaterial— que acucian un objetivo fundamental para cualquiera: Alcanzar desde un enfoque teleológico la idea de la «felicidad». Por consiguiente, las causas que provocan tal regocijo van desde las espirituales, estéticas, psicológicas, metafísicas, afectivas, familiares, sociales, fraternales, hasta las materiales y políticas. En este entendido, el reduccionismo materialista concretó que la «filosofía de la vida» habría que basarla en la armonía de las sensaciones y emociones, como un estado de satisfacción relativo al modo de pensar o de percibir y no al objeto en sí mismo que provocó el placer, por ende, está en aceptar y ubicarnos en relación a objetivos realizables y alcanzables y, con ello, admitir que logramos cometidos, entendidos de que tal realización personal refiere optimismo franco y reposado desde el instante en que nos alegrarnos por el sólo hecho de estar vivos.

Por lo tanto, la trascendencia de reintegrar esa estabilidad —de orden mental— estriba en reconocer y corregir aquello causado por alguna acción u omisión que provocó un sentimiento de responsabilidad por un daño causado, amparando el proceder hacia el bienestar personal y general en función de principios humanistas en el ámbito de lo práctico. Al respecto, existen conceptos que pueden esgrimirse con el propósito de clarificar la necesidad de cambio para elevar nuestra calidad humana como patrón del orden justo, en lo que respecta a la ley natural, central en la concepción clásica de la ética y del derecho, de la política y de todo el conocimiento práctico. La expresión, tal como la conocemos actualmente, no la encontramos con el filósofo Platón ni con el filósofo, polímata y científico Aristóteles, aunque el concepto de que la naturaleza y la razón sí son la regla y medida para el filántropo proceder de toda persona. De esta manera, Platón habla del obrar conforme a la naturaleza (Katá phýsin) y el obrar conforme a la razón (Katá Lógon) y con Aristóteles está implícita en su teoría de los principios (especulativos y prácticos) y en la retórica como ley no escrita común.

En concreto, no hay separación y mucho menos oposición, sino continuidad entre la razón especulativa y la práctica, por la cual ésta es una extensión de la «especulativa», en cuanto se ordena a dirigir la acción humana a partir de no tener la verdad absoluta. Entonces, en lo práctico, a la ley natural podemos ubicarla considerada —desde lo abstracto y lo adecuado— en su fundamentación teórica y metafísica. En la primera, encontramos tanto el primer principio de no contradicción práctico (El bien debe hacerse y el mal evitarse), como los principios que se siguen conforme al orden de las inclinaciones tendenciales de la naturaleza humana a su fin o entelequia. Y en la segunda, la naturaleza humana es el fundamento de la ley natural.

Sin lugar a dudas, el tema nos guía sin distracciones hacia el conocimiento de uno mismo y, para lograr tal proeza y no fracasar, tendremos que implicar no sólo la voluntad, sino arrogarnos la libre predisposición de ser más humanos, lo que francamente nos llevará toda la vida y, como dicen los budistas «...y las que continuarán». En tan singular escenario, la ventaja es que la etnografía ha evolucionado, por lo que la complejidad de tratar de poner en claro nuestro proceder —con sus contradicciones y sus complejidades estructurales— más que en el de las ideas o los conceptos, requiere de esfuerzo reflexivo, honestidad para efectuar los cambios y ser ejemplo de criterio, sensibilidad, equilibrio, profundidad, serenidad, coherencia, fiabilidad, además de conocimientos y de la vital capacidad para asumir, así como de poner en práctica, los valores humanistas fundamentales en pro de saber qué queremos y, con ello, pensar y actuar en  bienestar propio, de todo ser viviente y de nuestra Madre Tierra.

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