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Las oligarquías son el principal cáncer de las democracias



Por: Fernando Silva


En la historia de la humanidad, un mezquino grupo de avariciosos mortales ha manifestado fatuos comportamientos con desordenada avidez de exceso en la ostentación, preponderancia y violencia, por lo que fácilmente podrían ser llamados Homo Sapiens Arrogans y Homo Sapiens Agressans como arquetipos de la fiscalización en la modalidad de imperios, reinados, supremacías y sistemas políticos autoritarios, cuando podrían ser Homo sapiens-amans ethicus con alta calidad humana. Por lo que habrá que entender que estos personajes de mala traza —sin afán de justificarlos— no son más que el resultado de su cáustico legado educativo-formativo, de ahí que sea posible dar fe que de nacimiento no surgieron pensando en molestar o fastidiar a alguien, sino que lo aprendieron de sus tutores en función de preservar controvertibles y subyugantes normas que los rigen. En consecuencia, las emociones y sensaciones implícitas en sus interacciones personales —intra e inter sociales— se desempeñan condicionadas al acatamiento de un sumiso juramento que les compele en conveniencia de oscuros intereses, lo que involucra durante su primario desarrollo cognitivo, emocional y social, a fallas que se reflejan en su temperamento y carácter. Por lo tanto, podemos decir que dependiendo el alcance de las afectaciones, en combinación con los factores culturales, genéticos y ambientales, estas personas están predispuestas a grandes desdichas encubiertas de complacencia, llegando a afectar de forma ineluctable y enfermiza su natural bondad.

En tan amargo escenario, la dominación oligárquica establece su preeminencia con deshonesta repercusión en el terreno cultural e ideológico en todas las sociedades, dejando en claro que su apremio por mantener su torcida preponderancia —en lo económico y en lo político— es a partir de corromper, despojar y engendrar miedo. En consecuencia, el escalofriante incremento de sus apologías ultraderechistas van acompañadas de actos de delincuencia organizada, violencia y la perversa propagación de todo tipo de alucinógenos en los sectores vulnerables de cada país. Lo paradójico, es que para ese ínfimo y disruptivo grupo cupular —particularmente con censurable riqueza— tales circunstancias no les representan mayor inquietud, ya que su hipócrita y cínica conducta les lleva a poner su atención a cuestiones como el qué adquirirán el fin de semana con lo que previamente hurtaron: Un Rolls-Royce, un diamante, un traje Gucci, un yate…

Lo patético del asunto es que a buena parte de la población mundial le resulta seductor seguir a tan discordantes y funestos grupos por medio de las redes sociales, mediocres programas en televisión y revistas autollamadas de la «alta sociedad» sin considerar que estas corrosivas elites están condicionadas por normas que cimentan su convicción a partir de una férrea lealtad en su provecho y nunca hacia el bien común, asimismo, alto porcentaje de personas percibe como «normal» el ser insensibles en cuestiones de derechos humanos, sin tener en cuenta que es en menoscabo de familiares, parentela, amigos y sociedad en general. A este importante sector social habrá que orientarles respecto al lado lúgubre de las familias dinásticas, colmadas de fortuna, pero en incontables casos, se encuentran con el alma y las manos manchadas, incluso de sangre.

Por lo que al parecer la génesis de la malevolencia les adjudicó el desinterés por las sanas relaciones, ensombreciendo penosamente su deliberación —conceptuada sociológicamente— como el eje articulador de discernimientos para intercambiar desde costumbres hasta saberes que procuran el acervo de conocimientos y, con ello, el que puedan contar con un generoso abanico de opciones para percibir con atención su entorno, descubrir coincidencias y compartir destrezas físicas y mentales, hábitos de pertenencia e identidad, así como asumir los valores que brindan decencia, mismos que confluyen en la confianza y en el respeto —entendidos como la intersección de la intimidad, confidencia y criterio— que cada persona brinda hasta dar forma al entendimiento y la voluntad en pro de firmes colaboraciones en bien de todo ser humano, de los ecosistemas y del planeta Tierra.

En ese orden de ideas y entendido que para profundizar en el tema relacionado con el valor deontológico de la gente es prudente partir de la siguiente interpelación ¿Queremos un mundo de espléndida cooperación o de insano antagonismo? La primera —la que nos interesa difundir— nos permite reconocer la importancia de convivir con respeto, afecto y empatía, así como con el generoso propósito de lograr la transformación hacia el Homo sapiens-amans ethicus, y que dicha transición lleve implícito la voluntad por hacer el bien, fundamentados en la construcción de relaciones justas, de consideración y reconocimiento en el encuentro con el prójimo a través de enaltecer los valores universales. En este entendido, la historia nos da la oportunidad de estudiar y conocer diversas formas de estado y de gobierno, por lo que el medio preventivo para impedir o al menos paliar la oligarquía está en buscar soluciones sociales mediante la organización responsable, informada y bien intencionada, que responda a las exigencias de equidad en términos de los derechos humanos. De esta manera, y con las capacidades individuales de cultura, experiencia y conciencia, podemos atender expeditamente este cáncer social.

Basta con observar lo que enfrentarán las siguientes generaciones, por lo que cada uno de nosotros no puede ni debe ser ajeno al lamentable escenario que les depara si las actuales condiciones de indiferencia, materialismo, indolencia, egoísmo, soberbia y avaricia se mantienen. En ese sentido, también es posible entender que la política se realiza y desarrolla en función de las necesidades de la humanidad, en cambio, el Estado o una forma de gobierno corrompido se configura a partir de los intereses de las cúpulas elitistas y de extremismos ideológicos que se sitúan en bien de sí mismas y alejadas del espacio social de consenso.

Entonces, la veracidad histórica-social nos muestra que la oligarquía es el régimen más frecuente y con más transformaciones a lo largo de los siglos, por lo que este devenir nos ha mostrado una constante: la existencia de un retorcido grupo que impone —por la intensidad de su maldad— un enfermizo control por el influjo o riqueza familiar, su vínculo con los poderes fácticos y coaccionado desempeño en cargos políticos, lo que deriva en perjuicio de la tranquilidad y la consolidación de la paz y, más aún, cuando en las investigaciones de hechos se demuestra que lo han logrado en base a robar, sobornar, corromper y hasta asesinar a quien les estorba en su ruin proceder.

En tal escenario, hay que entender que ningún hombre o mujer es por naturaleza oligárquico o democrático, por lo que es trascendental pensar si somos capaces de cambiar tan deplorable sistema de gobierno, en el que el régimen está en manos de unas pocas personas pertenecientes a una clase social privilegiada a costa del grueso de la humanidad y, en su lugar poner por encima la dignidad, en pro de una legítima democracia que nos brinde paz y una mejor calidad de vida.

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