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Las raíces de un día


* Para los Yépez, los que se adelantaron y los que saben reír a carcajadas


Por Ricardo Medrano


Cuando Dinqui pasaba frente a la casa de Churro, no olvidaba recordar a la madre de este último: “Churro, chin…”. Era una forma de mostrar su aprecio entre ellos. De la misma forma, Dinqui recibía una atención similar, generalmente a la hora del desayuno, cuando Evita servía el café de olla a su numerosa prole, acompañado con bolillos calientitos recién traídos de La Macarena.

A Dinqui le gustaba el rock, aunque fue por Agustín —hermano suyo— que escuchamos por primera vez a Queen, Deep Purple, Black Sabbath y otros tantos que definieron los gustos musicales de los mocosos del barrio. En las fiestas familiares era común escuchar a los Relámpagos del Norte con Cornelio Reina, Las Jilguerillas o al Palomo y el Gorrión.

Pero los escuincles queríamos probar otras opciones. El rock significaba rebeldía, y nosotros éramos unos rebeldes en ciernes; nos rebelábamos ante la insistencia de regresar a casa luego de pasar toda la tarde jugando "cascarita" en la calle terregosa. Nos rebelábamos frente a la jefa por su uso del monopolio de la fuerza, aunque a fuerza de fregadazos nos retornaba al redil familiar para cenar café con bolillo y dormir temprano, y así evitar los inconvenientes de la desmañanada, al día siguiente, para ir a la escuela urbana, pública y federal.

Dinqui contaba historias sorprendentes, chismes, por lo general. Era exagerado y gustaba de enfundarse unos pantalones muy entubados, con rayas verticales y corte de mujer, para emular a sus ídolos del rock. Su padre, miembro activo del Ejército de Salvación, le permitió a regañadientes usar aquel atuendo y dejarse crecer la greña. Seguro don Fer sabía que el poder se ejerce entre individuos libres, y entendía que a las bestias más vale mantenerlas agradecidas que belicosas.

Dinqui era el rocanrolero de la calle. Un día nos presentó a Rod Steward en senda colección de discos que incluía Los jóvenes turcos; en ese momento, algunos supimos que algo había cambiado en nuestras vidas. Dinqui y Churro eran de la misma edad. Ante su negativa de continuar estudiando —Churro estudiaba la secundaria en la veinte y Dinqui en la nueve—, sus respectivos padres los incluyeron en su propia nómina como artesanos de la construcción —albañiles, pues.

Don Fer tomaba su coca cola cuando regresaba del culto en el Salvation Army; era uno de sus escasos placeres; le gustaba bromear con el chino de la tienda. Era, en esos momentos, un hombre de espíritu tranquilo que quería olvidarse un poco de las carencias, y sentir a través de su bebida la satisfacción del deber cumplido con el que todo lo mira desde arriba.

Dinqui chambeaba con su papá de lunes a sábado haciendo trabajos de albañilería en la colonia. Agustín, otro de los hijos de don Fer, era el orgullo familiar: había ingresado a la Armada y ocasionalmente se le veía con su uniforme impecable. Años atrás se hacía acompañar de su guitarra. Por un tiempo fue miembro de la Tuna Compostela y daba serenatas.

Agustín era exagerado para contar historias, no menos que don Fer y Dinqui. Gustavo era otro de los hermanos menores. Heredero por igual de la tradición oral, le gustaba presumir a los chamagosos que su padre, don Fer, había sido chofer del enmascarado de plata, el mismísimo Santo. Una noche contó que al Santo y a don Fer, en una carretera de Jalisco, un grupo de luces venidas de otra dimensión les bloquearon el camino. A lo que el ídolo de la lucha libre salió del vehículo para encararlas; ya en su forma humana, aquellos seres del inframundo fueron sometidos a punta de mandarriazos —por supuesto, ayudado por su fiel acompañante, don Fer— poniendo en orden a las fuerzas del mal y haciéndoles ver que el muchacho chicho de la película gacha seguía siendo el mandamás de las historias.

Aquella noche, todos los chamagosos se burlaron de la descabellada anécdota; Luis, uno de los piojosos con mayor malicia, ante el señalamiento de Gustavo de que su papá tenía chichotas de luchador, dijo: “Más bien, tiene chichotas de lechador”, arrancando la carcajada de los mugrosos a quienes sus madres ya arriaban para volver a sus respectivos jacales a enchiquerarse.

Pese a todo, la historia permaneció en la memoria de algunos. Para confirmarla, Dinqui insistió en que, incluso, tenían una foto de don Fer con el Santo, al lado del icónico Jaguar XK. Ninguno pudimos comprobar por nuestros propios ojos la existencia de aquella foto, pero no hacía falta, tampoco era necesario repetir aquella mentira mil veces para que fuera verdad. Bastaba escucharla con el candor de Dinqui y Gustavo para certificarla bajo los argumentos simples de la imaginación.

Agustín era apodado el Chismes, por la misma propensión a exagerar las historias que contaba, como aquella en que llegó asustado a su casa desde la escuela exigiendo la atención de su madre: “No me lo van a creer, pero nos sacaron de la escuela porque un compañero se cayó en el patio y se le salieron las glándulas salivales”. No existen datos fidedignos sobre los efectos de aquella anécdota, pero es seguro que a muchos obligó a investigar sobre las glándulas que eran capaces de salirse del cuerpo, y podían dejarnos en una total indefensión aterradora por no poder babear a gusto y sin limitaciones.

Por su parte, Dinqui, rocanrolero como ya se ha dicho, un día explicó a los chamagosos que el disco que traía bajo el brazo A Day at the Races, de Queen, era —para los que apenas mascábamos algunas palabras de la lengua de Shakespeare—: “Las raíces de un día”. Y así permaneció aquel título que resultaba más poético y, hasta cierto punto, práctico, para los rebeldes que entendíamos un carajo sobre Tie Your Mother Down o Long Away. Aunque tampoco importaba mucho. Lo que sí resultó significativo fue que Agustín siguió proveyendo a su carnal Dinqui con más material discográfico que un grupo reducido de chamagosos rebeldes disfrutamos a rabiar, empujándonos a indagar más sobre la música y llevándonos a descubrir otras formas musicales: jazz, pop, soul, clásico, progresivo, punk, metal…

Dinqui era cábula, no sólo recordaba a Churro su origen, también disfrutaba poner apodos a los padres de sus otros cuates de la calle doce: “Bonita finca de adobe”, “Pelos de ángel” y “Abominable hombre de las nieves” eran algunos de los más significativos. Bonita finca de adobe era padre del Verruga, y se ganó el mote por su afición de cantar a todo pulmón y con zaguán abierto, dicha melodía popular; Pelos de ángel, el padre de Beni, tenía una cabellera encopetada como rocanrolero de los sesentas, totalmente blanca, y bigote ranchero de la misma tonalidad; Abominable hombre de las nieves era el progenitor del chino de la trece, era vendedor de helados.

Dinqui fue un gran gourmet de comida callejera. Para él, los tacos del Boni en la esquina de Cuauhtémoc y Pantitlán eran el manjar más suculento. No por nada organizaba con su cuate Lobo y otros cánidos una competencia muy particular para ver quién se zambutía más tacos y los acompañaba con una caguama. Dinqui era capaz de batir su propio récord; cuentan que llegó a comer más de cuarenta tacos de tripa, suadero y cabeza, y retacarse un par de caguamas, no sin antes bailar un jarabe tapatío para que su caja de pambazos acomodara cada taco en su lugar correspondiente. Entre vítores y risas, Lobo pagaba la cuenta y Dinqui era declarado triunfador de la competencia. Por supuesto que nadie en sano juicio se atrevía a comer más de la cuenta arriesgándose a una congestión alimenticia, se trataba de cotorrear un poco y burlarse de las carencias que cada uno había enfrentado en sus propios hogares: ahora podían darse el lujo de atiborrarse riendo, bailando y bebiendo.

No pocas veces, Churro pasó por fuera de la casa de Dinqui y gritó su nombre, luego silbó la tonada que encabrita a muchos y a otros les confirma su absoluta confianza en una amistad forjada a base de mentadas.

Es cierto que no todas las historias deben concluir tristemente; aunque en descargo se pudiera argumentar que este tremendismo se debe, tal vez, al miedo de morir, a esa muerte que se trae en los huesos desde que se nace. Hoy, en la tupida maleza de la vida, hay un eco ruidoso, placentero, mientras On The Road Again, de Canned Heat, suena en el barrio de Maravillas, envuelto en un mayo caluroso que nos dice: “Somos más que un día, somos nuestras raíces”.

*Foto de Internet

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