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¡Primero yo, luego yo y después yo!




Imagen y texto de Fernando Silva


Al parecer, la sana y necesaria conexión comunicativa, inherente a la determinación voluntaria de relacionarnos de manera inteligente y respetuosa con familiares, parientes, amistades o personas con quien tenemos trato, pero no necesariamente querencia, es inviable cuando se hace presente «la» o «el» petulante que de manera imperiosa afirma saber más —de cualquier tema— mientras desfrunce alto grado de idiotismo. Esa disparatada altivez se acrecienta cuando al intentar dialogar sobre antagonismos sociales o de consideración nacional, estos delirantes personajes pretextan cambiando continuamente su opinión, ya sea «categorizando» o «evaluando» sin ningún razonamiento lógico y consecuente que pruebe o justifique sus anfibológicas proposiciones pero, eso sí, con insustancial envanecimiento —ese que influye en su propia caída— ponen de manifiesto su hipertrofiada frivolidad, aporofobia, racismo, clasismo, cinismo, insolencia y odio, sin procurar la menor circunspección al punto de vista de los demás y, peor aún, cuando de ayudar a otros se trata.

Tal carga de presunción, despotismo, jactancia y vanagloria —pretendiendo que con ello van a centrar la atención en sus necesidades y propósitos— nos permite inferir que no sólo están privados de empatía emocional, sino que esa condición de ignorancia obnubila su capacidad cognitiva, además de turbar su aptitud para conectar y comprender las emociones y sensaciones de quienes les rodean, creando un quimérico escenario que incrementa su egocentrismo y soberbia. En términos generales, quienes padecen de estas instancias psíquicas o lo que se conoce como «vacíos existenciales», no suelen hacer conciencia en pro del progreso económico-social general, excepto si esto ampara su círculo vicioso en el que las causas obran en dirección de sus intereses.

En ese sentido, habrá que tener en cuenta que tal condición no es gratuita y cuenta con amplio fundamento, ya que en toda sociedad se ha contribuido a la intensificación de ese enfermizo proceder. Es decir, la historia de la humanidad, entendida como una repaso retrospectivo, está cimentada sobre la memoria, pero aún más en el incauto olvido colectivo. En tanto que la memoria cohesiona y le da linealidad, el descuido de algo que se debía tener presente escinde y erige desde acciones poco meritorias, pasando por la hipocresía y la santurronería, hasta ideologías supremacistas que con alta exacerbación, perversión y desenfreno destrozan sin miramientos el tejido social de cualquier país que consideran inferior, llegando al horror de devastarlos, arrasando sus culturas, costumbres, tradiciones, patrimonio tangible e intangible y humillando y/o asesinando a su población. Desde este entendido, la extrema amnesia fue ejercida recientemente por el gobierno de Israel, amordazando su pasado —el genocidio realizado por el régimen de la Alemania nazi y conocido por su término hebreo como «Shoá»—, asesinando a gente y a niños que suponen son perpetradores del movimiento palestino de Hamás. Al respecto, el 12 de febrero de 2024, en www.amnesty.org se expuso lo siguiente: «La investigación de Amnistía Internacional ofrece indicios claros de los terribles estragos de los ataques incesantes e ilegítimos de Israel en Gaza. Cuando han transcurrido cuatro meses desde que comenzó la ofensiva de Israel, más de 28 mil personas palestinas han muerto y más de 60 mil han resultado heridas en medio de una catástrofe humanitaria sin precedentes». Y con la intención de hacer sensata reflexión de esa despiadada cantidad de seres humanos asesinados, más de 12 mil 500 son menores de edad.

El condenable hecho —efecto de la voluntad de un ministro autoritario y segregacionista— se ajusta a las motivaciones fundamentales de avariciosas oligarquías, protervos gobernantes, así como obstinados y corruptos servidores públicos que ejecutan ilícita práctica en sus cargos para cohesionarse en función de seducciones económicas. Lo peor en ese brutal escenario, es que buena parte de la gente perteneciente a las clases acomodadas, propietarias de comercios y medios de producción como fábricas e industrias —sin juicio y con intrepidez— deshonrosamente los amparan, respondiendo a determinaciones arbitrarias antes que a la razón y/o a las leyes fundamentales de los países en donde residen; asimismo, no comprenden las graves repercusiones de su desmedido afán por poseer y adquirir riquezas, cueste lo que cueste, codicia que deja a la mayoría de la humanidad en situación de pobreza. Y para colmo de males, en esa idea aspiracionista —que no es lo mismo lograr aspiraciones legítimas— concretamente parte importante de la gente que integra la clase media, pretende trepar socialmente de manera rapaz con el ilusorio deseo de ser alguien que no se es, predisponiendo su honorabilidad por conseguir algo de dominio o de parné, dejando en aciaga condición su ética, principios y valores morales.

Sobre el particular, hubo un tiempo —posterior a la segunda guerra mundial— en el «porvenir de la ilusión» en que la noción de «clase media» operaba como «premio al éxito», por ende, para las potencias bélicas aliadas se superaba un reto político y social histórico como era tanto la guerra como la pobreza, y se compartía en el imaginario colectivo el anhelo a una mejora generalizada. La mayoría de la gente contemplaba que la idea de clase media era compleja y que no implicaba ni denotaba determinación alguna, pero aún así era seductora e indispensable para creer y erigir un futuro próspero. Por consiguiente, no serían vistos como parte del mundo pobre, atrasado, subdesarrollado y tercermundista (adjetivos políticamente incorrectos, pero que perviven en el imaginario colectivo).

Desde entonces, se fortaleció el pensamiento de poder llegar a tenerlo todo. Para ello, la mercadotecnia comercial se encargó de ofertar y vender la concepción de falaces estereotipos culturales como qué nacionalidad, religión, género, raza y edad era la mejor; quién era hermosa o guapo y quién no; qué comer, qué vestir, qué escuchar, qué ver, qué estudiar, en dónde trabajar; el tipo de casa y automóvil que se debía adquirir; a qué lugares viajar y cómo… sin advertirle a la gente que eso le representaría una dependencia crediticia de por vida.

Pero, como escribió el músico, cantante y compositor Julio Numhauser en su espléndida canción «Todo cambia», la percepción de pertenecer a la clase media ha ido descendiendo desde la década de los ochenta del Siglo XX con la imposición del modelo económico conocido como neoliberalismo. Los datos de los tecnócratas financieros sugirieron entonces una especie de traspaso de la clase media a la subdividida «media-baja». Por esa razón, a finales de esa década, en todo el orbe se hablaba de una caída escalonada, el mentado «peor día de la historia de la bolsa» el Crack del 87 o Black Monday. Y ya entrados en el Siglo XXI, con la aparición de la COVID-19, la mayoría de las naciones se super endeudaron, colocando a buena parte de su población en el casillero de «nuevos pobres», algunos de los cuales se aferran a su anterior condición, intentando rescatar sus beneficios materiales, primordialmente mal habidos, asegurando que tal situación no es tan sólo consecuencia de las decisiones de gobernantes y empresarios capitalistas, sino de quienes consideran son populistas-comunistas-socialistas.

Amargamente, quienes no se ubican en sensata y meritoria condición económica y social cultivan un egocentrismo y aspiracionismo, enarbolando la absurda concepción de ¡Primero yo, luego yo y después yo! Sin entender la importancia de sociedades equitativas, fraternas; en donde la distribución razonable de la riqueza sea en bien común y en función de meritorios logros; en donde no se tolere el cohecho y la corrupción, los abusos y la violencia de todo tipo… Por lo tanto, mantener la convicción por elevar la calidad humana a partir de hacer conciencia, es una labor que tenemos en generosa responsabilidad quienes queremos vivir en armonía, paz y justicia.

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