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Rompí a llorar con ella; no pude entrevistarla



Por Omar Garfias

@Omargarfias


Cada vez mueren más recién nacidos en Sinaloa.

No todas las madres cuentan con el apoyo suficiente para que sus hijos sobrevivan.

En 2021 murieron 6.3 bebés por cada mil nacidos vivos.

Dramáticamente, esa cantidad aumentó a 7.5 en 2022.

Está escrito y admitido en el primer informe de gobierno.

María vende comida y su esposo, Gustavo, trabaja para un contratista de la Junta de Agua Potable.

Me cuentan sus vecinas que les platicaba que le dio alegría y miedo saber que estaba embarazada.

Eligió llamar Paulino a su hijo, porque así se llamaba su papá, que hace dos años murió de COVID-19.

El mismo día que salió positiva su prueba de embarazo empezó a hacer pastelitos de chocolate para vender en la mañana y en la noche. “De aquí voy a sacar para mis consultas y para la ropita de mi hijito”, decía a sus clientes y metía las monedas y billetes en un bote.

A los seis meses, fue a comprar dos mil pesos de pantaloncitos, camisetitas, calcetitas y hasta un gorrito de estambre “para los fríos”.

Fue a todas sus consultas. Precisamente ese era su miedo: no tenía IMSS ni ISSSTE. Pagó lo que pudo e hizo las obligadas largas colas de pie para tener algunos servicios gratuitos.

Su miedo se convirtió en tragedia. Un día después de nacido, el niño Paulino murió.

Los bebés sinaloenses merecen sobrevivir.

No estamos hablando de números, hablamos de personas, las más inocentes e indefensas.

El dolor humano de ver morir a un recién nacido es el golpe más terrible que pueden padecer las familias.

En el primer año de este gobierno estatal se han retrocedido 11 años en la prevención de la muerte de bebés menores a cuatro semanas.

Las causas de esas muertes son perfectamente evitables.

La prestación eficiente de servicios de salud pueden lograr que los embarazos prematuros, la asfixia o las infecciones no terminen con la vida de esos pequeños.

Es posible evitar y atender afecciones originadas en el periodo perinatal.

No es nada del otro mundo resolver malformaciones; se hace bien hasta en los países mas pobres.

La ineficiencia mata.

Ningún funcionario de gobierno ha explicado por qué están muriendo más bebés que antes.

No hay nada más urgente que detener la muerte de los recién nacidos sinaloenses.

No debe haber un bebé muerto más.

Gustavo me abrió la puerta de su casa, que él mismo construyó porque sabe mucho de construcción.

Me cuenta que estudió en el Conalep, junto con su esposa. Los dos se titularon como técnicos, se casaron y han podido tener una casa propia, algunos muebles y aparatos electrodomésticos. “Ella fue reina de la escuela, la más inteligente y la más bonita”, explica.

Llegó su cuñada y me pasaron a conocer a María.

Ahí estaba ella, con su vida destrozada.

No ha vuelto a cocinar ni a hablarle a sus vecinos.

La oyen llorar a gritos desde que llegó, hace un mes.

Tiene 25 años, pero parece de 50: macilenta, demacrada, canosa, amarilla, ósea... Su cabello es como pasto seco; su piel, la de un zapato viejo.

Su hermana me presenta con ella.

María voltea a verme e intenta una sonrisa que, de inmediato, se convierte en una mueca de dolor; su piel enrojece y los ojos se llenan de lágrimas.

No puede tener un momento de sosiego; el dolor llena sus días; no puede escapar del sufrimiento, la tristeza es su forma de vivir.

Sus labios se deforman y su boca se convierte en llanto.

Sentí que era una estupidez preguntarle cualquier cosa.

Lloramos los cuatro.

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