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Ser o no ser creativo, esa es la cuestión


Por: Fernando Silva


La creatividad es la gratificante capacidad que tiene todo ser humano para producir algo de la nada, es decir, cuando potenciamos nuestras aptitudes al analizar y valorar ideas, resolviendo con inteligencia y conocimiento algún innovador desafío mental. Para ello, es substancial que desde la infancia hasta la edad adulta y en toda actividad las dinámicas de convivencia en los hogares, en las escuelas, universidades, espacios laborales, recreativos y personales, sean pilares fundamentales para enriquecer y fomentar la creatividad, con la generosa intención de sobrepasar las limitaciones mentales e incluso las físicas, amparándonos en el respeto, la conciencia, la libertad de pensamiento y de expresión. En este entendido, es importante poner atención en uno mismo, haciendo una introspección que nos permita observar las virtudes que nos llevan a hacer el bien y, por ende, las que elevan la voluntad para alcanzar los objetivos establecidos y asumir las virtudes teologales: Esperanza, confianza y caridad, así como las cardinales: Prudencia, templanza, justicia y fortaleza. Por lo que la disposición para crear esta en estado potencial en todo individuo y en todas las edades, más, cuando se da paso al magnánimo conjunto de fases ordenadas que se activan al intentar averiguar, descubrir e inventar algo discurriendo o con preguntas, como expansión natural del conocimiento, sin guiarse por ese vértigo visceral que delimita la voluntad, el entusiasmo, las inquietudes y hasta el tiempo requerido para llevar a cabo el objetivo con independencia de la propia manera de pensar o de sentir.

De manera consecuente, es sustancial pasar a la preparación: Etapa en la que tiene lugar la identificación del asunto y su temática, iniciando la búsqueda y selección de información relevante; eclosión: Hacer que algo comience a desarrollarse con la generación de soluciones cognitivas, psicodinámicas e incluso somáticas; el efecto ¡Eureka! Cuando un concepto o intuición encuentran solución consciente; la confirmación: Se evalúa el procedimiento que se va a realizar, aplicando el más adecuado en sintonía con nuestras expectativas y el resultado: Observar, así como disfrutar lo creado y que nos complace de diversas maneras en un lenguaje metafórico que nos permite desvelar circunstancias, entornos y hasta entelequias inefables. Es tan amplio y poderoso el argumento cornuto de la «capacidad de crear» que en el ámbito de la sociología se explicita como objeto de debate, por lo que el afrontar el reto no es un asunto menor, ya que por la propia materia a tratar en la definición de «creatividad» es dificultoso escapar de la paradoja y la contradicción. En ese entendido, los propósito por definirla menoscaba eso que la hace ser lo que es y que se le denomina o califica de diversas maneras: novedad, descubrimiento, invención, original… por esta razón, poner límites conceptuales y semánticos a una experiencia definida por su cualidad de extenderse sorprendentemente por insólita, escandalosa y hasta vituperable, conlleva regularmente a estados de oposición inexorables. Entonces, la creatividad se rebela ante cualquier pretensión de delimitación conceptual, por lo tanto, la trasciende. En ese sentido, toda aproximación a la misma constituye una tarea metateórica, en concreto y al margen de las teorías, es un adiestramiento que si se practica reiteradamente estimula con magnanimidad y nobleza de ánimo la capacidad creativa.

Otro elocuente enfoque lo tenemos en el plano de la deliberación, en donde quedan —de común acuerdo— las determinaciones que marcan diferencia sobre la noción de autonomía ética. En este marco teórico, se debate aquello que hace inquebrantable a la creatividad a partir de que se pretende dirigir la atención o el interés desde supuestos previos y tratar de considerarla desde ramplonas normativas, debido a que la capacidad de creación es resultado del ingenio, conocimiento, inteligencia y virtudes individuales con admirable y específico valor estético y social. A este respecto, más que adaptarse a las reglas, la acción personal y la cultura de cada sociedad las produce, teniendo en cuenta que no siempre se es consciente de ello. De ahí que los creadores defendemos el que se respete y entienda la identificación simbólica, pero antes que eso, el reconocimiento y respeto al derecho de autor en todo el conjunto de normas jurídicas y principios que certifican legalmente para hacer legítimamente lo que conduce a los fines patrimoniales que la ley concede a los autores en todo el mundo, por el simple hecho de que la creación de una obra artística plástica, literaria, musical, teatral, poética, dancística o arquitectónica, sea expuesta, publicada y construida e, incluso, por ser simplemente una idea inédita.

Tal deliberación sobre las múltiples bifurcaciones en todo proceso creativo tiene dimensión nuclear en la capacidad para juzgar razonablemente las situaciones de la vida cotidiana y decidir con el mejor acierto, que si bien el sentido común parece apostarse en un enfoque antagónico, los autores incidimos en aquello que beneficia y que está más allá de los límites regulares de quienes ven pasar la vida sin un sentido claro de su existencia o que están abrumados por las actividades cotidianas y enajenantes. Por lo que esto no sólo se dispone de certezas y convenciones a la mano, sino de preguntas arraigadas en los ámbitos sociales y cuyas respuestas son inconcluyentes y aproximativas. En esa dirección del pensamiento, lo que quizás surja con mayor particularidad entre buena parte de la comunidad de autores de las bellas artes, es el develamiento de distintos grados y planos trascendentales de existencia que atraviesan el conjunto de conocimientos, dogmas y explicaciones, fundamentados en la experiencia personal con tiempos, acentos, narrativas y perímetros diferentes en cada caso. Explícitamente, observamos, reflexionamos y actuamos sobre las pequeñas, intermedias y grandes trascendencias. Las primeras, influyen en que la experiencia habitual se sirve del conocimiento acopiado y confiado en la memoria social. Circunstancias ubicadas en el tiempo y en el espacio de las sociedades en la que prevalecen usos y costumbres. Las segundas, se orientan al saber individual, comunitario, cultural y de época, en la medida en que su entorno esconde un límite inaccesible para su presente histórico, y las terceras, evocan el recurrente intento de responder a esas cuestiones universales como la muerte, la enfermedad, la tragedia, ¿de dónde venimos? y ¿hacia donde vamos? Cuya profundidad se basa principalmente en las benevolencias de los estándares morales que guían los pensamientos de cada ser humano.

En diversas investigaciones antropológicas se hace evidente los inconvenientes educativos en muchos hogares, la desfavorable formación profesional, así como las negativas consecuencias en las relaciones tóxicas que se tienen en los ámbitos personales, familiares, laborales y sociales. Incluso, existen maestrías y doctorados que se ocupan con mayor profundidad sobre el tema, entonces ¿por qué no se enseñan en todos los grados académicos —desde la infancia— los valores humanísticos de las bellas artes y, más, si se reconocen sus notables beneficios? Esa es la cuestión.

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