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Si continúan los narcofestejos, seguirán matando niños



Por Omar Garfias

@Omargarfias


En Culiacán asesinan niños, lo hacen personas que para festejar disparan al aire, a sabiendas de que eso pone en riesgo la vida de los demás.

Los muertos y heridos no son víctimas de “balas perdidas”, son víctimas de hombres y mujeres que cometen un delito.

Jared tenía cinco años, vivía en El Ranchito, una comunidad muy pobre, donde jugaba en el patio de su casa con sus dos hermanos. Se desplomó repentinamente; sus familiares corrieron hacia él y su angustia aumentó cuando vieron una perforación en su cabeza, poco arriba de la orejita. Murió.

No fue la única víctima. Alan, de siete años, fue herido en la espalda, en otra colonia.

Se han entregado grandes zonas del país a los violentos, eso incluye nuestras casas, nuestros patios, nuestros hijos.

Culiacán ofrece la sangre de sus hijos como ofrenda a la narcocultura.

Entregamos los cuerpecitos, los cadáveres pequeños, como cuota.

Si seguimos así, continuarán las víctimas por narcofestejos de Año Nuevo.

Usted, yo o nuestros familiares.

El gobierno y parte de la sociedad rechazan cambiar para resolver este criminal y grotesco ritual.

Se pospone la solución, se sujeta la vida de los niños a que los delincuentes mejoren su educación y adquieran “conciencia social”.

Se sigue normalizando el hecho, llaman a resignarse porque “así somos”.

Se normaliza la ineficiencia policiaca: “no pueden hacer nada”.

La muerte de Jared nos debe impeler a lograr el fin de los narcofestejos.

Debemos afrontar el desafío.

No nos acostumbremos a lo indeseable, no normalicemos la muerte de los niños por festejos asesinos.

Debemos indignarnos ante lo horrendo.

Hay acciones concretas para iniciar el camino.

El gobierno debe convocar a la unidad social para construir una solución alrededor de este propósito. Gobernar es conformar políticas públicas, desencadenar la colaboración entre los miembros de la sociedad.

Debe haber gobierno.

Delimitar el problema es imprescindible. No estamos hablando de llegar ya a la anhelada paz, sino que, al menos, desaparezca la expresión más mancillante, cruel y dolorosa que es el narcofestejo de Año Nuevo. No podemos depender de que los malos recapaciten.

Afuera de los bancos no ponen un cartel pidiendo que, por favor, no lo roben; ponen un policía. No ponen un letrero con un teléfono para avisar si lo asaltan.

Aliados son el conocimiento probado y las experiencias exitosas de otros lugares.

Apelo a dos ejemplos, hay muchos más.

No se puede poner una patrulla afuera de cada casa, pero sí se puede hacer inteligencia policiaca e identificar las zonas de más riesgo, para desplegar coberturas con drones y helicópteros junto a rondines estratégicos de persuasión por patrullas.

Los mismos “pistola brava” de aquí dejan de serlo cuando cruzan la frontera, porque del otro lado sí hay un estado de derecho y cuerpos policiacos con suficientes miembros, bien equipados y capacitados.

En las escuelas se puede enseñar a los niños a rechazar la acción de disparar de sus padres. Romperles, a éstos, la expectativa de que son admirados.

El castigo al asesino del niño Jared es fundamental para que iniciemos la solución a este problema y para para saber quién es aliado y quién está en contra.

En 2007, una bala 45 destrozó la cabecita de Idania, de dos años.

Su madre, Verónica Hernández, nunca recibió justicia. Lo que sí le queda claro, manifestó, "...es que si una bala perdida hubiera caído en la cabeza de un hijo o hija del Gobernador, o de alguna otra importante autoridad, se hubiera movido mar y tierra y el responsable estaría en la cárcel, situación que no pasa así cuando los pobres están de por medio”, declaró al Noroeste en 2015.

Jared era un niño pobre.

Que haya justicia para los pobres, eso sería transformación.

Ya nos han infundido miedo y no nos atrevemos a creer que es posible terminar con esa “tradición”.

Ya han cooptado a muchos de los que debieran castigarlos.

No creemos que el gobierno puede garantizarnos la igualdad ante la ley.

La recompensa de trabajar para desaparecer los narcofestejos es la vida de nuestros niños.

La recompensa es tener fiestas decembrinas realmente felices, sin esas sombras y temores que se desprenden de los empistolados.

La recompensa es no avalar, de algún modo, un asesinato.

El progreso económico y el bienestar familiar no tienen que sustentarse en la agresión y la violencia contra los demás.

Paso a paso podemos establecer modos de vida que no creen muerte.

Empecemos por oponernos a las tradiciones descerebradas que matan niños.

Exijamos que se encarcele al asesino.

Mientras haya impunidad, en Culiacán los violentos seguirán matando a nuestros niños para festejar el Año Nuevo.

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