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Cogito ergo sum (Pienso, luego existo)



Por: Fernando Silva


El singular proceso cognitivo consciente que puede ocurrir independientemente de la estimulación sensorial está en nuestra naturaleza evolutiva, pero lamentablemente buena parte de la humanidad no tiene presente el pensar antes de actuar de manera arbitraria, parcializada, distorsionada, inquietantemente desinformada y prejuiciada. Lo paradójico es que prácticamente todo lo que hacemos, producimos e, incluso, nuestra calidad de vida, depende del conjunto de propiedades inherentes que nos permiten juzgar el valor de nuestro pensamiento. Entonces, si no se reflexiona antes de ejecutar cualquier acción, el riesgo de reincidir o de empeorar algo, así como de no llegar a buenas soluciones, se torna más que intrincado. Obviamente, esto no es un asunto menor, ya que día a día observamos, leemos y escuchamos sobre un sinnúmero de atrocidades en donde la violencia es la principal protagonista. En ese sentido, en los actos intencionados de agredir e, inclusive, el terminar con la vida de otra persona, los aspectos psicosociales han sido ampliamente estudiados, pero ¿qué hay de los andrógenos circulantes; realmente desempeñan un papel trascendental en el desarrollo de tan negativas conductas? La ciencia médica sugiere que la Testosterona (T) juega un papel importante en el comportamiento agresivo debido a su interacción con neurotransmisores como la serotonina y la dopamina.

Sin justificar las conductas que implican provocación o ataques impulsivos, es posible averiguar —en las investigaciones científicas que relacionan a la Testosterona con la violencia— en donde la hormona producida, principalmente por lo hombres, es fundamental para entender tan negativa cualidad. Uno de los argumentos más conocidos del papel central de los andrógenos en la conducta agresiva es que, en la mayoría de las especies animales, la embestida física predomina entre los machos. En los seres humanos, la mayor parte de los ataques físicos y actos violentos se producen entre hombres jóvenes, quienes muestran los niveles más altos de (T) produciéndose una disminución gradual de los mismos conforme se avanza en edad. Claramente indican los estudios que hay otras variables que intervienen en esa relación, como la experiencia previa, el tipo de agresión o las diferencias individuales entre sujetos. Por otro lado, la (T) desempeña un papel importante en la manifestación de la agresión, ya que hasta la edad de 10 años, aproximadamente, los infantes «solucionan» los conflictos expresando la agresión de forma directa, pero con la llegada de la pubertad, las estrategias tienen características particulares en cada género. Las adolescentes suelen sustituir la agresión física directa por la agresión emocional indirecta, mientras los jóvenes suelen ser más impacientes e irritables y tienden a emprender conductas de riesgo. Por lo que se podría afirmar que ambos sexos son agresivos, aunque lo expresan de modo distinto.

En esa dirección, contemplar el tema de la violencia —desde esta perspectiva— exige una clarificación conceptual de lo que entendemos por ella, ya que no es una tarea superficial por su carácter ubicuo y multiforme, además de tener presente la insoslayable definición de lo que se entiende por Trastorno de Personalidad Antisocial (TPA) cuya afección mental en la gente que lo padece tiene un patrón prolongado de manipulación, explotación o violación de los derechos de otros sin ningún remordimiento; indudablemente, en tal circunstancia los psicópatas no pueden sentir empatía ni sentir culpa, por ello, interactúan con la gente considerándolas como objetos, utilizándolas para conseguir sus propósitos, en el entendido de que no necesariamente causan algún mal, pero si realizan alguna acción en beneficio de alguien o de alguna causa aparentemente altruista, es tan sólo por atender desmedidamente a su propio interés o beneficio, sin interesarles el de los demás.

Al margen de tan específica condición y enfocándonos en el pensar, es necesario hacer una aproximación a los conceptos de los principios individuales y colectivos, así como a los elementos de la estructura básica para que pueda darse, lo que supone la distinción entre el bien común y el bien particular, abordando la primicia de la dignidad de las personas y la importancia de la práctica consciente de las virtudes personales y sociales para su consecución. Imparcialmente, para alcanzar la elevación al bienestar equitativo se tiene que considerar como cierto a partir de los indicios que se tienen, despojándose principalmente del egoísmo y de cooperar por la prosperidad de todos, teniendo la inteligencia —y no pecando de inocencia— para comprender que tal enunciado implica respetar las condiciones socioculturales de cada nación, del entorno educativo y formativo de cada persona, entendiéndolo como valor, objeto de la ética y que puede ser significado por cada uno de los miembros que conformamos el género humano.

Taxativamente, pensar o aprender a hacerlo y, más aún en bien común, requiere del complemento de aquellas disposiciones que faculten el integrar las congruencias esenciales de los aciertos que cada miembro de una sociedad demanda, como el respeto, el afecto, la tolerancia, la paciencia, la justicia, hacer conciencia… lo que implica que las estructuras individuales y sociales tienen que ser planteadas de tal forma que permitan el que se tenga la oportunidad de participar y satisfacer las necesidades —al menos las básicas— en función de alcanzar un equilibrio emocional que permita estar en paz y con gran satisfacción para disfrutar de algo tan esencial como la vida misma. A este respecto, alto porcentaje de la gente entiende su pertenencia e identidad al mundo en virtud de sus «carestías» absortos en una interminable interlocución en penosa soledad y en donde los acontecimientos externos no tienen un cómodo acceso gracias a su indiferencia y falta de empatía, además de no darle sentido a su vida mientras se mantienen embelesados y aturdidos —entre otros aspectos— por mediocres programas televisivos, la enorme cantidad de horas que le dedican al celular, las absurdas campañas mediáticas que le indican qué es correcto y qué está de moda, qué tiene que comer y hasta cómo tiene que actuar. Notoriamente, en este proceder el pensar tiene poca o nula intervención.

Por lo tanto, resulta urgente el aprender a tomar buenas decisiones, inteligentes, efectivas, críticas, creativas, reflexivas, autónomas, afectivas, con conocimiento y sobre todo en bien común. Para ello, es importante entrenar al cerebro, realizando una serie de ejercicios mentales e, incluso físicos, que eleven los procesos cognitivos y, por ende, la calidad humana, entendidos de que este impresionante órgano es un gran centro de procesamiento de información, en donde todo se gobierna y desde el cual todo puede funcionar correctamente.

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