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Rebelión contra el orden jurídico

13 ago
4 min de lectura

 



Temas Centrales de la Política en México


No es de extrañar que cuando

alguna ley no se acomoda

a sus estrategias políticas,

Morena simplemente busque

cómo evadir su cumplimiento,

violándola o reformándola.

 

Por Miguel Tirado Rasso

 

A pesar de que la prohibición de los actos anticipados de campaña se introdujo como reforma constitucional hace casi dos décadas (2007) y que en 2014 se consolidó con la reforma político-electoral que dio origen a la Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales, a la fecha las violaciones al ordenamiento no preocupan a unos ni lo ocultan otros.

Una prohibición con dedicatoria para el muy reclamado y complejo piso parejo. Algunos de sus objetivos son garantizar equidad en la contienda, con plazos determinados que tendrían que respetar los aspirantes para evitar ventajas indebidas; limitar la duración de las actividades proselitistas para reducir el exceso en los costos de la política electoral; que la autoridad pueda ejercer más control y supervisión en el gasto y uso de los recursos, y un ideal, evitar el desvío de recursos públicos y la introducción de dinero ilícito en los procesos electorales, tan de moda en estos tiempos del huachicol.

Pese a estos buenos propósitos, las actuales autoridades electorales (Instituto Nacional Electoral –INE– y Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación –TEPJF–), no han mostrado interés por involucrarse en el tema y optan por mirar hacia otro lado, quizá porque los principales infractores de manera abierta y pública, por propia confesión, son Morena, el partido en el poder, y sus socios, los partidos Verde y del Trabajo. Y es que el poder y la cooptación de funcionarios son determinantes en la definición de la ruta que estas autoridades decidieron tomar en el ejercicio de su responsabilidad, que no es precisamente la de actuar con objetividad e imparcialidad.

Para la 4T el Estado de Derecho es irrelevante. Por eso, a pesar de sus mayorías calificadas en el Congreso, Morena no ha tenido reparo en usar cualquier triquiñuela para sumar poder, aunque rebase los límites de la ley, y fortalecer un posicionamiento político que, salvo guerras intestinas, ninguna otra fuerza política está en condiciones de disputarle todavía. Ignorar el Estado de Derecho, desconocer el imperio de la ley, genera incertidumbre jurídica y desconfianza.

Que la máxima autoridad política de un país se rebele contra el orden jurídico al grito de “no me vengan con el cuento de que la ley es la ley” es preocupante, por el mensaje que manda a propios y extraños.

En la misma línea, y quizá hasta más grave, es que esa máxima autoridad que juró cumplir con la Constitución, ordene a un funcionario “…gobernar con sentido común y para la gente. Cuando la norma se pone por encima de la gente y del sentido común, está mal. No cumplas con la norma. Eso es lo que te estoy diciendo...”.

El sentido común y la justicia son conceptos que requieren ser acotados y regulados por ser altamente subjetivos. ¿Cómo saber, en una población abierta, qué es lo justo y cuál es el sentido común que debe predominar sin un marco jurídico y una autoridad para aplicarlo? En fin.

No es de extrañar entonces que cuando alguna ley no se acomoda a sus estrategias políticas, Morena busque cómo evadir su cumplimiento, violándola o reformándola. El poder da para todo. Con motivo del proceso electoral de 2027, Morena anunció en marzo pasado el inicio del proceso interno para la selección de sus candidatos a los diversos cargos de representación popular.

Con ello, la dirigencia morenista dio el banderazo para que sus aspirantes iniciaran su actividad proselitista, un año antes de los plazos que marca la ley. Esto, a ciencia y paciencia de una autoridad que no se atreve siquiera a cuestionar los actos anticipados de campaña en el caso de los aspirantes a una diputación federal, que son de su competencia. Se esperaría, por lo menos, un llamado a serenarse por parte de la máxima autoridad electoral a quienes rabiosamente buscan una gubernatura; a contener sus ánimos y bajarle dos rayitas a su actividad proselitista, por aquello del respeto a la ley, el piso parejo y la equidad en la contienda.

Y es que con el eufemismo de denominar Coordinadores en Defensa de la Transformación a quienes todos –dirigentes, aspirantes y militantes–, menos las autoridades electorales, saben que son los aspirantes que Morena postulará como sus candidatos, el partido oficial argumenta que no incurre en actos anticipados de campaña porque no hacen llamados al voto. Cierto, aunque con excepciones.

En cambio, ¿qué tal realizan actos masivos en plazas públicas; movilizan ejércitos de promotores; reparten volantes promocionales; organizan marchas; promueven entrevistas y hacen declaraciones en las que manifiestan abiertamente sus aspiraciones políticas?

La LGIPE establece que las precampañas para diputados iniciarán la primera semana de enero del año de la elección y no podrá durar más de 40 días (Art 226). El registro de los candidatos para diputados deberá hacerse en febrero (Art 237) y sus campañas tendrán una duración de 60 días (Art. 251). Esos son los plazos legales que Morena viola con el alegato de que sus “coordinadores” no están en campaña porque no piden el voto, aunque todo lo que hacen se parezca mucho a lo que la ley define como actos anticipados de campaña.

Agosto 12, 2026

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