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Aurelio, el mono sabelotodo

Te  cuento un cuento…

 

En el Bosque del Viento Vivo vivía un animal al que todos conocían por su opinión. No por su oficio, experiencia, destreza u otra cualidad sin igual, sino por su opinión.

El Mono Aurelio era ágil de lengua y rápido para señalar. Donde hubiera una tarea en marcha, ahí estaba para observar desde una rama alta y decir cómo debería hacerse.

— Eso no se hace así— decía.

— Yo lo haría mejor...

— Si me hicieran caso, esto funcionaría perfecto...

Así opinaba del dique del castor… sin haber tocado jamás el agua. Criticaba el vuelo del halcón… sin conocer el peso del viento. Hablaba de liderazgo… sin haber guiado nunca a nadie.

El Mono Aurelio vivía con la convicción y seguridad inquebrantable de que pensar algo era lo mismo que saberlo y, además, saber hacerlo.

Un día, la Lechuza Sabia lo llamó a su lado.

— La humildad es saber observar antes de hablar. Aprende primero cómo y por qué se hacen las cosas y, cuando sepas cómo hacerlo, entonces podrás proponer. Criticar sin saber es ruido, no ayuda.

El Mono Aurelio sonrió con suficiencia y dijo con un dejo de prepotencia:

— Si nadie dice lo que está mal, nada mejora— respondió, convencido.

El Mono Aurelio desconocía el contexto, la historia, las razones y los porqués y cómo se hacían las cosas. Sólo tenía su punto de vista… y una soberbia enorme.

Su ignorancia no le permitía ver que algunas decisiones eran por lógica; que otras respetaban los tiempos del proceso o de las personas involucradas; que muchas cuidaban la seguridad de todos o el ritmo de aprendizaje de los más jóvenes.

El Mono Aurelio casi sentía que el propósito de su vida era dar opiniones y consejos no pedidos porque, pensaba, “alguien tenía que decir cómo hacer las cosas que se hacen mal”, porque sólo él sabía cómo hacerlas bien, así que siguió externando su dicho, aquí y allá, sin ton ni son, sin que nadie hubiera pedido su opinión. Al final, todos tenemos libertad de expresión ¿o no?

Los animales, cansados pero pacientes, solían darle por su lado, hasta que un día, sin anunciarlo, se pusieron de acuerdo.

A la próxima crítica, lo retarían.

No tardó mucho.

El Mono Aurelio se detuvo frente al dique del castor:

— Esa madera está mal elegida. Así no se construye algo firme.

El castor lo miró en silencio y respondió con calma:

— Entonces haz uno tú.

Seguro de sí mismo, el Mono Aurelio aceptó.

Horas después el agua corría libre, la madera flotaba sin orden y el dique no resistió ni un instante. Fue un desastre.

Pero ni siquiera esa experiencia bastó.

Luego opinó del nido, del sendero, del orden, del trabajo colectivo… y falló en cada reto. Falló en todo.

Ahí entendió —por fin— que saber mirar no es lo mismo que saber hacer; que aprender exige observar, pero también callar y analizar; que opinar sin contexto no construye, sólo desgasta.

Y así te lo cuento: para aprender se necesita humildad. Antes que opinar, más valdría al menos intentar caminar con los zapatos del otro… aunque sea un poco.

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