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Cinco propuestas para gobernar con la gente




Por Omar Garfias

@Omargarfias


El poeta José Emilio Pacheco escribió:

“Hay un hombre que ha dejado de ser indefenso y falible. Ahora es el rey. No se parece a los mortales.

La adulación edificó en su interior una estatua y él se siente como ella.

De mármol es su carne y las palabras salen de su boca ya fijadas en bronce.

En lugar de vivir, escribe con sus actos su biografía.

El cortesano le dice en voz muy alta o en susurros:

‘Señor, eres el sabio, el justo, el infalible, el más fuerte. Y cuanto haces lo bendice tu pueblo. Tú jamás te equivocas, y si no aciertas aplaudiremos tus errores. No escucharás la ira de la turba ni el rezongo amarillo de la impotencia y de la envidia.

Permítenos gozar el resplandor de tu corona. Que nos envuelva tu manto en el poder que es como el fuego sagrado. No pienses que muchos sufren por tus decisiones.”


Es un fragmento lúcido sobre la política mexicana escrito en 1986.

La democracia no consiste en elegir un rey que haga lo que se le plazca durante seis años.

La democracia es gobernar convenciendo e incluyendo; si no, no es democracia.

Los problemas sociales son resultado del cruce de diferentes causas e inercias.

Las sociedades son cada vez más complejas, compuestas por sectores e intereses muy diversos.

Los gobiernos son retados en su capacidad de reacción y la eficiencia de sus respuestas.

Los gobiernos deben reconocer que los expertos en los problemas de los ciudadanos son los ciudadanos mismos, los afectados por las políticas públicas.

Los gobiernos eficientes son los que se abren a la colaboración con la sociedad y a la inteligencia de sus gobernados.

El gobernante que rechaza las otras voces termina fallando.

Los gobiernos abiertos son transparentes para que los ciudadanos sepan todo sobre ellos; promueven la participación ciudadana en sus decisiones y en sus programas y generan espacios de colaboración para construir nuevas soluciones.

En los gobiernos abiertos, el pueblo no sólo va a las urnas, sino va a las mesas de diálogo y toma el micrófono.

En los gobiernos abiertos, el pueblo no sólo se forma en la fila para recibir su cheque, sino indaga, pide explicaciones y propone alternativas.

Permítame plantear propuestas para que se gobierne con el pueblo.

Primera: Crear un marco legal y fiscal que promueva la participación de la sociedad civil, facilitando que los ciudadanos se organicen y cuenten con recursos suficientes para realizar su labor.

Segunda: Conformar espacios y canales de acción, diálogo, colaboración y trabajo intersectorial entre las organizaciones de la sociedad civil y el sector público. En todas las dependencias y en todos los programas debe haber un consejo ciudadano cuya integración esté regulada para garantizar independencia.

Tercera: Incrementar la participación de la sociedad civil en parlamento abierto, como órgano de consulta de los diputados al hacer las leyes. No debe haber legislación sin un diálogo público, regulado y sistematizado con afectados y expertos.

Cuarta: Crear espacios ciudadanos de verificación de cumplimiento en las dependencias oficiales. Esta herramienta de gestión permite dar seguimiento y rendir cuentas sobre el cumplimiento de las promesas electorales de los gobiernos.

Quinta: Destinar el 3 por ciento del presupuesto anual de los municipios a un presupuesto participativo. Los ciudadanos votarían en cada colonia para definir el destino de esos recursos.

Todos hemos tenido una opinión sobre algún trámite, servicio o programa oficial. Los verdaderos gobiernos del pueblo son los que escuchan esas opiniones, sin importar si les agradan o desagradan.

Los gobernantes autoritarios, más cerrados, dicen que ellos son el pueblo.

Capturan el micrófono para ellos solos.

No toman parecer de nadie y se enojan con los reclamos ciudadanos.

“Te mandó Maru”, dijo el presidente a una mujer que le rogaba justicia por la muerte de 40 migrantes en un edificio del gobierno. Así la descalificó, tachándola de enviada por una adversaria política.

El 14 de febrero del año pasado, los senadores de Morena lo escribieron y lo publicaron: “El presidente Andrés Manuel López Obrador encarna a la patria, la nación y al pueblo”.

Para los importantes de Morena, el pueblo se hace carne, toma cuerpo, en López Obrador. Él es el pueblo.

El asiduo consejero presidencial, el sacerdote Alejandro Solalinde, lo subió un escalón: “Andrés Manuel es un profeta”.

Los autoritarios se consideran la voz del pueblo y creen tener el derecho de decidir como mejor les parezca qué es bueno para el país. Les molestan los contrapesos, les parecen inútiles, malvados, mafiosos, malos, oligarcas, etc.

Sus discursos son más ilusionantes.

Prometen un sistema de salud como el de Dinamarca.

Los demócratas, en cambio, escuchan, incluyen y construyen consensos porque consideran legítimos a los otros partidos y a los críticos. Sus resultados son mejores.

Son Dinamarca. Una democracia con muchos contrapesos, participación ciudadana y un gran sistema de salud.

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