COP30: La transición energética no será justa… sin justicia
- migueldealba5
- 5 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Por Miguel Ángel de Alba
Las conferencias climáticas de la ONU son, con frecuencia, ejercicios de esperanza mezclada con hipocresía. Desde hace 30 años el mundo promete una transición energética “acelerada, justa y sostenible”, mientras los termómetros suben y las promesas bajan. La COP30, a celebrarse en la Amazonia brasileña, pretende ser el escenario donde por fin se hable de justicia como eje de la transición hacia las energías renovables y no sólo como argumento retórico.
Las cifras lo dicen todo. En 2025, las energías renovables generan cerca de 32 por ciento de la electricidad global. Suena bien, hasta ver el resto del cuadro: las emisiones de dióxido de carbono (CO₂) siguen en aumento, los combustibles fósiles se expanden y el consumo energético global no da tregua. Es el viejo truco de avanzar sin moverse: se instalan más paneles y turbinas, pero se queman más barriles y toneladas de carbón.
Pero no todos avanzan al mismo paso. China y los países ricos acaparan casi el 90 por ciento de la nueva capacidad renovable instalada en 2024. África, con más de mil millones de habitantes, apenas tiene 1.6 por ciento de esa capacidad. En pleno siglo XXI, aún viven sin electricidad 666 millones de personas. La “transición verde” se parece mucho al viejo mapa del mundo con un Norte brillante y un Sur a oscuras.
La justicia como mandato
Este año el contexto es diferente. La Corte Internacional de Justicia emitió una opinión histórica: los Estados no solo deberían, sino que están legalmente obligados a actuar con ambición frente al cambio climático. Es una línea divisoria que muchos preferirían ignorar, pero si las cumbres sirven para algo debería ser para recordar a los gobiernos que ya no se trata de cortesía diplomática, sino de responsabilidad jurídica y moral.
De Belém al mundo: ¿y ahora cómo…?
La Red de Acción Climática (CAN International) impulsará en la COP30 el Mecanismo de Acción de Belém (BAM), que podría dar sentido práctico a la idea de una transición justa, ya que pretende coordinar esfuerzos globales, transferir tecnología, aliviar la deuda del Sur Global y financiar proyectos de energía comunitaria.
El BAM no es poca cosa. De concretarse, podría evitar que la “revolución verde” repita los pecados del extractivismo marrón: despojo, concentración y desigualdad. Lo que está en juego no es sólo qué tipo de energía usamos, sino quién la controla, quién se beneficia y quién paga los costos.
El nuevo colonialismo verde
La fiebre por los “minerales de transición” —litio, cobalto, cobre, níquel— ya deja cicatrices sociales y ambientales. Los países que exportaban petróleo ahora extraen minerales, con los mismos impactos: contaminación, desplazamiento y violaciones de derechos humanos. La etiqueta “verde” no borra el color del abuso.
Lo mismo ocurre con la moda de los combustibles sostenibles. Brasil impulsa el “Compromiso 4X de Belém”, que busca cuadruplicar la producción de biocombustibles, hidrógeno y amoníaco. En papel suena a futuro limpio, pero en la práctica, sin salvaguardas claras, puede significar más monocultivos, más hambre y más desigualdad. La transición energética no debe construirse sobre la vieja receta del desarrollo desigual.
Sin dinero
El financiamiento climático es aún la gran promesa incumplida. En la COP29 los países ricos insistieron en la inversión privada como motor de la transición, pero los países en desarrollo no necesitan de préstamos ni fondos de riesgo, sino recursos públicos, accesibles y justos. La COP30 tiene quizá la última oportunidad de corregir esa asimetría.
Energía con rostro humano
Las energías renovables no sólo sirven para reducir emisiones. Deben ser una herramienta de adaptación: energía solar para hospitales rurales, microredes para comunidades aisladas, sistemas limpios que garanticen agua, alimentos y comunicación frente a desastres climáticos. En la Amazonia, ese mensaje debería resonar con fuerza: la energía más poderosa es la que fortalece la vida.
Es un hecho que la COP30 no resolverá el cambio climático y que ninguna cumbre lo hará, como hemos visto ya en tres décadas. Sin embargo, la COP30 puede marcar el principio de una transición energética que no reproduzca el modelo de exclusión, extractivismo y desigualdad que nos condujo hasta aquí.
Si de verdad se busca una transición justa, no bastará triplicar los megavatios. Habrá que triplicar la voluntad política, la solidaridad y la honestidad, porque no hay energía más renovable que la justicia.
.png)



Comentarios