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El peligro de gobernar sin espejo

hace 8 horas
3 min de lectura

 

El espejo como necesidad del poder

y responsabilidad de quienes lo sostienen.

Quien está seguro de sus decisiones

no necesita destruir la pregunta.

 

Hay algo profundamente peligroso en gobernar sin espejo. No porque el poder necesite verse bien. Precisamente lo contrario: necesita verse como es. Un espejo no está para halagar. Está para mostrar. Y a veces lo que devuelve resulta incómodo.

Los medios independientes, los periodistas, los columnistas, los analistas y quienes desde distintos espacios cuestionan las decisiones públicas cumplen esa función, en cierta manera. Son parte de los espejos que permiten al poder observar lo que no siempre aparece en los informes oficiales, en los discursos o en las oficinas donde se toman las decisiones.

Por eso preocupa cuando desde el poder se intenta cerrar espacios, retirar apoyos, desacreditar voces incómodas o sustituirlas por aquellas que ofrecen una imagen más conveniente.

Pero hay algo que debemos mirar con mayor cuidado.

El peligro no está solamente en quienes rompen los espejos. También está en quienes los sostienen.

Un periodista que deja de preguntar por miedo; un directivo que prefiere no incomodar; un comunicador que confunde información con propaganda o un funcionario que considera cualquier cuestionamiento como una agresión, forman parte, consciente o inconscientemente, del mismo problema.

Un espejo también puede dejar de reflejar por miedo a que lo rompan.

Y entonces sucede algo extraño: un gobierno puede recibir cada día más información y, al mismo tiempo, conocer cada vez menos de la realidad.

Quien está seguro de sus decisiones no necesita destruir la pregunta. Puede escucharla. Puede discutirla. Puede demostrar que está equivocada.

Quien está convencido de su argumento puede enfrentarse al argumento contrario. No necesita convertir en enemigo a quien piensa diferente. La crítica es uno de los mecanismos que permite corregir.

La respuesta a un espejo que distorsiona no está en romper otros espejos, sino en colocar y comparar.

Un medio no tiene como única obligación publicar. Tiene que investigar, contrastar, explicar y asumir las consecuencias de lo que afirma. Un periodista no necesita ser enemigo del gobierno para ejercer su oficio con independencia. Un funcionario tampoco necesita convertirse en enemigo de la prensa para defender una decisión.

Todos necesitan algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: no tener miedo a la realidad.

Gobernar no consiste en conseguir que todos estén de acuerdo. Se debe convencer.

Cuando un poder comienza a rodearse exclusivamente de voces afines, el problema no es que desaparezca una opinión incómoda, sino que desaparece una posibilidad de corrección.

Romper el espejo no cambia el rostro. La crítica es un mecanismo que permite corregir.

La historia política ha mostrado que esa tentación no pertenece a una ideología específica. Se ve en gobiernos de izquierda o de derecha, bajo discursos democráticos o nacionalistas, con distintas formas y justificaciones. El mecanismo es el mismo: reducir progresivamente el espacio de la contradicción hasta terminar por creer que dejó de existir.

La contradicción no desaparece, se desplaza. Encuentra otros medios, otras plataformas, otras conversaciones y, finalmente, otros caminos para hacerse escuchar.

Quizá por eso necesitamos recuperar una Cultura Impar en la que nadie tenga que sentirse dueño de la verdad: ni quien gobierna, ni quien informa, ni quien critica, porque la democracia no se fortalece cuando todos miran en la misma dirección.

Se fortalece cuando podemos mirar desde distintos ángulos y todavía ser capaces de conversar. En una segunda parte hablaremos de lo que ocurre cuando los espejos desaparecen no solamente alrededor del poder, sino también frente a una sociedad saturada de información que puede terminar por perder lo más importante: la capacidad de pensar por sí misma.

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