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Encaminar la salud mental en bien de la resiliencia



Por: Fernando Silva


Para razonar con mejores argumentos el concepto de la salud mental es necesario entender ¿qué es salud? Al respecto, la palabra salud viene del latín Salus o Salutis: 'salud', 'salvación'; también 'saludo', en la expresión Salutem Dicere 'saludar', en ocasiones escrito con la abreviatura: S.D. De ahí derivan el verbo Salutare, 'saludar, desear salud' y el adjetivo Salutaris 'saludable, salvadora'; desde luego, percibidos como el bienestar emocional, psicológico, psiquiátrico, físico y social de todo ser humano.

Desde este punto de vista, al hablar de salud mental ¿Necesariamente hay que referirse a una enfermedad mental? ¿Es posible regular nuestro bienestar psíquico y emocional ejerciendo influencia sobre nuestros pensamientos, sentimientos, deseos y estado de ánimo? Tener presente que la salud mental se incrementa de manera significativa cuando se involucra la conciencia y la urbanidad con generosa voluntad y actos encaminados a la noción del bien común biopsicosocial, entendidos de que es un estado de bienestar que nos habilita para hacer frente a los momentos de estrés, a desarrollar nuestras habilidades y virtudes, poder aprender y actuar apropiadamente, así como a colaborar centrados en el principio de que las necesidades de la sensibilidad e inteligencia pueden satisfacerse sin tener que ejercer acciones lesivas.

También es posible tomar decisiones equilibradas y con objetivos que estén a nuestro alcance, en concreto, sin frustraciones y previniendo la ansiedad, el desánimo, la culpabilidad, la sensación de inferioridad y otras muchas aflicciones de naturaleza social y psíquica. Empecemos con estar activos. Enfáticamente, el cuerpo y la mente se regeneran al ejercitarlos y con mayor intensidad cuando lo realizamos comprometidos a ser mejores personas, pero no es suficiente ocupar nuestro tiempo con actividades productivas como practicar algún deporte, comer saludablemente, dormir bien, hacer benevolente vida social, convivir con parientes y amistades, dar paseos con regularidad, organizar la casa, adoptar una mascota, leer, intercambiar puntos de vista sin agresión y con amabilidad; escribir, aprender un idioma, ayudar a otros, pensar en hacer el bien, ser ejemplo de calidad humana…, sino evitando toda conducta negativa, ya que tenemos la capacidad de evaluar nuestros propios actos y de tomar decisiones con justedad, lo que es correcto e inapropiado conforme el temor a la auto-contradicción, y de que no somos sólo para los otros, sino esencialmente para uno mismo, en apego a que la unicidad se inserta en las disparidades.

Para ello, parte fundamental para lograr una conducta ética y moral es no tener que vivir —en la intimidad del pensamiento— con repulsa, ya que ahí el interlocutor es cada quien e indudablemente no queremos, ni debemos, convertirnos en nuestro propio adversario. Por lo tanto, a nuestro pensamiento y proceder podemos orientarlos conforme la buena educación y los principios basados en los valores universales, de los cuales resulta la coherencia. Naturalmente, las circunstancias que nos afectan cotidianamente no sólo es dolor físico —los padecimientos son más que eso—, ya que también tenemos aflicciones psíquicas con secuelas negativas, así como recuerdos amargos y sensaciones e impulsos perniciosos. En consecuencia, para desenvolvernos —en cualquier ámbito de la vida— habrá que darse en aquiescencia con los propios juicios y en armonía consigo mismo, procurando que al operar en la naturaleza de las apariencias, no se transgredan los límites impuestos por la manera en que se piensa y se actúa.

Aquí la conducta ética-moral, guiada por la sensatez, favorece la concordancia individual, al tiempo que se manifiesta ingente valor, profunda compasión y notable capacidad para salir adelante, incluso con la más oscura de las biografías personales. De esta manera, y a sabiendas de que podemos salir lastimados, somos capaces de brindar afecto, respeto, gratitud, tolerancia, empatía, protección… a otras personas, incluso sabiendo que hemos de morir procuramos por el presente y por el futuro; análogamente, enfrentamos el sinsentido permitiéndonos abrazar ideales, lo que nos faculta para considerar que es posible sentirnos vivos, presentes y comprometidos a pesar de las situaciones críticas, drásticas y hasta mortales.

Sobre el particular, la resiliencia nos ofrece alternativas que nos permiten desarrollarnos con dignidad y en armonía a pesar de vivir en un entorno desfavorable y despojado socioculturalmente. El término —que proviene de la física— lo podemos deducir desde las ciencias sociales de la siguiente manera: Una persona es resiliente cuando logra sobresalir de las presiones y dificultades que en su lugar otra persona no podría lograr, y no se trata solamente de una capacidad de adaptación, sino que supone la revalidación en una perspectiva dinámica, interactiva y global del desarrollo particular, así como de los procesos relativos a la salud mental y la concordancia social, abriendo ventanas a la certidumbre y, por ende, a la confianza en pro de la prosperidad constante individual y de todo ser humano. No obstante, para la mayoría de la gente es un tema de nuestros días, sin embargo, la resiliencia es una cualidad universal que ha existido desde siempre, así, los historiadores la han reflejado al describir las maneras en que la humanidad ha afrontado las adversidades a la par que evoluciona. En ese singular entorno, el grueso de la comunidad que producimos expresiones estéticas somos inherentemente vulnerables a los agobios sociales y culturales, sin embargo, a la vez estamos dispuestos —en cuanto a la determinación de sobrevivir y ascender en bien común— para crear piezas que permitan un mayor compromiso en el fomento de la inteligencia y la consciencia ante las situaciones caóticas en que se debate el mundo. Por ello, nadie puede olvidar que antes que poseer una vocación o una profesión somos seres humanos, y los creadores por lo mismo no podemos pasar por alto tan importante punto de partida, ya que es imprescindible que se exhorte —desde los hogares hasta las instituciones de educación superior— al más profundo compromiso hacia el talento, el discernimiento, la conciencia y las virtudes en bien de que se haga comprender a todos que el amparar los derechos humanos va ligado a compartir —en debida forma— todo conocimiento y voluntad que respalde la prosperidad de todo ser viviente, como uno de los fundamentos en los cuales deben descansar las relaciones sociales con la digna defensa de la democracia en todo el planeta Tierra, así como la eliminación de todo tipo de violencia.

Si consideramos los aspectos físicos, psicológicos, sociales y emocionales como un todo, el abordaje humanístico respecto a la salud mental es de modo integral, pero al referirnos a ésta, podemos enfatizar los aspectos positivos de la humanidad sin que los síntomas impliquen un impedimento como parte de la tendencia a la responsable concientización de cada ser humano, a la realización de uno mismo de acuerdo a sus posibilidades y capacidades —tanto físicas como mentales— y a la voluntad por hacer el bien en concordancia con su cultura, principios, sobriedad y conocimientos.

Dado lo recién expuesto, una posible explicación de la resiliencia es que se hace referencia en relación con la teoría del vínculo, basado en un respetuoso y tolerante comportamiento social, regulación de las normas sociales en función de los derechos humanos, capacidad de resistencia informada en situaciones desafiantes, orientación hacia el uso sostenible de los recursos naturales, formación humanística en las habilidades cognitivas, defensa del estado de derecho, elevar la calidad humana en pro del bienestar común y, principalmente, erradicar la estupidez.

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