Mundial Verde: greenwashing en una ciudad que no resuelve lo básico
- migueldealba5
- 11min
- 3 Min. de lectura


Por Miguel Ángel de Alba
@migueldealba
Hay algo peor que no tener política ambiental: simular que se tiene.
Clara Brugada, la jefa de Gobierno de la Ciudad de México (CDMX), presentó el programa “Mundial Verde: con Juego Limpio, el Planeta Gana”. Diez ejes, lenguaje impecable, guiños a la Agenda 2030.
Todo perfectamente diseñado… para parecer que se hace algo.
En el terreno, que es donde importa, la ciudad cuenta otra historia. Y esa historia no es verde. Es gris, espesa y huele a combustión.
Prometer “juego limpio” en la Ciudad de México no es ambicioso: es cínico.
La capital vive atrapada en un círculo vicioso de contaminación: tráfico crónico, parque vehicular desbordado y una gestión urbana incapaz de ordenar la movilidad. A eso se suma un factor que para el gobierno prefiere es intocable: los bloqueos permanentes por manifestaciones.
El resultado es grotesco: avenidas colapsadas durante horas, motores encendidos, combustible que se quema sin sentido. Exactamente lo contrario de cualquier política ambiental seria.
Pero el plan oficial propone ¡ciclovías temporales y home office durante el Mundial! Un parche. Un parche que va a durar lo mismo que el evento.
El gobierno presume el combate a los plásticos de un solo uso. La ciudad responde con toneladas diarias de unicel, de bolsas y envases tirados en las calles, banquetas y drenajes.
La contradicción tiene nombre: economía informal desbordada. Ambulantaje, para decirlo en una sola palabra. O clientelismo electoral.
Miles de puestos venden alimentos todos los días en condiciones donde lo desechable no es opción, es regla. No hay infraestructura, no hay regulación efectiva ni voluntad política para intervenir.
Mientras el mundo recicla más del 60 por ciento de sus residuos, México apenas alcanza el 12 por ciento, pero aún así la autoridad habla de “economía circular” como si fuera una realidad y no un eslogan aspiracional.
Lo que hay no es circularidad. Es acumulación.
Hay una omisión particularmente reveladora: el uso masivo de gas licuado de petróleo (LP). Es el elefante en la sala, envuelto en unicel.
Se usa en restaurantes, hogares y, peligrosamente, en el comercio informal. Es parte estructural de la ciudad. Y también es una fuente relevante de emisiones, en especial de metano, uno de los principales gases de efecto invernadero.
Pero el gas LP no aparece en el “Mundial Verde”. No conviene. Es más fácil hablar de vasos reutilizables que tocar el modelo energético real de la ciudad.
El programa rescata a Xochimilco como símbolo ambiental. Canales, ajolotes, turismo sustentable.
Una postal bonita. La realidad es incómoda: contaminación del agua, pérdida acelerada de biodiversidad y presión urbana constante.
Convertir un ecosistema en crisis en vitrina turística no es política ambiental. Es marketing territorial.
Se anuncia también un millón de flores. Matracas de carrizo. Botanas “sustentables”.
Todo suma para una narrativa amable, digerible, exportable. El problema es que la política pública no se mide en decoración urbana ni en souvenirs ecológicos. Se mide en resultados: menos emisiones, mejor aire, menos residuos, ecosistemas recuperados.
Nada de eso garantiza esta estrategia.
Se practica el greenwashing institucional: discurso en vez de acción.
El “Mundial Verde” no fracasará por lo que incluye, sino por lo que evita:
No enfrenta el caos vial estructural.
No regula seriamente la economía informal.
No transforma el sistema de residuos.
No toca el modelo energético urbano.
Es un programa diseñado para no incomodar. Y cuando una política ambiental no incomoda, generalmente no sirve.
La Ciudad de México no necesita más campañas. Necesita decisiones incómodas, reformas profundas y autoridad para aplicarlas.
Pero eso no luce bien en un cartel ni se inaugura con aplausos.
Es entonces cuando la sostenibilidad se convierte en relato y la crisis deja de ser un problema para ser parte del guión.
Se opta por una narrativa verde, perfectamente empacada, que permite decir que se actúa, sin cambiar nada de fondo.
Al final, lo que se presenta como “Mundial Verde” se parece demasiado a lo de siempre:mucho discurso, poca transformación y una ciudad que respira el mismo aire sucio de siempre.
