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La verdad incomoda cuando todos dicen que sí...

hace 10 minutos
3 min de lectura


El poder comienza a perder el rumbo

mucho antes de equivocarse.

Lo pierde cuando deja de escuchar

y de observar. Y esos errores

suelen venir después,

con la arrogancia electoral.

 

En la columna anterior hablamos de una sociedad que comienza a romper con la autoridad, de la desobediencia que se convierte en respuesta y deja de ser excepción, y de la peligrosa idea de que las reglas solamente pueden cumplirse cuando conviene, pero hay otra consecuencia menos visible y quizá más peligrosa:  el poder puede aislarse.

No es necesariamente porque alguien cierre las puertas de una oficina. A veces basta con que alrededor del gobernante desaparezcan las voces incómodas, las advertencias, las críticas y hasta las malas noticias. Entonces ocurre algo extraño:

Todos dicen que sí.

Sí a la decisión.Sí al discurso.Sí a la estrategia.Sí a los resultados.Sí a la versión oficial de las cosas.

Y cuando todos dicen que sí, la información cambia o se reduce al mínimo.

No hay que inventarla. Basta con seleccionarla.

Se muestran los datos que convienen. Se minimizan los que incomodan. Se justifican los errores como ataques externos y las críticas se convierten en señales de deslealtad.

Poco a poco, el gobernante deja de recibir la realidad y sólo recibe una versión de ella.

Es el momento en que la comunicación se pierde como herramienta para gobernar y se convierte en un espejo que solamente devuelve lo que quien mira quiere encontrar.

El problema es que la realidad no desaparece porque alguien deje de reportarla.

La inseguridad no disminuye porque se hable menos de ella. Una crisis económica no desaparece por cambiar el discurso. Un problema de salud pública no se resuelve porque los comunicados destaquen otros asuntos. Una sociedad inconforme no recupera la confianza porque se le repita que todo está bien.

La información deformada tiene una consecuencia inevitable: produce decisiones deformadas.

Quien recibe información incompleta decide con información incompleta. Y decide mal.

Quien sólo escucha elogios puede terminar por creer que no necesita corregir nada.

Y quien confunde la crítica con una amenaza termina por desperdiciar una de las herramientas más valiosas de cualquier gobierno: la posibilidad de corregirse a tiempo.

La sociedad también aprende.

Cuando los medios tradicionales dejan espacios vacíos, alguien los ocupa. Ahora las redes sociales son los medios tradicionales. Cuando una persona siente que una noticia está incompleta, busca otra versión. Cuando percibe que una institución comunica solamente lo que le conviene, desconfía de todo lo que recibe.

Así aparecen otras rutas: más redes sociales, periodistas independientes, especialistas, plataformas digitales, testimonios ciudadanos y conversaciones que no pasan necesariamente por los canales institucionales.

Sin embargo, surge otro problema: no todas esas fuentes son confiables.

Cuando la información oficial pierde credibilidad, el espacio no siempre es ocupado por la verdad. Puede ocuparlo el rumor, la manipulación o la mentira. Por eso el aislamiento informativo no solamente perjudica al gobierno, perjudica a todos.

Toda sociedad necesita autoridad, pero también saber cuándo cuestionarla. Necesita instituciones, pero también medios capaces de vigilarlas. Necesita información oficial, pero también voces independientes que la contrasten.

El gobierno que escucha únicamente a quienes están de acuerdo con él puede sentirse acompañado, pero en realidad, deberá aprender a quedarse solo.

Quizá esta sea una de las paradojas más peligrosas del poder: mientras más personas tiene alrededor, menos puede escuchar.

Cuando todos dicen que sí, la verdad puede ser la voz más incómoda de todas, aunque pocos se atrevan a decirla.

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