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Un año con Trump


Por tus sueños hablas

de mi pueblo mierda,

no ves que tu tierra

con mis manos labras.

Y lo que me aflige

no son tus maneras

más son  las banderas

que tu pueblo elige.


Poema a Donald Trump

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Desde su regreso a la Presidencia de los Estados Unidos, Donald Trump ocupa todos los días la atención de la mayoría de los medios informativos internacionales, como si no se hubiera ido.



La mayoría coincide en su tendencia hacia dos temas: llamar la atención para desviar las miradas internas y mostrarse como el político que quiere acumular poder mundial para pasar a la historia como un buen estadista.

Explicarlo sin que suene a consigna o a desahogo es mover el análisis del personaje al método. Trump no es sólo un individuo extravagante, sino un dispositivo político-cultural  con reglas bastante claras.

No importa el tema: comercio, migración, conflictos armados, diplomacia o elecciones ajenas. Siempre aparece. Y cuando no, se le invoca. Para muchos, su comportamiento responde a esas dos pulsiones: lo suyo es distraer y proyectarse como el estadista global.

Ambas lecturas son correctas, pero incompletas si se las ve sólo desde la anécdota del personaje.

Trump no gobierna desde la sutileza, sino desde el ruido. La estridencia no es un exceso, es un método. En un ecosistema informativo saturado, donde la atención dura lo que un titular incendiario, producir escándalo equivale a ejercer poder. Cada declaración desmedida, cada amenaza comercial o diplomática, cada provocación cuidadosamente improvisada cumple una función precisa: desplazar la conversación pública, fragmentar el debate y obligar a los medios a correr tras el último exabrupto.

Mientras el mundo discute si “fue demasiado lejos”, la maquinaria institucional avanza con menos reflectores: ajustes administrativos, decisiones regulatorias, nombramientos estratégicos. El ruido no oculta un vacío, administra el foco.

En la política contemporánea distraer no es esconder, es gobernar. Rudo, pero cierto.

La segunda pulsión del estadista responde más a una necesidad simbólica que a una vocación. Trump no aspira a ser recordado como constructor de consensos o arquitecto de instituciones sólidas. Su narrativa es la del hombre fuerte que “pone orden”, del negociador que vence, del líder que domina. Por eso exagera los conflictos externos y se presenta como árbitro global. No siempre importa resolverlos, basta con escenificarse en el centro del tablero.

La política se convierte en espectáculo. Un reality show geopolítico donde la percepción vale más que el resultado y donde la imagen eclipsa a los procesos. Trump entiende algo esencial de nuestro tiempo: ser visto es más importante que ser eficaz y ser temido rinde mejores dividendos mediáticos que ser respetado.

Sin embargo, hay una confusión de fondo —¿o una simulación deliberada?— entre poder y legado. El político multimillonario parece asumir que acumular poder personal equivale automáticamente a trascender; que imponer es sinónimo de gobernar y que la historia se escribe a golpe de titulares.

La confusión no es exclusivamente suya. Es parte de una cultura política global que ha erosionado la confianza en lo colectivo y alimentado la fascinación por liderazgos autoritarios, simples en el discurso y complejos en las consecuencias.

El estadunidense no inventó esa cultura, pero la interpreta con precisión quirúrgica. Más que una anomalía es un síntoma exagerado de una época que premia la estridencia, desprecia la deliberación y mide la política en audiencias, likes y viralidad.

A un año de su regreso, tal vez la pregunta no sea qué pretende con cada provocación, sino ¿por qué el mundo reacciona exactamente como él espera? Ahí, y no en la Casa Blanca, está el verdadero centro del problema.

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