Aislarse del mundo no enfría el planeta
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Por Miguel Angel de Alba
@migueldealba
La decisión del gobierno de los Estados Unidos de abandonar el multilateralismo climático no es un acto de soberanía: es una renuncia al liderazgo en el momento en que más se necesita.
Al retirarse de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) y de otros espacios de cooperación internacional, la administración estadounidense elige dar la espalda a la realidad científica, económica y humana del siglo XXI.
El cambio climático no es una conspiración ni un capricho ideológico. Es un hecho probado, documentado por la ciencia —incluida la estadounidense— y visible en incendios, inundaciones, sequías y olas de calor cada vez más destructivas.
Pretender enfrentar una crisis de esta magnitud desde el aislamiento es tan eficaz como intentar apagar un incendio con cerrar los ojos.
Los Estados Unidos son responsables de una gran parte de las emisiones de gases de efecto invernadero, huella que no desaparece con la firma de un memorando ni con el abandono de tratados.
La responsabilidad climática no prescribe ni se cancela por decreto. Al contrario: cuanto mayor ha sido la contribución al problema, mayor es la obligación moral, política y financiera de ser parte de la solución.
El repliegue estadounidense tiene efectos más allá de sus fronteras: debilita la cooperación internacional, erosiona la confianza entre países y ofrece a otros gobiernos la coartada perfecta para retrasar acciones urgentes.
En un sistema climático sin fronteras, la inacción de un actor clave se convierte en mayores riesgos, en especial para los países y comunidades que menos han contribuido a la crisis y que ya pagan precios muy altos.
Paradójicamente, esta retirada daña los intereses que dice defender. Al abandonar la mesa donde se definen reglas, flujos financieros e inversiones de largo plazo, los Estados Unidos pierden influencia sobre billones de dólares que marcarán el rumbo de la economía global. El futuro será bajo en carbono, con o sin Washington. La pregunta es quién liderará y quién llegará tarde a esa transición.
El multilateralismo no es un gesto de buena voluntad. Es una herramienta práctica construida después de décadas de conflictos, errores y aprendizajes. Fue creado porque los grandes problemas —guerras, pandemias, crisis económicas y climáticas— no se resuelven unilateralmente. Renegar de ese legado es desconocer la historia y repetir viejos errores con consecuencias irreversibles.
La crisis climática exige cooperación, ciencia y responsabilidad compartidas. Abandonar los espacios multilaterales no protege la soberanía ni la economía, las expone.
Y mientras algunos gobiernos se aíslan en nombre de un nacionalismo de corto plazo, el termómetro sigue en aumento.
La atmósfera no vota, no negocia y no espera. Ignorarla no la desaparecerá, sólo hará más costoso, injusto y peligroso el ajuste que, inevitablemente, llegará.
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