Cuando el escenario no obedece...
- migueldealba5
- hace 5 días
- 3 Min. de lectura


Desprecia a aquellos
que no cumplen
sus estándares,
considerándolos inferiores
y sin valor.
El narcisista se sumerge
en sus propios lares,
sin darse cuenta de que su actitud
lo lleva al error.
Poema El desprecio por los demás
Anónimo
Hay políticos que no ingresan a un espacio: lo transforman. En su territorio natural —el doméstico, el inmediato, el emocionalmente polarizado— logran imponer el tono, definir la agenda y obligar a los demás a reaccionar. Ahí el escenario se acomoda al personaje, y no al revés. El aplauso, la confrontación y la visibilidad permanente son parte del mismo mecanismo de control.
El problema surge cuando ese liderazgo sale de casa. En los foros internacionales el escenario no pertenece a nadie. Se construye a partir de intereses múltiples, equilibrios frágiles y tiempos largos. No hay un centro fijo ni un protagonista indiscutible. El poder se comparte, se negocia y, sobre todo, no se exhibe.
En ese contexto, el personaje pierde margen. No porque sea rechazado, sino porque deja de ser necesario. El foro sigue, las conversaciones continúan, los acuerdos se discuten con o sin su presencia. La atención no se concentra, se dispersa. Y para un liderazgo que se alimenta del foco, esa dispersión es incómoda.
No hay confrontación abierta ni derrota visible. Hay algo más sutil: desfase. Un estilo diseñado para la política del conflicto permanente se encuentra con espacios donde el conflicto se administra, no se grita. Donde el escándalo no suma capital, genera desconfianza. Ahí la retórica dura pierde eficacia y la espectacularidad se vuelve ruido de fondo.
Esto no implica falta de poder real, sino limitación cultural. No todos los escenarios responden a la misma lógica. Lo que funciona en una plaza pública puede resultar ineficaz en una mesa de negociación. Y lo que en casa se percibe como liderazgo firme, afuera puede leerse como incapacidad de adaptación.
Esta reflexión es apenas el inicio. En otra (u otras) entregas de la Cultura Impar, será necesario detenerse en otros rasgos del fenómeno: el uso del tiempo como estrategia, la doble voz del poder —una para el discurso público y otra para la negociación privada— y la forma en que la irrelevancia se convierte en un castigo silencioso en la política global.
Porque, al final, el verdadero límite de ciertos liderazgos está en el escenario, no en la oposición. Cuando deja de obedecer, cuando el reflector se mueve sin pedir permiso, el personaje enfrenta su prueba más difícil: existir sin ser nombrado.
Este texto aborda algunas reflexiones sobre una figura política contemporánea que ha construido su fuerza a partir del dominio del escenario o ha ejercido esa fuerza en dominios ajenos, jalándolos al propio.
Si se piensa en una persona en específico, el lector será quien lo nombre. El primero que le llegue a la mente, sin importar de dónde sea o dónde esté; en realidad, es sobre un tipo de liderazgo que depende del reflector, del ruido y de la atención constante para existir plenamente.
Nombrarlo es jugar su juego. No nombrarlo es mover el tablero. Y además dialoga perfecto con esa idea final: la irrelevancia como castigo moderno.
Porque, al final, la política no ocurre sólo en lo que se dice, sino en el lugar donde se dice. Y cuando el escenario no obedece, incluso los personajes más dominantes deben aprender a compartir el foco… o aceptar que alguien más lo movió.
¡Ay, Davos…!, extrañaremos 2026 como el portazo en la nariz del de enfrente…
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