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El Mundial que ya no es del mundo



Durante décadas, la Copa del Mundo fue presentada como la gran fiesta de la humanidad. Un torneo capaz de unir a familias enteras frente a un televisor, paralizar oficinas, vaciar calles y provocar abrazos entre desconocidos. El futbol como lenguaje universal. También era una ilusión democrática: cualquiera podía sentirse parte del espectáculo.

Hoy esa promesa se agotó por la corrupción y la ambición de unos cuantos.

El Mundial 2026 será el más grande de la historia. Tres países sede, más selecciones participantes, más estadios, más patrocinadores, más mercancía oficial y más dinero. Mucho más dinero.

La euforia cuidadosamente diseñada por la mercadotecnia se ve más grande, aunque no signifique ser mejor.

El viejo principio romano de hay que dar pan y circo tenía, al menos, una lógica elemental: el pueblo recibía algo. Se le entretenía, pero se le incluía en el espectáculo. El circo era accesible porque su función era, precisamente, distraer a las masas.

La versión 2026 parece haber perfeccionado el modelo hasta convertirlo en una caricatura grotesca. El espectáculo se anuncia como universal, pero es inaccesible para la mayoría.

Los boletos tienen precios que equivalen a varios meses de salario para millones de personas. La transmisión por televisión abierta pierde terreno ante las plataformas de paga y paquetes exclusivos. Los productos oficiales tienen costos prohibitivos.

La experiencia mundialista ya no está pensada como escape para aficionados, para seguidores. Ahora se diseñó para consumidores segmentados por su capacidad adquisitiva.

La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) y sus contrapartes nacionales insisten en exhibir únicamente los beneficios económicos: turismo, ocupación hotelera, inversión, promoción internacional. Hablan de derrama económica como si descendiera mágicamente a los bolsillos de la población. Una falsedad impresionante.

Sin embargo, pocas veces explican quién se queda realmente las ganancias. Tampoco discuten con honestidad los costos públicos asociados: infraestructura temporal, operativos extraordinarios, adecuaciones urbanas o campañas promocionales financiadas con recursos que podrían destinarse a prioridades urgentes.

Sí, las escenografías son cada vez más espectaculares. Al mismo tiempo, más desechables. El Mundial dura unas semanas. Las fotografías se quedan para la propaganda institucional. La factura se queda para. pagarse en muchos años.

Ahora hasta se cuestionó la identidad de los artistas participantes en la inauguración. ¿Era o no era ella?

Mientras tanto, los dirigentes deportivos convertidos en celebridades administran un mercado global donde los futbolistas son activos financieros; las canteras son inversiones y la pasión popular solo es una materia prima extraordinariamente rentable.

Paradójicamente, nunca hubo tanto dinero alrededor del futbol y tan pocos ídolos genuinos. Sobran figuras diseñadas por agencias de imagen y faltan referentes que inspiren por su trayectoria, disciplina o compromiso social. El negocio devoró parte de la épica.

Los gobiernos no son espectadores inocentes. Necesitados de símbolos de éxito inmediato y distractores eficaces ante problemas complejos, abrazan estos megaproyectos sin demasiadas preguntas.

El brillo de una ceremonia inaugural es más cómodo que la discusión sobre seguridad, educación, salud o desigualdad.

¿Será exitoso el Mundial 2026? Probablemente sí. Sobre todo si el éxito se mide en audiencias globales, contratos comerciales y utilidades récord.

Si el parámetro es la capacidad para hacer sentir a la gente que la fiesta también le pertenece, quizá estemos frente al campeonato más rentable de todos y, al mismo tiempo, el más ajeno. Habrá más millones de personas decepcionadas que espectadores activos.

El verdadero fuera de lugar no ocurrirá en la cancha. Es haber olvidado que el futbol nació en los barrios, en las calles y en los potreros antes de ser en un exclusivo salón de negocios donde el pueblo es invitado a aplaudir desde lejos o a mirar detrás de vallas lejanas.

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