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Estudiemos bien nuestras violencias para resolverlas



Por Omar Garfias

@Omargarfias


Al analizar el origen de las violencias hay muchas razones para iniciar por sus causas individuales —lo que sucede al interior de las personas—, pero también hay muchas razones para no quedarnos ahí y avanzar hacia las causas socioeconómicas, las que se derivan de cómo nos relacionamos los miembros de la sociedad para producir, y a las causas institucionales, las ocasionadas por el funcionamiento de los instrumentos políticos y legales para regular las conductas.

Erróneamente se asume que las violencias son sólo un problema personal, únicamente una deficiencia individual.

Comúnmente se omiten las otras causas.

Una deficiencia común de ese mal diagnóstico es adjudicar las violencias simplemente a la educación de los violentos.

De ahí se brinca a proponer una solución simple: lo principal es que basta con educar bien a los niños, así no serán violentos ni se drogarán.

Los hechos han demostrado que esa explicación y las propuestas que se desprenden de ella son absolutamente insuficientes.

Esa vía nos ha llevado a cincuenta años de fracasos en nuestro intento de vivir en paz.

La educación es una buena herramienta de construcción de paz, pero no es capaz de soportar toda la responsabilidad.

Permítame citar dos evidencias.

La primera es muy cercana, el caso de un importante capo que se dedicó a esa actividad a pesar de que estudió el preescolar y la primaria en una escuela de los Legionarios de Cristo.

No puede haber una impartición más sistemática y rotunda de los valores más rígidos en el mundo que la formación que recibió esa persona en sus primeros años de vida, en su etapa fundamental.

Tuvo modelos de vida ante él y horas y horas de clases de religión, en su versión más intratable y menos condescendiente.

Disciplina dura y remache dogmático recibió desde temprana edad hasta la adolescencia.

La otra evidencia es una visión general histórica.

En el año 2000 el promedio de educación en México fue de 7.5 años y afortunadamente se elevó en 2020 a 9.7 años, según información del INEGI.

Muchos beneficios significa que un país reciba dos años más de instrucción escolar; sin embargo, eso no se tradujo en un México más pacífico.

En el año 2000 asesinaron dolosamente a 24 mil 565 mexicanos y, lamentablemente, en 2020 a 70 mil 123.

Subió la violencia a pesar de que hubo más educación.

La educación y la difusión de valores son importantes, pero no son tan centrales como pudieran indicarlo las apariencias y mucho menos son los únicos recursos como suele plantear la vox populi.

Jóvenes cuyas familias se dedicaban a actividades totalmente legales, con ingresos muy altos, y les enviaron a universidades católicas en el extranjero formaron una generación que se conoció como los narcojuniors en Tijuana, fenómeno que fue magistralmente descrito por el gran periodista Jesús Blancornelas.

Repito que no es desdeñable el trabajo que puede hacerse en escuelas y hogares por la educación y la ética.

Mi tesis es que la construcción de paz es un fenómeno muy complejo.

Es un fenómeno donde interactúan muchos factores en diferentes planos.

Si se sigue viendo como una falla personal de los violentos, vamos a seguir teniendo resultados insuficientes y, sobre todo, inestables.

“Durante todo 1975, los periódicos de Sinaloa estuvieron publicando declaraciones de políticos locales que se quejaban de la creciente amenaza de los narcos, alegando que los tiroteos eran ya el pan nuestro de cada día y que los gángsters se paseaban en coches sin matrícula y con las ventanillas ahumadas. Un titular decía: «SINALOA EN PODER DE LA MAFIA CRIMINAL” reporta el periodista británico Ion Grillo.

Cuarenta y ocho años después no hemos construido una sociedad muy distinta.

Debemos hablar más del tema.

No olvidemos las balaceras, los asesinatos, el miedo y las crisis como los “culiacanazos”.

Desarrollemos diagnósticos profundos y no dinámicas superficiales de 50 minutos.

Trascendamos el sentido común mediante el método científico y la deliberación pública.

Traspasemos las sumas de ocurrencias personales para, con metodologías robustas, arribar a propuestas complejas y articuladas.

Superemos la idea de que el voluntarismo elitista sustituye a la movilización amplia de los habitantes de Culiacán, al real y masivo involucramiento ciudadano.

Construyamos un plan científico de paz.


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