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¡Extra! ¡Extra!


Por Déborah Buiza G.

@DeborahBuiza


Hay momentos en la vida en que es necesario dar un “extra”: en el trabajo, cuando hay más horas y días de lo “habitual” por el nivel de responsabilidad del puesto que ocupas, por el proyecto del que estás a cargo o porque tratas de conseguir un ascenso; en la famosa doble jornada de trabajo “casa-oficina”; al acudir a compromisos sociales a pesar del cansancio y otras condiciones adversas; al tratar de desempeñar varios roles al mismo tiempo (mamá/papá + pareja + hijo (a) + amigo + empleado +estudiante + ...); la enfermedad de algún miembro de la familia; el inicio o cierre de un proyecto, un ciclo personal o laboral, etc. A veces, hay otras circunstancias (o personas) que no lo ameritan pero ahí estamos, dando el “extra”.

Hay metas, sueños, objetivos, proyectos, relaciones, con momentos que valen el esfuerzo, que valen todo el “extra” de empeño, tiempo, dedicación, disciplina y energía que podamos invertir en ellos porque, al final, es eso, una inversión personal, lo que significa que tarde o temprano redundará en nosotros aquello que hayamos puesto o hecho.

Pero ¿qué sucede cuando sentimos que damos de más sin recompensa, sin ver cambios? ¿Qué sucede cuando damos el “extra” y surge en nosotros esa sensación de frustración, agotamiento, insuficiencia, desencanto o nos sentimos como si hubiéramos sido estafados? ¿Qué sucede después de dar el “extra” que estamos malhumorados, rezongones y quejándonos de que nadie valora lo que hacemos o nuestro esfuerzo? ¿Será que estábamos esperando recompensa, aplauso o reconocimiento del exterior?

Sería interesante que, en el momento en que nos estemos exigiéndole al exterior el reconocimiento por el “extra” que dimos, nos preguntáramos ¿para qué damos el “extra”?, ¿quién nos lo pidió?, ¿qué pasaría si no lo damos?, ¿por qué es tan importante que te aplaudan o te agradezcan ese “extra” en lo que haces? Siéntate un momento, sé sincero con las respuestas y escucha las necesidades verdaderas detrás de ello.

Una creencia que hace ruido de manera constante y, por ende, causa esa sensación de insatisfacción es aquella que dice que “deberían valorar más lo que hacemos, que nos pagan poco por lo mucho que hacemos y por ello deberían felicitarnos y/o reconocer nuestro desempeño”, y la verdad es que puede que sea cierto que no valoren nuestra aportación, que estemos infravalorados, mal pagados y poco reconocidos, pero también es cierto que no es obligación de nadie pagarnos por lo que creemos merecer, por ser quienes somos, ser adorados por lo que hacemos o por hacer bien el trabajo que hay que hacer bien.

¿Para qué hacemos bien las cosas? ¿Porque somos eficientes y eficaces? ¿Porque nuestra ética, conocimiento y profesionalismo así nos lo marca? O ¿para recibir el aplauso ajeno? Gran diferencia hay en todo ello, diferencia que podemos experimentar en nuestra persona al terminar la tarea y ver el resultado: podemos sentirnos satisfechos, tranquilos y energetizados, o estafados, desilusionados y cansados.

Por supuesto, a nadie le caen mal unas porras o motivación extra, sobre todo cuando casi avientas el arpa después de horas de trabajo continuo, intenso y en condiciones desfavorables; cuando te falta ese kilómetro para llegar a la meta y sientes que las piernas ya no dan más; cuando estás en esos cinco minutos antes de alcanzar lo que tanto esfuerzo te ha costado, pero sientes que desfalleces... Sí, ahí vienen bien las palabras de aliento y de confianza. Pero ¿qué sucede cuando, al terminar los proyectos, alcanzar las metas, completar las tareas, nos desilusiona tanto la falta de reconocimiento externa, sobre todo de figuras de autoridad?

¿Por qué no es suficiente el hecho de que las cosa salieron bien o no salieron mal?, ¿por qué necesitamos el reconocimiento ajeno?, ¿cuál es entonces la razón por la que hacemos las cosas de la forma en que las hacemos?

Tomar conciencia de que dar el “extra” es una decisión personal, es responsabilizarse de las acciones que uno toma y de sus efectos; es dejar de esperar el aplauso, el agradecimiento, la felicitación o el reconocimiento externo; dejar de victimizarse si no llega y dejar de comprometer a los demás, que se quedan en “deuda” por lo que hacemos “de más”.

Dar el “extra” es una decisión personal. Por ello, sería importante evaluar si existen motivos o razones ocultas detrás de los “extras” que hacemos, ya que reconocerlas podría permitirnos asumir nuestras necesidades y buscar satisfacerlas de una manera más adecuada.

Da el “extra”, pero hazlo por tí, por crecer, por ética personal o profesional, por principios, valores y filosofía; así es más probable que puedas disfrutar de lo realizado y de sus resultados, sin esperar nada más a cambio.

Revisa tus metas, objetivos y plan de vida; cerciórate de que das el “extra” en el lugar, momento y a personas indicadas. Date tiempo de valorarte por ese “extra” que haces para tí y por los demás y agradece que tienes la posibilidad de hacerlo.

Si después de todo esto aún no estás tranquilo con lo que obtienes, siempre existe la posibilidad de tomar otra decisión. Tal vez sea momento de dejar de dar el “extra” y buscar cómo equilibrar un poco más las cosas.

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