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Gobernar entre enemigos imaginarios



Los gobiernos más desgastados

hablan más de sus enemigos

que de sus soluciones.


Hay una etapa en todo proyecto político donde gobernar deja de ser suficiente y comienza la necesidad de confrontar permanentemente. No porque existan amenazas reales de gran dimensión, sino porque el desgaste obliga a mantener viva la tensión política para evitar que la atención pública se concentre en temas más incómodos.

Eso parece estar ocurriendo hoy con Morena.

Después de casi ocho años de controlar la Presidencia de la República, la mayoría de los gobiernos estatales, el Congreso y buena parte de la conversación pública nacional, el movimiento gobernante actúa como si todavía fuera oposición. Necesita enemigos diarios, adversarios visibles y confrontaciones constantes para sostener su narrativa.

La comentocracia, los medios, los periodistas críticos, los conservadores, la ultraderecha, los empresarios, el “viejo régimen”, los organismos internacionales o cualquier voz incómoda terminan convertidos en piezas útiles de un discurso que parece vivir más de la confrontación que de los resultados.

Cuando eso ocurre, algo empieza a agotarse.

Los gobiernos seguros de sus decisiones no necesitan explicar todos los días quién quiere destruirlos. Simplemente gobiernan.

El oficialismo mexicano parece cada vez más atrapado en la necesidad de responder, atacar y desacreditar. El problema es que esa estrategia comienza a mostrar límites.

Las acusaciones provenientes de los Estados Unidos sobre presuntos vínculos entre actores políticos y estructuras del narcotráfico colocaron al gobierno federal en una posición incómoda. Más allá de la veracidad o dimensión de los señalamientos, la reacción oficial exhibe nerviosismo, improvisación y una narrativa defensiva cada vez menos sólida.

Las líneas discursivas se reducen prácticamente a los mismos argumentos: descalificar medios, denunciar campañas, acusar intereses externos o insistir en conspiraciones políticas, pero aparte de los sectores ya convencidos, el mensaje ya perdió fuerza, porque repetir no significa convencer.

En medio de ese desgaste surge otro fenómeno interesante: el relevo de figuras dentro de la propia estructura política de Morena. La llegada de Ariadna Montiel a posiciones de mayor exposición mediática parece responder a esa lógica de confrontación permanente.

Mientras la figura de Claudia Sheinbaum enfrenta un desgaste natural por acumulación de crisis, decisiones polémicas y pérdida gradual de control narrativo, el oficialismo desplaza parte de la atención hacia perfiles más agresivos, más estridentes y más útiles para dominar titulares, no necesariamente para construir una nueva etapa política, sino más bien para cambiar el foco de la conversación.

El problema es que la confrontación permanente tiene fecha de caducidad. Funciona algún tiempo, moviliza bases, genera ruido mediático y mantiene entretenido al ecosistema digital, pero difícilmente construye credibilidad duradera cuando la realidad cotidiana comienza a imponerse.

Es ahí donde aparece la mayor contradicción del movimiento gobernante: después de años de poder absoluto, se comporta como si el país todavía fuera gobernado por sus adversarios.

Tal vez les resulta más fácil administrar enemigos imaginarios que responder a problemas reales.

Cuando un movimiento político olvida construir futuro (o se dedica a culpar y atacar al pasado sólo por el hecho de ganar sin conceder), y comienza a vivir del enfrentamiento, el desgaste deja de ser un problema de comunicación y se convierte en un problema de identidad.

Ningún aparato político puede sostener indefinidamente una narrativa basada en enemigos, distractores y confrontación.

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