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Hablar de México no es gobernarlo



Lo que se dice no siempre gobierna lo que se vive.

José Manuel Rueda


Más allá de lo geográfico y/o territorial, México es un país grande. Tan grande que a veces parece que no cabe en sus propias explicaciones. Desde hace tiempo vive atrapado entre discursos que prometen y realidades que resisten; entre cifras que se maquillan en conferencias y angustias que no se esconden en la mesa familiar.

Entre lo que se dice y lo que se siente hay una distancia que ya no se mide en kilómetros, sino en angustia.

Por ejemplo, el crecimiento económico es una idea que suena bien en los informes y se acomoda con facilidad en gráficas, en porcentajes, en declaraciones que buscan convencer, más que explicar, pero en los municipios -y sobre todo en las casas- el crecimiento sólo es una posibilidad: alcanza o no alcanza. Y casi nunca alcanza. Ahí donde la economía se vive como sobrevivencia diaria, poco importa si la cifra se movió décimas arriba o abajo. Importa si el trabajo da para vivir.

Mientras tanto, los funcionarios viajan, hablan, explican mucho. Van de país en país, de foro en foro, de micrófono en micrófono. El discurso se gasta, se estira, se repite. Invierten mucha saliva para convencer de que el rumbo es correcto, aunque los resultados no tocan el suelo firme de la vida cotidiana. No es una acusación personal, es un síntoma: México habla mucho de sí mismo porque no termina de resolverse.

No como dato estadístico, sino como atmósfera, la otra cara de la misma moneda es la inseguridad. Se expande al aprovechar el miedo; se adapta, se normaliza. Y en ese proceso ocurre algo inquietante: la gente aprende que la ley es frágil, negociable, incluso gritable. Que basta alzar la voz, victimizarse, hacer ruido, para esquivar las consecuencias. El mal se vuelve defensa, el escándalo, blindaje.

Los grupos delictivos entendieron eso antes que muchos. Estratégicamente eligen municipios visibles para hacer ruido, para mandar mensajes, para demostrar presencia. Y mientras la atención se concentra ahí, golpean donde duele de verdad: en la economía local, en la tranquilidad mínima, en la vida comunitaria. No sólo buscan controlar territorios; buscan controlar el ánimo. Y lo logran cuando el miedo se vuelve costumbre.

El mismo paisaje, visto desde ángulos distintos: economía estancada e inseguridad desbordada no son problemas separados. Cuando la economía no ofrece futuro, el presente se vuelve frágil. Y cuando el miedo gobierna el presente, el futuro deja de importar. En ese vacío crece la resignación, como acuerdo silencioso de la precariedad y la violencia.

Los medios tienen un papel incómodo, pero indispensable. No como jueces ni altavoces del poder o del crimen, sino como espejos honestos. Cuando se concentran solamente en la declaración oficial o en la nota roja, ayudan sin querer a sostener la distancia entre discurso y realidad. Ver menos cifras y más consecuencias. Menos ruido y más contexto. Menos protagonismo y más explicación.

Tal vez el problema no sea que México no crezca o la inseguridad avance. Es tan profundo que nos acostumbramos. Vivimos antre explicaciones que no explican y miedos que no se enfrentan. Aceptamos que el país que se describe no es el mismo en que se vive.

La cosa no es qué hacen los gobiernos o los delincuentes, sino el descuido con el que nos acostumbramos a vivir dentro y fuera de casa.

Pareciera que dejamos de exigir que el discurso toque tierra mientras aceptamos vivir a la intemperie y alguien, en algún foro, rodeado de lujos, seguridad y mentiras, explica que todo va bien.

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