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La crisis ambiental: la víctima silenciosa del discurso de Munich


Por Miguel Ángel de Alba

@migueldealba


El discurso de Marco Rubio, secretario de Estado de los Estados Unidos, en la Conferencia de Seguridad de Munich no fue una pieza retórica más. Fue una señal. Y las señales, en política internacional, rara vez son inocentes.

Fue la reivindicación del interés nacional sin complejos, la primacía de la soberanía sobre los compromisos globales y la desconfianza hacia las estructuras multilaterales que han ordenado el tablero internacional desde 1945. No fue un exabrupto aislado. sino la formalización de una tendencia.

En este viraje, la crisis climática corre el riesgo de convertirse en moneda de cambio. La cooperación ambiental descansa en confianza, compromisos verificables y presión moral compartida. Sin eso, los acuerdos pierden fuerza.

Si la lógica dominante es la competencia estratégica, el clima deja de ser una causa común y se convierte en ventaja comparativa: quién subsidia menos, quién regula menos, quién produce más barato. El planeta no negocia. Las emisiones no reconocen fronteras.

El debilitamiento del consenso internacional en materia ambiental —ya tensionado por la retirada de Estados Unidos de foros como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático— puede traducirse en una década perdida. Y una década, en términos climáticos, es la diferencia entre contención y desborde.

Hay que considerar que el multilateralismo es cálculo. Nació del trauma de dos guerras mundiales y cristalizó en instituciones como la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y los regímenes comerciales y ambientales que evitaron que la competencia entre potencias degenerara en otra catástrofe.

Rubio cuestionó ese equilibrio en su mensaje. Si el principio rector pasa a ser la ventaja estratégica inmediata, las instituciones dejan de ser árbitros y se vuelven instrumentos. Cuando las reglas se subordinan al poder, el sistema deja de ser previsible, y la previsibilidad es el oxígeno de la estabilidad.

Reacomodo geopolítico

Cuando una potencia se repliega o redefine sus prioridades, otros ocupan el espacio. La historia no tolera vacíos. En un entorno donde Washington privilegia la bilateralidad dura y la presión directa, actores como China o Rusia ajustan piezas.

La pregunta no debe ser si habrá reacomodo, sino ¿qué tipo de orden emergerá?, ¿uno competitivo y regulado o uno fragmentado, con esferas de influencia y alianzas transaccionales? Europa, atrapada entre su dependencia de seguridad y su ambición estratégica, deberá decidir si asume mayor autonomía o acepta un papel reactivo.

Pareciera marcarse el regreso de la ley del más fuerte, pero la historia enseña que cuando el poder se ejerce sin límites crea coaliciones de contención. La ley del más fuerte provoca la resistencia, no la elimina.

El mundo debe prepararse para una etapa más áspera: más competencia, menos consensos automáticos, mayor volatilidad, pero también para una reacción de nuevas alianzas, bloques regionales fortalecidos, actores no estatales —empresas, ciudades, sociedad civil— que ocupen el espacio que dejen los Estados.

No estamos ante el fin del multilateralismo, sino ante su prueba más severa desde la Guerra Fría. El discurso de Munich reconoce y acelera el desorden.

La cuestión de fondo es si las potencias creen que pueden ganar solas en un mundo interdependiente. En comercio, en seguridad y, sobre todo, en clima, la aritmética es implacable. Se puede imponer fuerza, pero no estabilidad. Y sin estabilidad, el poder se vuelve un espejismo.

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