top of page

La crisis ecológica es también una crisis de belleza



Por Miguel Ángel de Alba / Treviso, Italia

@migueldealba


En un momento dominado por decisiones económicas de corto plazo y una creciente degradación ambiental, la arquitecta Serena Pellegrino, ex legisladora italiana y consejera regional de Friuli Venezia Giulia, advirtió que la crisis ecológica es también una crisis de belleza.

Durante su intervención en el XVII Foro Internacional de Greenaccord “Una nueva humanidad sedienta para el Futuro”, efectuado en Treviso, Italia, que tituló “La belleza y la armonía de la naturaleza”, Pellegrino defendió una idea casi subversiva en la política contemporánea: la belleza no es un lujo, sino una condición esencial para la vida humana, la cohesión social y el desarrollo sostenible.

Serena Pellegrino. / @ Miguel Ángel de Alba
Serena Pellegrino. / @ Miguel Ángel de Alba

Pellegrino recordó su iniciativa legislativa para incorporar el concepto de “belleza” en la Constitución italiana, vinculándolo directamente con el trabajo y la identidad nacional.

“La República reconoce la belleza como elemento constitutivo de la identidad nacional, la conserva, la protege y la promueve en todas sus formas”, planteaba la propuesta, cuyo objetivo no era ornamental. Era político: obligar al Estado a considerar la calidad estética, ambiental y cultural como criterio en la toma de decisiones públicas.

Durante décadas —acusó— la belleza fue relegada a un plano secundario, vista como un adorno prescindible frente a variables económicas o financieras.

Ese enfoque es un error estructural.

La belleza no es privilegio, no es lujo ni estética superficial. En cambio, es lo que hace que un lugar sea habitable y vivible. Lo que construye identidad, pertenencia y relaciones sociales.

Pellegrino evocó modelos históricos donde la estética urbana era una prioridad política, no una ocurrencia tardía.

Desde las comisiones de ornato del siglo XIX hasta documentos como el Costituto Senese (1309-1310), las ciudades eran concebidas como proyectos colectivos donde la belleza garantizaba prestigio, bienestar y prosperidad. Hoy, en contraste, el crecimiento urbano suele obedecer a la prisa, la especulación y la fragmentación.

La política italiana llevó el concepto más allá de la estética urbana hacia la naturaleza.

La belleza natural —explicó— no es orden rígido, sino una red de relaciones: árboles, agua, luz, fauna y suelo interactúan; los sistemas están en constante transformación y el equilibrio depende de interdependencias.

Mencionó un principio clásico: la proporción armónica presente en la naturaleza, relacionada con la serie de Fibonacci, adoptada desde la antigüedad por el arte y la arquitectura.

Producimos fealdad a escala industrial

Pellegrino fue directa: el modelo de desarrollo contemporáneo ha “herido la naturaleza produciendo fealdad”.

Señaló problemas conocidos, pero rara vez conectados con la estética, como consumo de suelo, contaminación, pérdida de biodiversidad y urbanización sin identidad.

No solo destruimos ecosistemas, empobrecemos la experiencia humana.

La relación entre entorno y comportamiento es más concreta de lo que suele admitirse, agregó. Espacios degradados generan inseguridad y desconexión. Paisajes armónicos fomentan cuidado, participación y comunidad.

La fealdad no es neutra. Tiene consecuencias sociales.

La ex legisladora propuso pasar del consumo a la regeneración, priorizar la calidad sobre la expansión e integrar desarrollo con armonía territorial. No es romanticismo: es estrategia.

Los territorios cuidados —afirmó— son más resilientes, atractivos y económicamente sostenibles.

Puntulizó que la belleza, como criterio público, implica decisiones incómodas, como decir no a proyectos que destruyen identidad. No a intervenciones que ignoran límites naturales. No al beneficio inmediato que sacrifica el largo plazo.

Pero también exige afirmaciones claras, como decir sí a la calidad, a la conservación, a la participación comunitaria.

Educación estética: aprender a ver para cuidar

Un punto relevante de su discurso fue la educación. La belleza no es innata, se aprende.

Aprender a verla implica reconocer el valor del entorno, detectar su fragilidad, y rechazar el deterioro como “normal”, porque el riesgo más peligroso es acostumbrarse a lo feo.

Hizo notar que la belleza natural también tiene una dimensión profunda, al provocar asombro, imponer pausas y generar respeto.

Esa experiencia cada vez más escasa, afirmó, es la base de la protección ambiental.

Sin emoción, no hay cuidado. Sin cuidado, no hay futuro.

Para cerrar, Pellegrino insistió en que hablar de belleza es hoy un acto político, que implica rechazar que todo se reduzca a lógica económica y asumir responsabilidad intergeneracional.

Al final, planteó una interrogante ¿Queremos habitar un mundo que consumimos o uno que cuidamos?

Comentarios


bottom of page