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Las abuelas fuertes

Imagen ilustrativa crreada por ChatGPT.
Imagen ilustrativa crreada por ChatGPT.

¡¿Qué hay de nuevo… Viejo?!


Por Araceli Mendoza

@Arinmaldoza


Cuando eres niño ¿cómo conoces a tu abuela? ¿Puedes acordarte cómo? La imagen que dejó en ti ¿es de ternura, de protección? ¿La veías demasiado vieja? ¿Cuántas cosas aprendiste de ella?

Cuando era niña, recuerdo a mi abuela llegar con bolsas grandes, donde siempre traía cosas muy ricas para comer, porque era muy buena para la cocina. Me parecía débil, como cansada, tal vez por cargar esas bolsas que de seguro le pesaban… O tal vez le pesaban su vida, sus problemas.

Usaba zapatos especiales por sus juanetes y no me gustaba verla con ellos. Cuando tenía que irse, yo iba a la cajita donde guardaba mi dinero para darle algunas monedas.

Con el paso de los años me enteré quién era esa abuela cansada, con sus zapatos especiales y sus bolsas pesadas.

Era una mujer sumamente valiente. Aguerrida, me atrevería a decir, como María Manuela Medina, la mujer que acompañó a José María Morelos en su lucha, mejor conocida en la historia como “La Capitana”, originaria de Texcoco, donde formó una tropa con indígenas locales y donde vivió sus últimos días.

Mi abuela era conocida como “La Cañón”. ¡Sí, la abuelita que consideraba débil, era una política que había luchado con otras mujeres por los derechos del voto, por los derechos de la mujer.

Muchos políticos del siglo pasado, desde  Vicente Lombardo Toledano, Abelardo Rodríguez, Carlos Madrazo, Gonzalo Martínez Córbala —su gran gran amigo—, Alfonso Martínez Domínguez y Javier Rojo Gómez —a quien le trabajó para su campaña a la Presidencia—. Rojo Gómez no llegó a la Presidencia, pero mi abuela siguió metida en la política.

Por aquellos años era mal visto que una mujer trabajara. Peor aún que fuera una mujer activista. ¡Qué lástima, porque tenían tanto qué ofrecer!

Me tocó la suerte de tener dos abuelas, la materna y la parterna. Las dos eran fuertes, trabajadoras, resistentes a toda clase de adversidades.

Mi abuela paterna era comerciante, al igual que sus padres. Tenía una granja dónde se deleitaba al cuidar a sus animalitos, que le daban buenas ganancias y la hacían independiente económicamente.

Desde las primeras horas atendía todo lo que es necesario en una granja: la buena alimentación y estar al pendiente de cualquier enfermedad de sus animales.

Un día llegaron unos señores, quienes hablaron con ella. Pesaron dos cochinitos y le pagaron mucho dinero. Como niña, pensé ¡Cuánto dinero le pagaron a la abuela!

Era impecable y yo abusaba de ella. Recuerdo que le llamaba por teléfono desde la oficina para preguntarle si podría ir a comer a su casa… De inmediato respondía: “¡claro, acá te espero!”. Le volvía a marcar para decirle: “somos tres personas”.  Reía y volvía a decir “¡acá te espero!”.

Llegaba a su casa con mis invitados, a quienes les encantaba su sopa de fideos, el pan recién hecho. Nos daba de comer riquísimo. Yo era una inconsciente, porque no preguntaba siquiera si se sentía bien o mal, si tenía comida, si tenía planes, qué sé yo. Ella siempre estaba ahí, dispuesta para mí.

Qué afortunada fui al haber tenido a dos abuelas super fuertes. Fuertes de carácter para resolver, para salir adelante en la vida. Para ellas no existía la mediocridad, siempre comprometidas, responsables. Me dejaron una gran herencia: la fortaleza de carácter. ¡Hasta la próxima!

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