México presume ambición climática… y pisa el acelerador fósil
- migueldealba5
- 19 nov 2025
- 3 Min. de lectura

Por Miguel Ángel de Alba
México llegó a la COP30 con una NDC 3.0 casi impecable en el papel: metas de reducción de emisiones más altas, nuevos componentes sobre pérdidas y daños, enfoque de género, transición justa y una muy larga lista de compromisos bien redactados. Es el tipo de documento que luce bien en estrategia internacional, genera aplausos diplomáticos y ofrece la narrativa de que el país está haciendo lo que le toca.
La realidad —esa que no cabe en los discursos— es tozuda: México mantiene una política energética profundamente anclada en los combustibles fósiles, presupuestos inclinados hacia Pemex y CFE, inversiones mínimas en energías renovables y una estructura institucional que no se mueve al ritmo que exige la emergencia climática.
El país parece vivir en dos líneas de tiempo: en la del multilateralismo y la diplomacia, México impulsa mecanismos de transición justa, facilita negociaciones globales y repite el mantra de la salida ordenada del petróleo y el gas. En la doméstica, refuerza su fe en un modelo energético del siglo XX, abre refinerías, expande gasoductos y protege a empresas estatales que dependen del crudo como si el mundo no estuviera en llamas.
La contradicción no es menor: es el talón de Aquiles de la política climática mexicana.
Un discurso que corre más rápido que los hechos
México cayó al lugar 39 de desempeño climático. Sus notas más bajas están donde más debería brillar: energías renovables y política climática. No es sorpresa. Si quiere alcanzar 43 por ciento de energías limpias en 2035, debería invertir hoy en eólica, solar, transmisión y almacenamiento... pero el presupuesto va en dirección contraria.
El Presupuesto 2026 ofrece 7.7 por ciento más a Pemex y la inversión pública para renovables brilla por su ausencia. Y aunque el gobierno repite que el gas es “transición”, la evidencia internacional —y el consenso científico mostrado en la COP30— es contundente: el gas fósil no es un puente, es un bloqueo.
En América Latina, el dogma del gas ya provocando daños ambientales y sociales desde Sonora hasta la Amazonía. Nada de esto es transición justa.
El costo de seguir fingiendo
El punto más preocupante es que México cree que puede jugar en dos tableros a la vez: ser líder en justicia climática puertas afuera y, al mismo tiempo, sostener un sistema energético fósil puertas adentro.
La matemática climática es implacable. No hay NDC, por ambiciosa que suene, que pueda cumplirse si el país continúa con el financiamiento de combustibles fósiles con dinero público, retrasa la modernización del sistema eléctrico y margina a las energías limpias de la discusión real de poder.
México tiene las condiciones para ser potencia renovable: sol, viento, mercado, talento y cercanía con cadenas de suministro globales. Lo que no tiene es tiempo que perder ni presupuestos para seguir con el apuntalamiento del petróleo.
El desafío moral y político
La secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena, dijo en Belém que aún hay tiempo de cumplir la meta de 1.5°C, aunque la ventana “se está cerrando”.
México, que insiste en su vocación internacional por la justicia climática, no puede defender internamente una política energética que empuja justo en la dirección contraria.
Quedarse a medio camino ya no es opción. México debe elegir: se transforma en serio o sigue fingiendo ambición mientras los números —y el planeta— cuentan otra historia.
Por ahora, la contradicción mexicana sigue intacta… y el clima no espera.
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