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México tiene todo para enfrentar a El Niño, pero no sabe cómo hacerlo



El Niño 2026 podría agravar los riesgos para el agua,

la producción de alimentos, la infraestructura

y las poblaciones vulnerables; los especialistas

advierten que el país tiene información

e instituciones, pero no sabe convertirlas

en acciones coordinadas de prevención.


Por Miguel Ángel de Alba

@migueldealba

  

México tiene conocimiento científico, sistemas de monitoreo, instrumentos de protección civil y capacidades sectoriales para anticipar los impactos de El Niño, pero carece de planes suficientemente articulados para actuar antes de que ocurra una emergencia.

La advertencia surgió en el seminario “El Niño 2026: la liga con la emergencia climática global, qué esperar y cómo prepararnos”, organizado por la Iniciativa Climática de México (ICM) y el Programa de Investigación en Cambio Climático (PICC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

El fenómeno es parte de la variabilidad natural del clima, pero el episodio previsto para 2026 ocurrirá en un planeta más cálido, lo que amplificaría los riesgos asociados con la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, incendios forestales, inundaciones y otros eventos extremos.

Especialistas de la UNAM y del Instituto Mexicano de Tecnología del Agua (IMTA) señalaron que El Niño no producirá los mismos efectos en todas las regiones, por lo que las consecuencias dependerán de la temporada, la ubicación y las condiciones preexistentes de cada territorio.

En un evento fuerte como se espera, puede modificar los patrones de precipitación y temperatura, la actividad de ciclones, nortes y ondas de calor. La interrogante es dónde y cuándo se concentrarán los impactos, no si lloverá más o menos.

La variabilidad representa un desafío para la infraestructura, toda vez que presas, acuíferos, redes de abastecimiento, carreteras, sistemas urbanos y viviendas pueden quedar expuestos tanto a periodos de déficit como de exceso de lluvia. Las zonas que ya enfrentan sequías, sobreexplotación del agua, crecimiento urbano desordenado o infraestructura deteriorada tendrán menor margen de respuesta.



Agua y alimentos, en la primera línea

La seguridad hídrica será el principal frente de riesgo, porque El Niño afecta la precipitación, la evaporación, la humedad del suelo, el escurrimiento y la recarga de los acuíferos.

En ese contexto, depender de mayor extracción subterránea o de trasvases no garantiza el acceso al agua en el mediano plazo. Se requieren decisiones de planeación que reconozcan la disponibilidad real del recurso y su variabilidad climática.

La seguridad alimentaria también se vería afectada y agricultores y ganaderos pueden enfrentar pérdidas por sequías anticipadas, lluvias excesivas, enfermedades, incendios o alteraciones en los ciclos productivos, por lo que la información agroclimática debe llegar oportunamente para orientar fechas de siembra, prácticas de manejo, apoyos, seguros y medidas de protección.

Destacaron que los pequeños productores son particularmente vulnerables por estar más expuestos y tener menor capacidad financiera para absorber pérdidas.

México tiene herramientas, pero no las instrumenta

En el seminario se afirmó que México tiene elementos para responder: conocimiento científico, sistemas de información, monitoreo, protección civil, instituciones sectoriales y experiencias locales, pero también enfrenta el problema de que carece de un mecanismo permanente que conecte esas capacidades y las convierta en decisiones.

La información no siempre llega a los municipios, a los productores, a las comunidades ni a quienes toman decisiones sobre infraestructura y desarrollo urbano.

La ICM propuso:

  1. establecer una coordinación permanente entre sectores y niveles de gobierno;

  2. regionalizar la información y los sistemas de alerta temprana;

  3. fortalecer la respuesta en salud, agua, alimentos, ciudades, energía y ecosistemas;

  4. incorporar las diferencias de exposición, vulnerabilidad y capacidad de cada territorio; y,

  5. vincular la respuesta a El Niño con una política nacional permanente de adaptación climática.

Durante el seminario se destacó que “la conservación de bosques, cuencas, manglares, humedales, arrecifes y suelos debe considerarse como una medida de adaptación, ya que son ecosistemas que ayudan a regular el agua, reducir la erosión, amortiguar temperaturas y proteger a comunidades e infraestructura”.

La falta de planeación aumenta la desigualdad

Los expertos señalaron que “un fenómeno climático no se convierte automáticamente en desastre. Sus consecuencias dependen de la exposición, las vulnerabilidades sociales, económicas, físicas e institucionales y de la capacidad disponible para responder.

La ausencia de planes aplicables puede afectar de manera desproporcionada a las poblaciones vulnerables: comunidades rurales, pequeños productores, habitantes de zonas de riesgo, hogares con acceso irregular al agua y personas que dependen directamente de los ecosistemas”.

Insistieron en que “la preparación no debe comenzar cuando llegue el impacto. México tiene elementos para enfrentar a El Niño, pero necesita instrumentarlos ahora, con responsabilidades claras, presupuesto, coordinación y decisiones adaptadas a cada territorio”.

La diferencia entre gestionar un riesgo y un desastre estará en la capacidad de actuar antes de que los daños se materialicen.



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