Niñez y vejez ¿son iguales?
- migueldealba5
- hace 4 días
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Por Ana Martha Diego*
A propósito del día del niño
En la cultura popular se dice que en la vejez se regresa a la infancia, pero generalmente se hace con una connotación de condescendencia y se refiere a ello como una involución. Sin embargo, esta similitud en los dos extremos del ciclo vital es mucho más profunda. Te invito a explorarla.
Una de las coincidencias más hermosas entre el niño y el adulto mayor es su capacidad de asombro ante los pequeños detalles que tejen la vida.
El niño se asombra con el vuelo de una mariposa o la textura de una hoja porque lo experimenta por primera vez. Para él, el mundo es un despliegue de magia inédita. El adulto mayor, por el contrario, se asombra con las mismas pequeñas cosas por todo lo que ha vivido. Después de transitar por grandes tormentas y las ambiciones de la vida, su mirada se ha depurado y le permite redescubrir en lo cotidiano la belleza que el resto del mundo, en su prisa, ignora. Uno descubre el mundo; el otro, lo aquilata.
Existe también una forma compartida de vivir intensamente, aunque el origen sea distinto. En la infancia, la intensidad proviene de la pureza de las emociones. Sin filtros ni juicios, el niño es puro sentimiento: su risa es total y su llanto es absoluto. En la vejez, la intensidad surge de una conciencia profunda de la brevedad de la vida. El adulto mayor no vive de prisa, pero lo hace con urgencia emocional. Cada atardecer, cada charla y cada abrazo tiene un valor infinito, porque conoce el peso del tiempo.
Desde la neurociencia, existen paralelismos asombrosos. Mientras en la niñez el cerebro goza de una plasticidad explosiva, en la vejez busca la optimización. En ambos extremos, el sistema nervioso prioriza lo emocional sobre lo puramente racional. No es que el anciano "se vuelva niño". Es que ambos estados vitales nos devuelven a lo más genuino del ser humano: la necesidad de conexión y sentido sobre la productividad.
La próxima vez que veas a un niño y a un anciano compartir un momento de calma, observa bien. Ambos habitan el único tiempo que realmente tenemos: el aquí y ahora. Uno por curiosidad; el otro, por sabiduría.
A menudo los adultos que estamos a mitad del camino olvidamos que la madurez no debería ser sinónimo de solemnidad o de una seriedad asfixiante. Al mirar los dos extremos de la vida recibimos una lección magistral: la capacidad de asombro no es un atributo de la ingenuidad, sino un signo de salud espiritual y cognitiva.
Hoy quiero invitarte a no perder esa mirada curiosa. No esperes a la vejez para reconocer que la vida sucede en los detalles mínimos, ni mires la infancia como un paraíso lejano. El asombro es un músculo que debemos ejercitar diariamente para que la rutina no nos anestesie.
Pero, sobre todo, date tiempo de jugar. El juego es la forma más alta de investigación y adaptación. Jugar nos permite ensayar nuevas realidades, aliviar el peso de las responsabilidades y reconectar con los demás desde la alegría pura. Ya sea a través de un pasatiempo, de una charla creativa o de la búsqueda de un tesoro escondido en la cotidianeidad, el juego nos mantiene vivos, flexibles y resilientes.
Honremos nuestra propia historia al permitirnos ser, por un momento, tan libres como un niño y tan sabios como quien sabe que el tiempo es el regalo más preciado.
Te dejo unas preguntas para reflexionar: ¿Cuándo fue la última vez que te permitiste asombrarte por algo pequeño sin sentir que estabas "perdiendo el tiempo"? ¿Qué parte de tu niño o de tu sabio interno necesita ser escuchado hoy? ¿Qué actividad te hacía perder la noción del tiempo cuando eras pequeño? ¿Qué te impide dedicarle, hoy mismo, diez minutos a esa sensación de libertad?
*Experta en tanatología y pedagogía, con profunda sensibilidad personal para convertir la experiencia de la pérdida en un camino de reconstrucción y crecimiento emocional.




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