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Actuales y futuros riesgos de control global



Por: Fernando Silva


En todo el mundo hay contrariedades psicosociales que se manifiestan en lo cotidiano: pobreza, inseguridad y delincuencia, ausencia de eficaces sistemas de salud, cohecho y corrupción, violencia e intimidación, formación profesional ineficiente, mala educación desde los hogares, desigualdad y discriminación, cambio climático, crímenes de odio, carencia de vivienda digna, inestabilidad laboral, fanatismos ideológicos y dogmáticos, ausencia de oportunidades formativas, hambruna, desabasto de agua potable, guerras, depravación económica, rigidez del rol del género, pernicioso clima social… que nos perturban de muchas maneras y que han sido generados, principalmente, por países del mentado primer mundo. Por lo que cabe nuevamente reflexionar sobre ¿Qué mecanismos de defensa manifestamos con la agresividad pasiva y activa? Además de que quieren que aceptemos como válida la violación a los derechos humanos como mecanismo práctico de resolución de conflictos.

En ese sentido, el país que se presume con alta democracia mientras excreta su brutal hegemonía de manera desvergonzada por el planeta Tierra —obviamente, estamos hablando de los Estados Unidos de América (EUA)— ha recibido contundentes críticas a razón de su engreimiento ideológico. Así, su miserable retórica sobre las guerras «humanitarias» ha quedado desmantelada en demasiadas ocasiones evidenciándola como lo que es: una vulgar careta —con la colaboración de la Unión Europea— para generar, según ellos, menos desaprobación. Lo patético del asunto es que la práctica de la fuerza militar en el derecho internacional tradicional se reconoció la legitimidad de usar este medio «humanitario» con la intención de regular su aplicación y sancionar con justicia los resultados. Por lo que en la medida que las ciencias sociales profundicen sobre el particular para puntualizar los procesos estructurales y cíclicos en marcha y las formas concretas que admitan tal condición, mayor será su posibilidad de desplegar estrategias que señalen a las fuerzas hegemónicas, las contra-hegemónicas, los arreglos de poder de corto, mediano y largo plazo que resultan de los conflictos bélicos de posición y de movimiento, así como sus bifurcaciones históricas, para dar lugar a la reconfiguración jerárquica del sistema legal y de sus expresiones de poder fáctico, tanto globales como regionales.

En tal escenario, podemos observar —en el ya maduro año de 2022— las inquietantes acciones de EUA en la guerra entre Rusia y Ucrania, en la que proyecta una estrategia hacia la primera como «país vencido» desconociendo desde el inicio los intereses de su seguridad nacional en las regiones vecinas, pero eso sí, y con el respaldo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) mantendrá su alianza militar de carácter nuclear, al margen de la falta de consenso que ha impedido que el nuevo «Concepto estratégico» modifique la doctrina nuclear y se llegue a un acuerdo sobre las armas atómicas de EUA instaladas en territorio europeo, sin dejar de lado que el gobierno estadounidense buscó lograr la superioridad estratégica a partir de 2002 con el plan de un escudo antimisiles, así como comprometer a Rusia favoreciendo su membresía en el sistema de organismos internacionales creados bajo la preeminencia de Estados Unidos de América (Consejo Rusia-OTAN, Organización de Seguridad y Cooperación en Europa, Fondo Monetario Internacional y Grupo de los Ocho) para emplear las coincidencias de sucesos de la diplomacia rusa en función de sus otros oscuros intereses como el Nuevo Orden Mundial y la reconfiguración de la supremacía en el siglo XXI.

Por consiguiente, la comunidad internacional no puede aceptar los manipulados argumentos de la guerra «humanitaria o preventiva» ni arrodillarse ante ella, pues viola la legislación mundial vigente, que es estructura y sentido de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) misma que debe otorgar derechos iguales a todos los pueblos. Estos son principios que EUA no acepta, mostrándose cínicamente como el principal policía y militar del mundo, en una visión consentida por ideologías extremistas y su interés económico a partir de crear conflictos armamentistas, al punto que considera que nadie puede ser más poderoso, por lo que supone que puede quitar e imponer gobiernos a placer de despiadados y protervos grupos elitistas que quieren controlar a la humanidad.

¿Cómo están logrando su perverso objetivo? El constante referente en relación a las sociedades de control continuará con la vigilancia sin necesidad de la modalidad del encierro, como ocurre con la disciplina, para ejercer la fiscalización hacia cualquier persona. Por eso el espionaje establecido por los servicios de inteligencia de los países más bélicos están más relacionados con tecnologías que con instituciones, al punto que las primeras rompen los tabiques de las segundas. Por lo que no es necesaria la ciencia ficción para concebir un mecanismo de control que señale a cada instante la posición de un elemento en un lugar abierto, un animal en una reserva o un individuo en una empresa. Por lo cual, no es de extrañar que cuando navegamos por la Internet, la experiencia es más personalizada según las búsquedas que realizamos, de esta manera nos aparecen contenidos de lugares que hemos visitado o de sitios en donde consultamos algo desde la computadora personal y hasta en el teléfono inteligente, haciendo que esa «individualización» abarque más de lo que consideramos.

Pero la máxima «customización» llegará en pocos años a través del Metaverso, que podemos traducir como un espacio en instauración «más allá de la evolución natural». Se trata de la próxima parada tecnológica, resultante de la mezcla de realidad virtual, redes sociales, videojuegos e Internet de máxima velocidad —en un mundo paralelo, de otra dimensión— que nos ofrecerá la posibilidad de ser quienes queremos ser sin límites, incluso para la Física. Por supuesto, actualmente se encuentra en categoría de experimentación y es uno de los propósitos tecnológicos de Mark Zuckerberg —dueño de Meta, antes Facebook, Messenger, Oculus, Giphy, Mapillary, Instagram y WhatsApp. Las dos últimas mencionadas han sido claves para apuntalar su auge— y en el que fía el futuro de su imperio, inmerso en una enorme crisis de credibilidad, a un proyecto que pretende superar la Internet de las pantallas y expandir la realidad virtual que tendrá a la mayoría embelesada, principalmente a la gente joven y, por ende, fácilmente monitoreada, intervenida y controlada, lo que seguramente atraerá a las avariciosas elites económicas, financieras y políticas interesadas en los beneficios e información que los propios usuarios les brindarán mientras permanezcan hechizados por la realidad virtual.

Evidentemente será un entorno en donde las personas se relacionarán en el ciberespacio a través de avatares, es decir, representaciones en forma de hologramas, y debido a que se trata de tecnología nueva, inquietantemente no existen estudios a largo plazo sobre sus implicancias físicas, mentales y de relaciones sociales básicas. Sin embargo, hay investigaciones que describen a la cybersickness (ciberenfermedad) como de alto riesgo, fundamentalmente para la salud visual, auditiva y mental, con una serie de malestares y dolencias generadas por el prologando uso de pantallas o lentes RV.

Lo alarmante es que si la humanidad —que tenga acceso a esta tecnología— no orienta sus acciones de convivencia directa, sino en la valoración individual de la conducta con el fin de obtener beneficios para sí, podría afectar irreversiblemente sus relaciones personales, familiares y sociales.

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