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Cohecho y corrupción, actos delictivos globalizados



Por: Fernando Silva


La relevancia social de la democracia y el desarrollo en bien común ha incentivado la elaboración de un sinnúmero de investigaciones, libros, ensayos, tesis… sobre tan calamitoso proceder y, para poder hablar sobre el particular, se hace necesario una breve aclaración: El cohecho o soborno es el delito que realiza un particular (persona física o moral) hacia cualquier servidor público a cambio de realizar ilegalmente u omitir un acto inherente a su cargo.

Por ese motivo, en los Estados Unidos Mexicanos se puede denunciar por corrupción a los representantes de elección popular, a los miembros del Poder Judicial de la Federación, a los funcionarios y empleados y, en general, a toda persona que desempeñe un empleo, cargo o comisión de cualquier naturaleza en el Congreso de la Unión o en la Administración Pública Federal, así como a quienes son parte de los organismos a los que la Constitución mexicana otorga autonomía, en este entendido, cualquier empleado del estado —en conjunto y en lo particular— son responsables por los actos u omisiones en que incurran mientras desempeñan sus respectivas funciones. De ahí que la labor de ejercer la función pública en México no es en pos de obtener una ventaja laboral, una comisión, dádiva o contraprestación, en dinero o en especie, mediante el desvío de información y/o recursos de la Nación a fines privados, ya que no sólo constituye un ataque a la soberanía o al Estado de derecho, sino que cuando la cantidad o el valor del soborno, los bienes, promesa o prestación exceda de quinientas veces el valor diario de la Unidad de Medida y Actualización (UMA) en el momento de cometerse el delito, se impondrán de dos a catorce años de prisión y de cien a ciento cincuenta días de multa.

Evidentemente, tan amargo fenómeno no es una contrariedad local, sino una mezquindad internacional establecida por grupos oligárquicos, cúpulas empresariales, servidores públicos, narcotraficantes, terroristas, malhechores… cuyo negativo impacto quebranta a las sociedades, desestabilizando la nomotética y justa competitividad, particularmente, entre mujeres y hombres que dirigen legales negocios, emprendedores y profesionistas de diversas áreas del desarrollo sustentable​ y perdurable en cada país, lo que bloquea el acertado y determinado progreso económico y sociocultural. Esos infames personajes que conforman tal red de delincuencia son una caterva hipócrita y criminal que genera un amplio espectro de consecuencias devastadoras (caos) en favor de sus perversos intereses que mantienen, en muchos casos, gracias a la complicidad de serviciales trabajadores y personas que desempeñan un empleo, cargo o comisión subordinada al Estado, que tienden a violentar los derechos humanos, distorsionar los mercados financieros, menoscabar la calidad de vida de las sociedades, favorecer la delincuencia organizada, el terrorismo y otras amenazas a la convivencia y seguridad de todos.

Ante este inaceptable operar, lo interesante es que la solución de fondo se encuentra en los hogares. Fácil de explicar, pensemos por un momento sobre el razonamiento del diplomático, funcionario, filósofo político y escritor Nicolás Maquiavelo, que es situado como un escritor amoral, sobre el que recae la pena del ignorante desprecio por la expresión —nunca encontrada— «El fin justifica los medios». Sin embargo, en su ingente obra (El príncipe, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, El arte de la guerra, La mandrágora, Clizia...) nos invita a observar los prejuicios que se ciernen sobre ella. En ese sentido, la relación entre la diosa fortuna y la virtud humana es una constante en su ideología y, por tanto, puede evidenciarse en sus obras expresiones distintas de la variación que el florentino imprimió al concepto de «virtud». Y esto, estimado lector, la virtud, es lo que tenemos que cultivar en los hogares, a partir del bien común, principalmente, siendo empáticos con nuestros semejantes, y de no pretender tenerlo todo a costa de lacerar la propia dignidad y los valores que nos dan justicia, libertad y paz. Por consiguiente, es urgente fortalecer la comunicación y el diálogo circular entre todos los integrantes del núcleo familiar, con la generosa intención de cambiar tan lamentable escenario, en donde la soberbia, la avaricia, el odio, la envidia, el racismo, el clasismo, la estupidez, las violaciones de todo tipo, así como reflexionar sobre cómo los conflictos bélicos, las drogas ilegales, las armas, el cohecho, la corrupción, los asesinatos, la hambruna, la pobreza, la mala educación… se nos presentan con descaro y con abrumadora participación de individuos, en el que los menores de edad están siendo los principales protagonistas.

Por consiguiente, habrá que recapacitar sobre cómo la culpa —por haber cometido alguna torpeza e, incluso algún delito mayor— marca de manera indeleble a las personas o, al menos, las abochorna, cuando se tiene en la conciencia el mejor bálsamo para corregir los pensamientos y las acciones, aliviando la o las faltas cometidas y así continuar por un camino que permita levantar el rostro con sobriedad y decoro. Esencialmente, es éste el primer cambio que da sentido a perdonarse a sí mismo y obtener la indulgencia social y, de ahí, dar paso a las transformaciones fundamentales hacia un futuro que ratifique la calidad humana en pro del bienestar individual y colectivo. Entonces, entendidos de que la buena educación, la que se da con el plausible ejemplo, es vital, permite deliberar que «tenerlo todo» no es lo que nos brinda la felicidad, quizás sea lo contrario, por ello, siempre será adecuado atender antes que nada el afecto, la amistad, la sensatez, la gratitud, la justicia, la tolerancia, la honestidad, la resiliencia, la prudencia, la equidad, la bondad, la solidaridad, la confianza, el sano humor, la salud mental… teniendo en cuenta que poseemos la facultad cognoscitiva para emitir juicios de valor, no sólo con criterios lógicos o racionales, sino también meta-lógicos como la intuición, que van más allá de la explicación racional.

En consecuencia, nuestra perspicacia intelectual ha de servirnos para declarar a los valores como ejes cardinales en cualquier relación, es decir, distinguir que algo es correcto o decente en bien de la coexistencia. Obviamente, parte del gusto al formularlos va ligado a concebir que lo que existe, o al menos lo que logramos comprender —por pequeño que sea—, no es casual, sino causal. Si advertimos esto, posiblemente se incremente nuestra percepción sobre lo que entendemos por hacer el bien, por ende, cualquier persona portadora de virtudes es digna de atención. Por lo tanto, para ser humano, o al menos para comportarse como tal, ha de entenderse el respeto y la defensa de los derechos universales que el discernimiento considera justos, como objetivo de la natural tendencia a la felicidad, la libertad y la paz. Para esto es necesario hacer una valoración de las cosas, en otras palabras, pensar —en conformidad al bienestar de todo ser viviente— entre lo tangible e intangible y, en eso, a los deseos que se aspira por razón de merito, equidad y legalidad.

Porque los alcances de la significación o importancia de cualquier cosa no existen con la sola independencia de unos con otros, sino en el lógico acatamiento en referencia a una mayor o menor importancia en la apreciación de quien los manifiesta, ordenándolos en una escala de la cultura que va constituyéndose en su entorno personal, familiar y social, misma que guía de manera determinante el comportamiento. Sólo así comprenderemos que el destino de los valores —en aras de elevar la calidad humana— se descubre cuando reflexionamos y tomamos en consideración, por ejemplo: que el dinero debe servir a la gente y no al revés; que la propensión al placer carnal es un sublime medio para expresar afecto y no un objetivo de subyugación; que se puede compartir la paz mental para dar un tiempo de beatitud a nuestro prójimo; que ser empáticos nos vuelve más tolerantes; que la benevolencia fortifica los derechos humanos; que la justicia no es un asunto legal, es vivir honestamente; que la conciencia nos permite enjuiciar moralmente los actos…

Entendiendo los riesgos que representa, si el cohecho y la corrupción son actos delictivos globalizados, tengamos el valor civil y la voluntad para denunciar a tan protervos personajes, además de reproducir aquello que nos otorga justa dimensión ética-moral, asimismo, promoviendo —desde los hogares— la humanística educación en pro de ampliar los conocimientos y su entendimiento, en congruencia con un respetuoso proyecto de vida, tanto en lo individual como en lo colectivo, en probo encauzamiento de la inteligente evolución de nuestra especie.

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