top of page

El niño preescolar en duelo

Ilustración generada con ChatGPT.
Ilustración generada con ChatGPT.

Por Ana Martha Diego*

 

Uno de los factores que más influye en la forma como una persona experimenta el duelo es la etapa evolutiva en que se encuentre. Cada etapa de la vida tiene características específicas que hacen que el duelo se viva desde diferentes perspectivas.

Un niño apenas comienza a entender y a comprender el mundo que lo rodea. Su cognición está en período de construcción y sus emociones son intensas y volátiles. Su incipiente desarrollo físico y psicológico lo hacen vulnerable a las vicisitudes del entorno y dependiente de los adultos para su supervivencia. Por ello, la guía de los adultos significativos en su vida es trascendental.

Cuando la muerte se presenta en el entorno familiar, los adultos entran en un proceso de duelo que los abruma y puede ocasionar que se sientan un tanto perdidos respecto a cómo abordar el tema con los pequeños.

Muchos se preguntan: ¿qué debemos decir?, ¿cómo explicar lo que sucedió?, ¿es mejor hablar de la muerte o protegerlos de esa realidad?

Las preguntas surgen porque, como adultos, queremos evitarles sufrimiento. Pero no abordar el tema, no desaparece la realidad. El niño vive la pérdida y aunque todavía no tenga los recursos para comprender la muerte como lo hace un adulto, percibe la ausencia, los cambios en el ambiente familiar y las emociones en las personas que lo rodean.

Por eso, más que intentar evitar el dolor, la responsabilidad de los adultos es acompañarlos durante el proceso de duelo. Las formas de reaccionar del adulto ante la muerte y el duelo tendrán repercusiones directas en el niño, pues su marco de referencia para la muerte serán los modelos proporcionados por la familia. De ahí la gran responsabilidad para con ellos. 

El niño necesita que un adulto de confianza le ayude a comprender qué es lo que sucede, de acuerdo con su edad y su capacidad de entendimiento. No obstante, hablar con un niño acerca de la muerte es una tarea que a la mayoría de los adultos nos causa aprehensión.  Es un tema que no quisiéramos abordar y, por eso, muchas veces posponemos la conversación.

Sin embargo, cuando muere una persona cercana al niño, es imprescindible hablarlo sin dilación. De lo contrario, el niño se formará una idea confusa de la muerte y dará connotaciones emocionales y cognitivas equivocadas que sólo incrementarán su dolor.

La comprensión de la muerte se construye en las diferentes etapas de desarrollo. Para un niño de preescolar —entre los tres y los seis años—, puede ser difícil entender conceptos como "para siempre", "nunca más" o "ya no está". Es importante hablar con claridad y utilizar la palabra muerte para definir qué le pasó a su ser querido.

¿Cómo empezar esa conversación?

  • Es necesario ordenar los pensamientos y adaptar la información para que el niño pueda comprender.

  • Propiciar la cercanía física con el niño para darle seguridad.

  • Utilizar la palabra muerte para explicar lo ocurrido.

  • Explicar claramente que la muerte es un evento inevitable.

  • Reconocer que la muerte es un acontecimiento triste y ayudarlo a reconocer y expresar sus emociones.

  • El niño no comprende la complejidad de la muerte, pero al definirla obtiene un marco de referencia en el cual puede darle significado.

  • Es fundamental no comparar la muerte con un sueño o con un viaje, pues causa confusión y genera sentimientos de miedo y abandono.

  • Abrir canales de comunicación con el niño ayudará a que se sienta con libertad para expresarse, incluso respecto al tema de la muerte y del difunto.

  • Las preguntas repetitivas acerca de la muerte y del difunto son frecuentes, por lo que es importante contestar pacientemente.

  • Aclarar que nada de lo que pudo pensar, decir o hacer fue la causa de la muerte de la otra persona. Eso ayudará a disminuir su sentimiento de culpa.

  • Explicar que es normal sentirse raro e incómodo en esos momentos, porque lo ayudará a comprender que otros sienten lo mismo.

  • Hacerle saber que puede experimentar una serie de emociones, que incluyen miedo, tristeza, enojo, ansiedad y nostalgia, le enseñará a nombrarlas e identificarlas.

  • Ayudarlo a comprender que es normal extrañar a alguien que muere, le permitirá expresar su amor por el difunto, porque aunque ya no está físicamente presente, fue alguien importante en su vida.

  • Compartir experiencias personales acerca de las pérdidas experimentadas a lo largo de la vida o de lo que se siente a raíz de la muerte de nuestro ser querido, proporciona al niño un modelo a seguir con el cuál identificarse para responder ante este evento tan desconocido y desconcertante para él.

  • Cuando la muerte se produce por una enfermedad, es necesario destacar la diferencia entre la enfermedad de la persona que murió y las que puedan contraer el niño o los demás miembros de la familia, para evitar que se asuste cuando él o algún familiar enfermen. Debe acentuarse el adjetivo muy varias veces para explica que el difunto estaba muy, muy, muy enfermo, lo que ayudará a minimizar el temor a que él u otro miembro de la familia tengan la misma enfermedad y mueran a causa de ello.

  • Si en la familia se presenta una enfermedad terminal es importante preparar al niño paulatinamente, para que el impacto de la muerte no sea tan grande.

  • Hablar del ciclo vital de los seres vivos, incluyendo la muerte como algo natural que todos experimentaremos, ayuda a procesar la idea de la muerte de alguien cercano.


Cada niño expresa el duelo de manera diferente

No esperemos que un niño manifieste su tristeza de la misma forma que un adulto. El niño vive las emociones de forma muy intensa. Para protegerse, las experimenta en pequeñas dosis durante un tiempo más largo que el adulto. Un niño puede llorar y luego ponerse a jugar. Puede preguntar varias veces dónde está la persona que murió y, minutos después, interesarse por otra actividad.

También puede presentar cambios en su conducta: irritabilidad, temor, dificultad para dormir, necesidad de mayor cercanía con los adultos o cambios en sus hábitos. Estas manifestaciones deben observarse dentro del contexto de su desarrollo y de la situación que está viviendo.

El juego puede convertirse en una importante forma de expresión. Cuando un niño juega, puede representar situaciones que no puede explicar con palabras. Puede hablar de la muerte, recrear una despedida o representar a alguien que se fue. Nuestra tarea no es interrumpirlo ni decirle cómo debería sentirse, sino observar, escuchar y preguntarle con naturalidad qué sucede en su juego.

El niño necesita sentir

Ante el llanto de un niño muchas veces respondemos: "No llores", "tienes que ser fuerte" o "ya no estés triste". Son frases que generalmente nacen del cariño, pero pueden transmitir al niño que sus emociones son incorrectas o que debe dejar de expresarlas. El niño necesita saber que puede estar triste, enojado, confundido o asustado.

También necesita saber que no es responsable de la muerte de su ser querido. Los adultos debemos estar atentos a las interpretaciones que puede hacer, ya que debido a su manera de comprender el mundo y a su pensamiento mágico, puede llegar a pensar que algo que hizo, dijo o imaginó provocó la muerte. Es necesario escuchar sus preguntas y aclarar cualquier idea que pueda generarle culpa.

La presencia adulta es fundamental

Cuando una familia atraviesa un duelo, también los adultos sufren. Esto puede hacer particularmente difícil acompañar al niño. No se trata de ocultar nuestras emociones. Podemos estar tristes y, al mismo tiempo, explicar al niño que nuestra tristeza no es su responsabilidad. Podemos decirle que lloramos porque extrañamos a esa persona y que, aunque tristes, estamos disponibles para cuidarlo.

El niño necesita encontrar en los adultos una presencia que le proporcione seguridad. Los abrazos, las palabras, la escucha y la posibilidad de mantener algunas rutinas cotidianas pueden ayudarlo a sentirse protegido en un momento en el que muchas cosas han cambiado.

La importancia de las despedidas

Todos necesitamos despedirnos de nuestros seres queridos y expresar nuestros sentimientos, incluso los niños. Es necesario proporcionarles opciones adecuadas a su edad. Es importante invitarlos a participar en ceremonias familiares íntimas o en eventos conmemorativos de la vida del difunto y darles la opción de participar o no. Incluso, ellos pueden idear un ritual especial para decirles adiós a su manera.  

Las rutinas recuperan seguridad

Tras una pérdida, la vida familiar puede modificarse considerablemente. Conservar ciertas rutinas puede ayudar al niño a encontrar puntos de referencia. Continuar, en la medida de lo posible, con sus horarios de comida, sueño, escuela, juegos y actividades cotidianas le permitirá reconocer que aunque cambió una parte importante de su vida, hay aspectos que permanecen. La rutina no significa ignorar la pérdida, sino ofrecer al niño un espacio conocido para comenzar a adaptarse a una nueva realidad.

La importancia de los recuerdos

El duelo no termina por dejar de hablar de la persona. Los niños necesitan oportunidades para recordar. Uno de sus mayores miedos es olvidar a esa persona que amaron. Hablar de la persona que murió, mirar fotografías, contar anécdotas o conservar objetos significativos puede ayudar al niño a mantener un vínculo con sus recuerdos.

No debe asumirse que mencionar a la persona fallecida hará que el niño se sienta peor. Generalmente sucede lo contrario: el niño necesita comprobar que puede hablar de esa persona y que los adultos pueden escuchar sus recuerdos.

La comprensión cambia a lo largo de su desarrollo

El duelo es un proceso largo para los pequeños debido a que la comprensión de la pérdida cambia conforme crecen. Una pregunta que no hizo inmediatamente después de la muerte puede aparecer meses o incluso años después. Esto no significa que esté retrocediendo, sino que ahora tiene nuevas herramientas para comprender lo ocurrido y necesita volver a procesarlo. De ahí la importancia de que los adultos le permitan hablar de ello para seguir su proceso.

Afrontar la pérdida de un ser querido durante la etapa preescolar es un desafío complejo. La forma en que se gestiona el duelo puede generar repercusiones aún más determinantes en el desarrollo del niño, por lo que es indispensable brindarle un acompañamiento empático y estructurado, que le permita integrar de forma saludable la experiencia y favorezca el desarrollo de la resiliencia.

El niño de preescolar necesita…:

  • … adultos disponibles.

  • … información clara y adecuada para su edad.

  • … que sus preguntas sean escuchadas.

  • … permiso para expresar sus emociones.

  • … saber que no tiene la culpa de la muerte.

  • … mantener, en la medida de lo posible, sus rutinas y espacios de seguridad.

  • --- y saber que puede seguir hablando de la persona que murió.

Acompañar a un niño en duelo no implica tener todas las respuestas. Significa estar cerca, escuchar, observar y aceptar que cada niño tendrá su propia manera y ritmo para afrontar una pérdida.

Quizá la tarea más importante de los adultos sea dejar de preguntarnos qué hacer para que el niño deje de estar triste y comenzar a ver cómo ayudarlo a vivir el proceso acompañado y comprendido. El niño no necesita que desaparezcamos su dolor para protegerlo, sino que permanezcamos a su lado.

Planteo algunas preguntas para reflexionar cómo actuamos los adultos ante un preescolar en duelo:

¿Qué hacemos cuando nos pregunta sobre la muerte?

¿Usamos palabras claras y adecuadas a su edad?

¿Permitimos que exprese su tristeza, enojo o miedo sin juzgarlo?

¿Le damos la oportunidad de hablar y recordar a la persona que murió?

¿Qué rutinas podemos conservar para brindarle seguridad?

¿Cómo gestionamos nuestras propias emociones para acompañar a las del niño?

¿Le damos al preescolar lo que necesita de nosotros en ese momento?

¿Estamos dispuestos a acompañarlo mientras aprende a vivir con la pérdida?

Si están dispuestos a acompañar a un preescolar en duelo y quieren una guía más detallada, los invito a revisar mi libro: El niño de preescolar en duelo.


*Experta en tanatología y pedagogía, con profunda sensibilidad personal para convertir la experiencia de la pérdida en un camino de reconstrucción y crecimiento emocional.

Comentarios


bottom of page