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El que pega primero…


TEMAS CENTRALES

Por Miguel Tirado Rasso

mitirasso@yahoo.com.mx

La experiencia histórica

dice que, aunque no es

lo principal, ayuda,

y no poco, placear

a los aspirantes

con tiempo suficiente.

Sobre todo,

cuando los contrincantes

llevan ya un amplio

margen de ventaja.

Dice el refrán popular que quien pega primero, pega dos veces, y ese dicho, aplicado a la política, en particular al proceso de la sucesión presidencial en nuestro país, al menos en lo que va del milenio, ha demostrado ser bastante acertado. Para la elección presidencial de 2000, el empresario Vicente Fox, con una corta carrera política iniciada con una diputación federal en 1988 y la Gubernatura del estado de Guanajuato en 1995, se habría autodestapado como aspirante a la candidatura presidencial por el PAN, con tres años de anticipación (1997).

El "madruguete" surtió efecto, sorprendió al propio partido, dejando sin oportunidad a otros aspirantes panistas que tuvieron que sumarse a su candidatura. En ese tiempo el PRI, todavía invicto en el poder, se desgastaba en una disputa interna por la candidatura presidencial que, finalmente, obtuvo Francisco Labastida en noviembre de 1999, a escasos siete meses de la fecha de la elección. Fox derrotó al candidato priista, convirtiéndose en el primer presidente de oposición en 71 años.

Para la elección de 2006, el entonces secretario de Energía, Felipe Calderón, sería destapado como aspirante presidencial, extraoficialmente, por un gobernador panista, en mayo de 2004, dos años antes de la fecha de los comicios y sin la aprobación del titular del Ejecutivo, cuyo aspirante favorito para la candidatura presidencial panista habría de enfrentar, un año después. Calderón ganó la postulación por el blanquiazul, saliendo victorioso en la elección presidencial, aunque por un estrecho margen.

En 2012, Enrique Peña Nieto fue armando su candidatura presidencial por el tricolor con mucha anticipación, desde su Gubernatura en el Estado de México. Ya en junio de 2008, alguna encuesta sobre la popularidad de los gobernadores, lo colocaba como el más conocido, así que para cuando el PRI publicó la convocatoria para la selección de su candidato en 2011, Peña Nieto no tuvo competidores. Siendo candidato único, obtuvo su postulación sin contratiempos y, posteriormente, el triunfo en la elección presidencial.

Para los comicios de 2018, un PRI desgastado, dividido, sin ánimos de competencia, con un candidato poco conocido, interna y externamente, y destapado oficialmente sólo siete meses antes de la elección, resultó avasallado por un candidato ampliamente conocido, popular y con muchos años de campaña electoral, Andrés Manuel López Obrador. Sólo como anécdota, las dos ocasiones en que el PRI perdió la Presidencia del país, sus candidatos fueron destapados de manera oficial a siete meses de la fecha de la elección, mientras que sus oponentes les llevaban varios años de ventaja haciendo campaña.

Independientemente de las etapas y los tiempos del proceso electoral que establece la ley para la sucesión presidencial, está claro que, para 2024, en Palacio Nacional se sigue una estrategia con tiempos y ritmos propios. Con eso de que, según la 4T, la justicia debe prevalecer sobre la ley o, lo que es lo mismo, nada de que la ley es la ley, los aspirantes de Morena se toman licencias para autopromocionarse con cualquier pretexto. Es una competencia interna para lograr el beneficio del "dedazo" de parte del destapador. Su placeo para darse a conocer importa para lo que venga, aunque de su popularidad no dependa su candidatura. Morena niega que sus aspirantes estén incurriendo en actos anticipados de campaña y, haciendo oídos sordos a las amonestaciones de parte de la autoridad electoral, trata de justificar lo injustificable.

Frente a este activismo promocional anticipado de las corcholatas de Morena, los de la oposición siguen esperando el mejor momento para entrar a la competencia con aspirantes identificados y el tiempo oportuno para empezarlos a placear, como si en las circunstancias de esta elección sobrara tiempo para escoger y existiera un momento adecuado para arrancar.

Las encuestas siguen publicándose y, desde luego, favorecen por mucho a los aspirantes de Morena en cuanto a conocimiento, que no, necesariamente, en popularidad. Esta ventaja impacta en la percepción popular, al mostrar a Morena como un partido superior e invencible. Los del lado contrario obtienen puntuaciones modestas, porque no hay quien los impulse, y los incluidos en la consulta resultan, en ocasiones, meras ocurrencias. Se les conoce poco, cuando más en pequeños círculos sociales en donde participan en mesas redondas o conferencias. Los hay con talento y capacidad, pero les falta promoción. Y los más conocidos, por su participación en cargos públicos o políticos, entusiasman poco.

De acuerdo con la ley, el proceso electoral para la próxima elección federal iniciará en septiembre de 2023. Para entonces, las corcholatas, si no es que ya el mismísimo señalado por el dedo que representa al pueblo bueno, llevará 26 meses de no campaña por toda la República. Una considerable ventaja, a la que habría que agregar la circunstancia de ser el candidato del partido en el poder, de jugar como local en cerca del 70 por ciento del territorio nacional (21 estados de Morena, y San Luis Potosí, del Partido Verde, pero con sabor de Morena) y de contar con apoyos de toda especie.

Ante semejante desequilibrio de fuerzas y recursos, ¿seguirán las oposiciones debatiendo sobre la conveniencia o no de participar en alianza o sobre la fórmula para escoger a su candidato? ¿Continuarán esperando el momento oportuno para empezar a buscar al candidato ideal? ¿Insistirán en dejar pasar más tiempo para que sus posibles aspirantes no queden expuestos al fuego enemigo antes de lo necesario?

La experiencia histórica nos dice que, aunque no es lo principal, ayuda y, no poco, placear a los aspirantes con tiempo suficiente. Sobre todo, cuando los contrincantes llevan ya un amplio margen de ventaja.

Julio 7 de 2022

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