¡Inténtalo!

Por Déborah Buiza
@DeborahBuiza
¿Cuántas cosas dejamos “pendientes” por falta de tiempo, espacio o condiciones ideales? A veces también olvidamos explorar nuevos caminos, atrevernos a salir de lo conocido y buscar otros ritmos, otros rumbos, otros modos, otras experiencias.
Encontramos cierta comodidad en la rutina, en el “no pasa nada si todo sigue igual”, en el “ya fue, ya estoy grande para hacer algo nuevo”, en el clásico “es que eso no se me da”, en el “yo nunca he podido hacer eso” o en el resignado “siempre quise hacer equis cosa, pero como nunca lo intenté ahora ya es tarde”.
Hace tiempo escuché que era preferible responder “aún no lo he intentado” antes que un “no, nunca lo he hecho”.
He notado que a algunas personas les molesta hablar de “intentar” porque argumentan que suena a hacerlo a medias, sin ganas o sin un compromiso real. En su lógica, mejor ni empezar si no se va a hacer perfecto. Pero ¿ acaso no es de intentos como se construye la vida? Pocas cosas salen a la perfección a la primera. Los proyectos y las habilidades tomando forma y mejoran después de fallar (y corregir) varias veces.
Hace poco tomé una clase de ajedrez. A mis hijos les gusta jugar e insisten en que lo haga con ellos, pero nomás no le encuentro el modo. Ayer por fin tuve la oportunidad de asomarme un poquito a ese mundo. Entre una y otra jugadas acumulé varios intentos fallidos.
En algún momento comenté al profesor que seguramente quedaría en último lugar en el torneo de los próximos días y su respuesta me dejó pensativa: “Aunque seas el último lugar, serás la primera de aquellos que ni siquiera lo intentaron”. ¡Zaz!
Esa frase me recordó todas las veces que he llegado en último lugar. Tengo muy presente el día en que por creer que podía correr diez kilómetros en lugar de cinco, crucé la meta cuando ya recogían todo. No me subió la barredora. Llegué por mi pie, crucé solita y tuve que buscar mi medalla en las cajas que ya habían guardado. Por intentar, quedé última.
Al pensar en las palabras del profesor de ajedrez, aunque haya sido la última al menos me atreví a estar ahí, mientras otros ni siquiera lo intentaron.
Pienso que han cargado con mala fama al verbo intentar: si no vas a ganar, ¿para qué lo haces? Nos han vendido la idea de que todo debe ser productivo y excelente, lo cual es absurdo. Es válido ser regular en algo y aún así disfrutar el proceso, por el simple placer de la actividad.
A fuerza de insistir (y de persistir), a veces sin la convicción total y absoluta de poder realizar algo con éxito, he terminado por hacer muchas cosas.
Hace un año, en otra actividad, pregunté si me dejarían participar a pesar de mi edad y mi condición física. Me dijeron que sí y ahí anduve, meses después, haciéndolo mejor cada vez gracias a los ensayos… O al menos ya no me siento tan tiesa como al principio.
Un compañero preguntó recientemente:
— ¿Notas la diferencia?—
Ante mi desconcierto, añadió:
— ¡Sí! ¡Hay una gran diferencia entre mirar y hacer!
Contesté que estaba intentándolo, y me respondió:
— Lo intentas muy bien.
No tendrás la experiencia ni la maestría que da la práctica si no te levantas del sillón y lo intentas; si sólo te imaginas cómo sería si te atrevieras.
Y tú, ¿qué cosas intentarías si te pusieras en acción?




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