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La cultura se construye con sensatez o con imprudencia



Por: Fernando Silva


Antropológicamente el concepto de «cultura» ha sido desafiante, se le ha abordado desde diversos campos y se le ha asociado naturalmente a nociones antagónicas por el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, académico y científico, tanto personal como social de cada nación y/o región, además de suscitar excitados debates en donde se pone a prueba el dilucidar no sólo sus significados y consecuencias epistemológicas y metodológicas, sino también las fuertes implicancias morales y éticas en los límites del conocimiento metafísico. Por lo tanto, definir a la cultura es abarcar e intentar comprender a profundidad sus múltiples raíces, utilizando la etnografía como el método de investigación cualitativa de las ciencias sociales para describir e interpretar de manera sistemática la construcción de conocimientos que permiten desarrollar sensato juicio crítico, de valores y de normas en los diversos grupos sociales. Como dato histórico, la etnografía ha evolucionado vinculada a la antropología social al investigar, describir y explicar los complejos esquemas culturales de las sociedades, sus entornos, tradiciones y costumbres, tanto tangibles como intangibles.

Por consiguiente, hay un significativo número de construcciones en el modo en que se entiende el conocimiento y, por ende, sobre la cultura, que se origina en heterogéneas escuelas antropológicas y sociológicas, lo que lleva a la comprensión a un terreno cenagoso para atraer a sí —desde la epistemología— su trascendencia, así como el sentido de la identidad y la pertenencia, en un ejercicio reflexivo y de interpretación, lo que suscita que se configure un amplio campo de dispersión conceptual. En ese entendido, hay que saber que la palabra cultura proviene del latín Cultüra (‘cultivo, crianza’) y cuya palabra trazable es Colere, misma que tiene un amplio rango de interpretaciones: habitar, cultivar, proteger, honrar con adoración... Con el tiempo, algunos de estos entendidos se apartaron sobreponiéndose en los sustantivos derivados. Así, ‘habitar’ se convirtió en colonus (de colonia); ‘honrar con adoración’ derivó en cultus (de culto); ‘cultura’ tomó el significado principal de cultivo o tendencia a (cultivarse), aunque con el subsidiario medieval de honor y adoración. Por lo tanto, el concepto inicial fue labranza: la tendencia al crecimiento natural. De esta manera, antropólogos y psicólogos sociales convinieron en definir a la cultura como un estilo de vida a partir de los patrones socialmente adquiridos de pensamiento, sentimiento y acción.

Asimismo, y bajo las circunstancias que actualmente vivimos con la pandemia de la COVID-19 y sus variantes, las guerras, particularmente la que enfrentan Ucrania y Rusia, así como el infame proceso de globalización —omnipresente, ambivalente, evasivo e inasible— que controla la proterva cúpula política y económica, aportan su negativo sello al ámbito de la cultura, lo que nos confiere más incertidumbres que certezas; así, en la sombra de tan brutal realidad, se generan situaciones de angustia, miedo, zozobra… principalmente, por la contrariedad que representa el plantear sustentadas, pacíficas y racionales iniciativas sobre el futuro de la humanidad y del planeta, en virtud de los generosos paradigmas o modelos sociopolíticos en los cuales la soberanía reside en el pueblo. Paralelamente, y mientras se fortalecen los actos para ejercer el derecho de hacer propuestas en bien común, la ilícita sumisión de banqueros, financieros, empresarios, industriales, políticos y militares hacia la soberbia y avaricia de las familias más ricas en el mundo, establecen mecanismos de caos y violencia para dominar y someter a quienes consideran no aptos a sus nefastos y hasta criminales objetivos.

Por ello, y en un entorno de crisis multidimensional que requiere nuevas formas de analizar y transformar lo que está sucediendo, la epistemología y la filosofía de la ciencia analizan la naturaleza y la finalidad del conocimiento, lo que nos permite comprender por qué sus aportaciones se vuelven especialmente valiosas. En este sentido, el objetivo de la humanidad, en términos de responsabilidad, debe encontrar refugio en la reflexión sobre la función social del conocimiento y sus justas interrelaciones, la subjetividad y la potestad con el propósito de contribuir a la construcción de revitalizados esquemas de saberes. Por lo tanto, no es posible volver a reproducir aquellos seductores e infinitos diálogos sobre la sociedad de masas, la cultura popular, la alta cultura… que hicieron célebre a un sinnúmero de críticos e intelectuales divididos en dos tribus: los apocalípticos y los integrados. Ya que en lo profundo de la argumentación palpitaba una moral típica de aquellos años: ¿es lícito meter las manos en la masscult (cultura de masas) o debemos trabajar en alternativas culturales más críticas y decentes? Evidentemente era una pregunta retórica, que contenía una respuesta que no todos dieron y que, simplemente, era la segunda. Lamentablemente, quienes así decidieron no fueron a ninguna parte, ahora lo sabemos, expandiendo así la cultura mediática.

En una franja importante de las sociedades y con la expansión de la televisión en los hogares, la cultura se entendía por la clase de cosas de las que hablaban en los fiscalizados medios de comunicación. Por su parte, las expresiones estéticas y la literatura eran consideradas como «la cultura» o «lo culto» mediáticamente hablando, por lo que los comunicadores —ramplones reproductores de lo que se les ordena leer— intervenían y continúan operando para coartar la libertad de pensamiento, de expresión y de acción de la gente o sociedad que consume su mediocre divulgación, sin entrar en el campo de la crítica cultural como los valores sociales propiamente dichos, ni como cultura antropológica, ni al acopio de saber.

En consecuencia, cuando hablamos de los medios masivos de comunicación, es referirse a la cultura de la manipulación, en el que muchas personas le atribuyen —a una persona «en cuadro»— altos valores morales, cuando en lo práctico fungen como la patética máscara de alteración de los hechos diseñada por los mentados «amos del mundo», cuya intención es el control hacia sus atónitos espectadores, para decidir por ellos qué comer, vestir, estudiar, trabajar y pensar. Ese cruel procedimiento puede ser entendido como una máquina simple de reciclar basura para su consumo, una especie de artilugio de lo ordinario y la obediencia.

En concreto, no se puede imponer la cultura, ésta se construye entre todos los seres humanos, obviamente, con más o menos matices, compartiendo la idea de que es un bien que debemos preservar, siempre y cuando sea para salvaguarda de todo ser viviente y del planeta Tierra, ya que desgraciadamente también tenemos la cultura de la violencia, el engaño y el miedo. Por lo tanto, cada quien es responsable de su decisión.

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