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La narrativa cerrada del poder muestra su fragilidad


  

El silencio ante el error

es la forma más visible

de la debilidad.


En política, el error no es la excepción: es la materia prima de la toma de decisiones. Lo realmente definitorio es la capacidad —o la negativa— para reconocerlo. Cuando un gobierno se encapsula en una narrativa que asume como infalible, además de erosionar su credibilidad, compromete sus márgenes de maniobra.

El problema de fondo no es la suma de errores, sino la lógica que los envuelve. La actual administración parece operar bajo la premisa de que admitir fallas equivale a ceder terreno político. Ahí se mueve la administración de Claudia Sheinbaum.

La secuencia reciente no es menor. Sólo por mencionar la última semana: la reunión organizada por Marcelo Ebrard con empresarios mexicanos ante el representante comercial de los Estados Unidos, Jamieson Greer, terminó en un episodio incómodo.

Más allá del contenido, la forma exhibió descoordinación y una lectura deficiente del momento político bilateral. En la diplomacia económica los símbolos pesan tanto como los acuerdos, y aquí el símbolo fue la improvisación. Ebrard salió regañado casi en público y todos vieron los ademanes.

Tuvo que anunciar que el tema de los aranceles muestra cómo cambió la diplomacia en el mundo real. Quiso minimizar, pero no lo consiguió.

A ello se suma un episodio más delicado: la negativa presidencial a reconocer el conocimiento previo de la presencia de agentes norteamericanos en Chihuahua. En un contexto donde la soberanía es un tema altamente sensible, la ambigüedad no ayuda. Si se sabía, la omisión genera sospecha; si no se sabía, el problema es de control territorial e institucional. Ninguna de las dos rutas es políticamente cómoda, pero evadir ambas mediante la negación amplifica el ruido.

El tercer elemento es el relevo en la embajada de México en los Estados Unidos, una decisión que, sin explicación suficiente, genera más preguntas que certezas. En la relación bilateral más importante del país, los cambios no son neutros. La diplomacia requiere señales claras, continuidad estratégica y, sobre todo, coherencia narrativa. Cuando estos movimientos se perciben como reactivos o inexplicados, el mensaje hacia afuera —y claro, hacia adentro— es de inestabilidad.

Es una lectura comprensible en términos de control del discurso, pero profundamente limitada en términos de gobernanza. La negativa sistemática a corregir no fortalece la autoridad, la vuelve rígida. Y la rigidez en política suele ser la antesala del desgaste.

Pero hay un componente comunicacional que agrava el cuadro. La insistencia en sostener versiones poco creíbles ante evidencia o cuestionamientos periodísticos no desactiva la crítica, la desplaza a terrenos más incómodos, donde se erosiona la confianza institucional. Gobernar no es únicamente decidir, sino explicar, persuadir y, llegado el caso, rectificar.

México enfrenta un entorno internacional complejo, particularmente en su relación con los Estados Unidos. En ese escenario los márgenes de error son reducidos y las consecuencias amplificadas. La coordinación entre actores clave, la claridad en los mensajes y la disposición a corregir son condiciones mínimas para sostener una política exterior eficaz.

Negar el error puede ser útil en el corto plazo, como recurso de contención mediática, pero el costo es acumulativo: pérdida de credibilidad, debilitamiento institucional y una creciente desconexión entre discurso y realidad.

En política, como en cualquier ejercicio de poder, la autoridad no se construye sobre la ficción de la perfección, sino sobre la capacidad de reconocer límites y ajustar el rumbo porque, al final, no es el error lo que define a un gobierno, sino su disposición —o negativa— para aprender de él.

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