La paz de Silvestre Sereno
- migueldealba5
- 8 jun
- 3 min de lectura


Déjame que te cuente (otra vez) un cuento
Por Déborah Buiza
@DeborahBuiza
En lo más profundo del Bosque del Viento Vivo vivía Silvestre Sereno, un erizo conocido por su paciencia, su capacidad para escuchar el murmullo de las hojas y su gran empatía. Silvestre era un gran compañero, siempre cortés con todos y disponible para colaborar si lo requerían.
El Bosque del Viento Vivo era un excelente lugar para vivir. Sin embargo, en las últimas semanas se había vuelto extrañamente ruidoso. El viento soplaba con una fuerza discordante; las discusiones de las cotorras resonaban en las copas de los árboles y el trajín diario de la comunidad animal se sentía denso, pesado, casi asfixiante. Bueno, hasta hacía más calor de lo habitual.
Silvestre Sereno empezó a notar que, casi sin darse cuenta, pasaba los días con el cuerpo tenso y las púas erizadas, listo para defenderse de un peligro que no lograba definir pero flotaba en el aire. Al final de la jornada estaba exhausto. Su mente, antes clara, se llenó de un zumbido blanco que no le dejaba pensar ni, mucho menos, disfrutar del aroma a tierra mojada.
Un día, en medio de un pequeño e insignificante incidente, estuvo a punto de lanzar sus púas a diestra y siniestra. ¿Qué le pasaba? Había perdido su centro.
Al día siguiente de ese suceso, y tras una noche especialmente abrumadora donde el ruido del entorno no lo dejó descansar, Silvestre tomó una decisión: no podía seguir reaccionando al caos de afuera; necesitaba replegarse. Agotado pero decidido, sacó su mochila, empacó sus objetos favoritos (unos libros, cuadernos para escribir y colorear) y sus tenis. Puso café en un termo y salió de casa.
Caminó lejos del sendero principal, ignoró el barullo de las ardillas y las quejas de un viejo búho, hasta encontrar una pequeña madriguera oculta bajo las raíces de un sauce llorón. Era un rincón donde el tiempo parecía correr más lento. Era su espacio.
Allí, en penumbras y en silencio, Silvestre hizo lo que había dejado de hacer: se desenrolló, dejó caer el peso que traía, cerró los ojos y comenzó a respirar lentamente.
En el refugio no había lugar para expectativas ajenas ni para las tormentas del bosque. Durante unos días, Silvestre se dedicó a las cosas que verdaderamente amaba y el ruido le había hecho olvidar. Durmió todo lo que quiso. Salió a correr antes de la salida del sol. Tomó su café sin prisas. Escribió y dibujó todo lo que le vino a la cabeza y al corazón.
Hay que decir que Silvestre Sereno no descubrió el hilo negro ni resolvió los problemas del bosque, pero en esa pausa, en ese descanso elegido, escuchó de nuevo los latidos de su corazón. Respiró de nuevo.
Entendió que el mundo exterior podía seguir con sus prisas y sus batallas. Pero, más importante, entendió que su paz interior es un territorio sagrado que nadie puede cuidar por él.
Como a Silvestre, a veces la vida se llena de ruidos exteriores que no nos pertenecen, aunque nos saturan, nos cansan y nos obligan a andar a la defensiva, con las púas erizadas.
En ese afán de sobrevivir el día a día, olvidamos respirar; dejamos de lado lo que realmente importa y nos alejamos de nosotros mismos.
Y así es como te lo cuento: durante la tormenta o después de ella es necesario buscar refugio en nuestra madriguera para apagar el ruido del mundo, para regresar a las cosas simples que amamos, para habitar nuestro cuerpo de nuevo y recuperar nuestro centro, nuestra paz y nuestra voz.




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