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La peor pesadilla...


Por Déborah Buiza

@DeborahBuiza


El otro día, de camino a la escuela, a Emiliano (mi hijo mayor) por venir jugando se le cayó el chocolate que recién había comprado para el recreo. Por la caída, el dulce se partió en dos y el niño me dice: “Mamá, esta es la peor pesadilla del chocolate!”, a lo que de manera automática respondí: “¡No! Esa no es la peor pesadilla del chocolate. La peor peor pesadilla del chocolate es que no tuviera empaque y se hubiera caído al suelo”.

Mi hijo reviró: “¡no, mamá!, la peor, peor, peor pesadilla del chocolate es que…”, y así nos fuimos a la escuela, inventando las peores pesadillas para el chocolate. Cuando se nos acabaron, seguimos con las peores pesadillas de las paletas... y cuando esas se terminaron, continuamos con las peores pesadillas de los chicles.

En nuestro juego de las peores pesadillas hubo de todo: las probables, las ridículas, las asquerosas, las nada posibles, las que podrían incluirse en historias de terror maternales; aquellas que podrían calificar en “¡trágame, tierra!” y otras muy chistosas. Al final, nuestra imaginación no tuvo límite y nos divertimos un rato.

Y es que las cosas a veces pueden salir mal, pero también pueden ponerse peor. Por algo la Ley de Murphy es tan popular, ya que en el fondo de sus supuestos está la idea de que “si algo malo puede ocurrir, ocurrirá”, e incluso ha tenido múltiples variaciones, incluyendo una que me simpatiza mucho, que reza algo así como “la tostada siempre cae por el lado de la mermelada”. Esto es, del lado que genere más desastre.

Y no es por desestimar, restarle valor o importancia a lo que nos sucede, pero, a veces, las cosas sí pueden empeorar.

Te propongo jugar a “la peor, peor pesadilla de…”. Intenta al menos diez “peores pesadillas”, cada una peor que la anterior. “Juega” con las ideas y ve al extremo. Quiero aclarar que no es una invitación a prestar más atención a lo que sale mal que a lo que sale bien, ni a enfocarse, de manera especial y amplificada, en lo negativo. Mucho menos, a quedarse en la postura pesimista de la vida. Simplemente es hacer un “ejercicio” que nos permita plantear “otros” escenarios. Inténtalo desde lo “peor” posible que puede pasar hasta el más ridículo “peor” posible que podría suceder.

¿Qué es lo peor que podría pasar?

Sin ponerse pesimista ni adoptarlo como un estilo de vida, revisar escenarios catastróficos podría jugar a nuestro favor si revisamos las posibilidades en las que algo puede atorarse e identificamos las áreas de oportunidad para anticiparnos en lo posible y considerar su resolución.

Digamos que planear, operar y actuar a la “defensiva” y tal vez, después de eso, soltar. Incluso, tener en cuenta aquello de “que si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Ya para llegar a la escuela, y tras agotar las peores pesadillas altamente calóricas, Emi me dijo: “Mamá, deberíamos escribir sobre esto”. Y como él es bueno dibujando, le dije: “¡Va!, yo escribo las peores pesadillas, tú las dibujas y las publicamos”. Dijo que si, así que aquí estoy, compartiendo esto con ustedes.

En una próxima colaboración me gustaría plantear un desafío en sentido contrario: ¿qué tal si todo saliera bien?

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