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La quinta ola, que surcamos solos



Por Carol Perelman

@carol_perelman


Llevo meses pensando en la ardua labor de los trabajadores de la salud. No tengo duda de que la pandemia por COVID-19 fue un lente magnificador no sólo porque de pronto se amplificó su hermosa labor y repentinamente tuvieron que manejar pacientes enfermos de una condición que nadie conocía, limitados por recursos y herramientas para ayudarlos, sopesando un enorme riesgo de contagio, siendo testigos de gran cantidad de muertes, inmersos en la frustración por la desinformación, viviendo la dificultad de las condiciones de trabajo, sufriendo la incertidumbre de hasta cuándo, y por las decisiones tan difíciles que tuvieron que asumir en el inminente triage cuando los hospitales estaban saturados.

Justamente, hace unos días en el New York Times una doctora de Boston describió cómo los médicos residentes que están ahora graduándose de su especialidad nunca vivieron la dinámica hospitalaria prepandemia como era; entre otros detalles, los nuevos especialistas no habían tenido que practicar el convivir e incluso reportar el estado de sus pacientes a las familias, ya que les estaba prohibido visitar. Pero también ese lente magnificador fungió como una ventana hacia el mundo de la salud. En la sociedad nos sentimos hoy más cerca y vulnerables ante lo esencial que son los médicos y trabajadores de la salud; incluso al principio, colmados de gratitud, aplaudíamos con sartenes su servicio y entrega. Claramente, la COVID-19 dejó huella en la percepción que los ciudadanos tenemos sobre ellos. Así como con la llegada de Neil Armstrong a la luna más jóvenes quisieron estudiar ciencia, hoy no es casualidad que cada vez son más quienes quieren estudiar medicina, ir a carreras de Enfermería, de Salud Pública. Sin duda, los trabajadores de la salud son nuestros héroes pandémicos, pero ha conllevado un enorme costo. No sólo México es el país que ha visto más trabajadores de la salud perder la vida durante la pandemia, sino que tenemos ya el sistema de salud tan erosionado, con las olas incesantes, que seguramente están abrumados, cansados… como se dice en inglés: burn out. Es por ello que hace unos días, cuando en un chat compartieron un manual para el manejo del estrés del médico, no dudé en descargarlo y echarle ojo para aprender más. Algo que me llamó la atención fue la definición de estrés que proponen los autores de esta guía de autoayuda, como un término que involucra TRES factores a la vez: “ES-TRES”. Por un lado, el es-trés resulta de vivir un estímulo estresante (como la privación de sueño, la sobrecarga de trabajo, la presión); otro es la respuesta de estrés (que puede ser una elevación de tensión, de irritabilidad, de angustia y ansiedad), y por una relación o transacción de estrés (como una mala comunicación, conflictos interpersonales, falta de soporte y ayuda). Es-tres: estrés. Visto de esta manera, el estrés es lo que me afecta, cómo me afecta y la relación con el entorno. El concepto me pareció interesante y pertinente para compartir ahora en la quinta ola por COVID-19, cuando nos afecta la estrepitosa elevación de casos, y debemos decidir cómo nos afecta y nuestro estado de riesgo frente a ella. Veamos. Luego del tsunami que vivimos en enero de 2022 causado por la subvariante BA.1 de ómicron, y que ocasionó más de un cuarto de millón de casos confirmados en el país, tuvimos una pausa, unos meses de tregua. En ellos, en vez de trabajar por construir laderas para que las olas posteriores siguieran un cauce más controlado, a nuestro modo y convenir (porque ya sabemos que el virus no va a desaparecer), se decidió dejarlo a la deriva y voltear la hoja, pretendiendo que la pandemia ya había terminado y que esa contagiadera por ómicron nos daría un pase en automático hacia la endemia. Todos sabemos que no es ni fue así. No nos dedicamos a armar una estrategia para que las siguientes olas fueran menos invasoras, destructivas, desastrosas... No. Más bien aprovechamos para disimular que ya no había COVID-19 e ignorar por completo lo que ya cuatro veces nos había advertido este virus. La endemia llega cuando hay una circulación viral controlada. Ojo: no significa que la COVID-19 haya cambiado de severidad. La endemia habla solamente de la forma en que ocurre su propagación, no sobre la enfermedad en sí. Es cuando sabemos cuántos casos hay y en dónde; cuando los sistemas de salud pueden prevenirse y prepararse para recibir a los pacientes que lo requieren; cuando las estrategias de prevención siguen siendo prioritarias; cuando la transmisión se mitiga gracias a medidas implementadas, y cuando existen formas de mejorar las condiciones y pronósticos de salud de las personas enfermas. Hoy en México no hay endemia. Seguimos como en una balsa, subiendo y bajando la marea según la energía de cada variante. Claro que tener a seis de cada diez mexicanos vacunados con esquema inicial, y a 31 por ciento con refuerzo ha reducido la hospitalización, las complicaciones y las muertes por COVID-19; sin embargo, no seamos conformistas. Las vacunas son una excelente herramienta, pero se requiere mucho más. Aún vemos muertes por COVID-19 que podrían ser evitables. Hay una frase que dice que los “desastres no son naturales”, que escuché por primera vez en un curso de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, donde un expositor de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) explicó que “los desastres naturales no existen. Los desastres son siempre el resultado de las acciones y decisiones humanas…”. En la sesión aclararon que los fenómenos sí son naturales: los huracanes, temblores, tsunamis, tornados…, pero que en sí el desastre depende de la preparación que se tiene en cada lugar. No es lo mismo una inundación en una región sin preparación que en una localidad que ha tomado las medidas necesarias para enfrentarla. Se requiere decisión, voluntad, acción. No por nada hacemos continuamente simulacros de sismos en la Ciudad de México y construimos nuestros edificios pensando en posibles terremotos. Por supuesto que no queremos desastres, pero los fenómenos son prácticamente inevitables. Hay que identificar el riesgo y prepararse de acuerdo a él. Así, requerimos estar preparados para recibir próximas olas por COVID-19, e incluso para eventuales próximas emergencias de salud que sólo pretenden aumentar en frecuencia, como ya lo mostró la incipiente epidemia global de viruela de mono que la OMS podría declarar como una Emergencia de Salud Pública de Preocupación Internacional. Tal como dijo hace unos años Larry Brilliant, uno de los epidemiólogos que trabajó por la erradicación de la viruela, (gracias a la vacunación, la única enfermedad que se ha eliminado del planeta): “las epidemias son inevitables, pero las pandemias son opcionales”. Todo recae en la preparación: preparedness. ¿Cómo prepararnos? Ya lo hemos dicho: para evitar descontrol en las siguientes olas por COVID y poder decir que estamos en endemia, los países deben: monitorear aguas residuales haciendo muestreos y pruebas de PCR periódicos de los desagües para detectar posibles incrementos de casos y tomar medidas locales a tiempo (recordemos que arrojamos virus hasta dos días antes de iniciar con síntomas) y checando las aguas negras se puede estimar la magnitud del crecimiento de casos con antelación, sin depender de que las personas se hagan pruebas. Poco a poco las métricas de COVID-19 van a tornarse cada vez más en hospitalizaciones y muertes que en seguir registrando los casos. Los pocos que se hacen pruebas apenas si reportan el resultado positivo. Por ello, hoy tenemos una positividad promedio de casi 35 por ciento, es decir una de cada tres pruebas que se hacen en México es positiva… Esto es altísimo. Estamos haciendo pocas pruebas: la OMS pide positividad de 5 por ciento para sugerir buena visibilización de la situación de la epidemia. Hoy sabemos que casi tendríamos que multiplicar por 30 ó 50 los casos oficiales, por lo cual hablaríamos de aproximadamente dos millones de mexicanos en este momento con COVID activo, quizás uno de cada 60 cursando la enfermedad. También hay que destacar que no sólo es la COVID-19, sino que hoy vemos varias enfermedades circulando al mismo tiempo, algunas causando co-infecciones, como gripas comunes, virus respiratorio sincicial e influenza, que circula muy fuera de temporada, por lo que mejorar la ventilación SIEMPRE es vital para disminuir la transmisión de estos patógenos. Ya aprendimos que la calidad del aire sí importa y es fundamental. Así, instalando filtros HEPA en el aire acondicionado o haciéndolo en casa en los ventiladores de pie; colocando luz UV dentro de los ductos o, bien, haciendo lo más practico, económico y eficiente: ¡abrir ventanas!

Históricamente, no hemos diseñado nuestros espacios tomando en cuenta el aire. Nos preocupamos por la arquitectura, por la luz natural, por la estructura, pero no por procurar la calidad del aire interior. La COVID-19 tiene que cambiarlo en oficinas, espacios comerciales, colegios... en todos lados. Asimismo, como la inmunidad no es vitalicia, hay que seguir vacunando, aplicando esquemas iniciales a grupos que no han recibido dosis alguna y aplicando refuerzos a quienes ya la recibieron hace tiempo. Además, a pesar de estar vacunados, hay personas de alto riesgo que, por su edad o comorbilidades, pueden tener complicaciones; para ellos ya existen antivirales orales que se pueden tomar en cuanto den positivo en una prueba -Paxlovid y Molnupiravir-, que reducen el riesgo de hospitalizaciones, y que ya fueron autorizados por la COFEPRIS desde enero de 2022, aunque aún no se encuentran disponibles en el país. El Instituto de Métricas de Salud de la Universidad de Washington estima que, de seguir como vamos, México tendría para el 30 de septiembre 102 muertos al día por la COVID-19, mientras que si comienza la distribución universal de antivirales a partir del 15 de julio tendríamos 79 fallecimientos al día, y si usamos el cubrebocas se reduciría a 32 fatalidades diarias. Es decir, sí tenemos cierto control sobre nuestro destino. ¿Por qué no hacerlo? A final de cuentas, en esta quinta ola por COVID-19 no queda sino reconocer qué nos estresa y recordar que el cubrebocas, las vacunas, evitar los espacios saturados de gente y mal ventilados, seria ideal: reduce tu riesgo. Más allá de ello, esta quinta ola sirve para calibrar nuestro equilibrio y ejercer lo aprendido, porque esta ola la surcamos solos.

Hay que recordar que el riesgo depende siempre de tres elementos: del peligro, en este caso el virus, que es una subvariante de ómicron capaz de causar reinfecciones incluso en personas que tuvieron COVID-19 hace poco; de la vulnerabilidad individual, que depende de las condiciones de salud, edad y estado de vacunación; y de la exposición que decidas asumir: comer en un restaurante al aire libre o festejar el día del padre en casa.

Así que ahí está. Ya tienes las herramientas para surfear esta nueva ola y las que siguen: maneja tu riesgo según tu vulnerabilidad personal, el peligro intrínseco del virus y la exposición. Recuerda que el riesgo de tener secuelas de Long-COVID es latente. Aún no sabemos qué predispone a que algunos los evitemos y otros tengamos esos fastidiosos síntomas persistentes. Seguimos aprendiendo del virus y de la enfermedad aguda y crónica que provoca. Y finalmente, si te quedaste con la duda de cómo prepararnos para evitar próximas pandemias, te recomiendo revisar el más reciente libro de Bill Gates, excelente y fácil de leer, que propone un algoritmo para que, como planeta, como humanidad, estemos mejor preparados para enfrentar cualquier amenaza emergente de salud y no nos vuelvan a tomar por sorpresa y tan inocentes, como lo hizo el coronavirus. ¡Cuídate! ¡Es tu salud y la de los tuyos!

* Texto dedicado al Dr. Francisco Moreno Sánchez, quién se convirtió en el médico y guia de quienes requeríamos timón, a mis amigas colaboradoras médicas que admiro por su profundo amor y lealtad a la ciencia, y a todos los trabajadores de la salud de México que a pesar de las circunstancias lo dieron todo por mantenernos vivos.

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