Rosario Castellanos: la voz que no calló
- migueldealba5
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Profa. Mayra Núñez P.
YouTube: Mayra Gallery Art
Galeria Mayra
La escritura de
Rosario Castellanos
como espejo de las luchas
de las mujeres e indígenas
En una reunión cultural, mi amigo Frank preguntó: ¿Por qué no escribes sobre Rosario Castellanos?
Su sugerencia me hizo recordar que hablar de ella no es sólo hablar de una escritora, sino de una mujer que convirtió sus heridas en palabra y su palabra en conciencia.
Rosario creció en un mundo en el cual las mujeres estaban destinadas a callar. La muerte de su hermano – el hombre que debía heredarlo todo – la colocó en un lugar incómodo: ser mujer en ese entonces significaba no tener derecho a decidir ni siquiera sobre la tierra que pisaba.
Ese vacío de reconocimiento fue la chispa que encendió su rebeldía. Su escritura se volvió un espacio para cuestionar las jerarquías que relegaban a las mujeres y a los pueblos indígenas. Hablaba desde su experiencia. No lo hacía con desconocimiento.
En su obra “Mujer que sabe latín” afirmó que la cultura parecía reservar a las mujeres el papel de espectadoras.
En “El eterno femenino” denunció los estereotipos que encadenaban a las mujeres y a los indígenas a la obediencia y al silencio.
En sus libros siempre buscó demostrar cómo la opresión se multiplicaba en los cuerpos de quienes no tenían voz: mujeres e indígenas.
Su vida fue breve pero intensa. Entre aulas, viajes y diplomacia, nunca dejó de escribir con la convicción de que la palabra podía abrir grietas en los muros del silencio.
Rosario Castellanos defendió a las mujeres porque su propia historia estuvo marcada por la exclusión.
Al hacerlo, dejó un legado que sigue vigente: la certeza de que la literatura puede ser resistencia y que cada voz femenina que se alza es un acto de justicia.
Quizá escribir sobre ella sea, en realidad, hacerlo sobre nosotras. Escribir acerca de las muchas voces que aún esperan a ser escuchadas.
Rosario Castellanos falleció por causa de un accidente doméstico. Una descarga eléctrica, aunque existen varias versiones. Tenía 47 años y vivía en Tel Aviv, donde se desempeñaba como embajadora de México.
Sus restos reposan en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en la Ciudad de México.
