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Todos tenemos derecho a una vida libre de violencia



Por: Fernando Silva


Los valores establecidos a partir de la libertad noética y de razonamiento moral, infieren que está en nuestra voluntad y no en la de otros el integrarlos al área de Wernicke —la principal zona del cerebro para las funciones intelectuales superiores— como espléndido repertorio individual basado en la intuición y la percepción para desempeñarnos de manera conspicua y, mejor aún, para ser ejemplo frecuente de alta calidad humana. En este sentido, humanizar nuestras consideraciones y comportamiento es una determinación que apela al bien propio y al de todo ser viviente, por lo que experimentar tan generosa actitud permite alcanzar un valioso grado de paz, serenidad, sensatez, comprensión y empatía. Naturalmente la facultad de obrar es finita, encontrando su sentido en las argumentaciones del para qué y ante qué ser libre, teniendo en cuenta que estamos subordinados por lo físico, biológico, lo psicológico e incluso por lo sociocultural. Esto no supone que alguien ímprobo, embustero o mal intencionado deje de ser persona, sino que simplemente renuncia con imprudencia temeraria o ignorancia (deliberada o no) al propósito de bienestar que los seres humanos hemos manifestado a través de la historia. Tan sólo un par de ejemplos. Un semejante con discapacidad intelectual o autismo no pierde su capacidad para sentir afecto, comprensión o apego hacia las demás personas, por lo que aceptamos de buen grado su modelo de conducta; por el contrario, quien manifiesta comportamientos antisociales o misantropía llega a ser injusto e incluso protervo, al grado de generar un patrón continuo de hostilidad, irritabilidad importante, agitación, agresión y violencia. Asimismo, falta de empatía por los demás y de remordimiento por dañar a otros, por lo que toma riesgos innecesarios y conducta peligrosa sin tener en cuenta la seguridad propia o de los demás.

Por lo tanto, tener idea clara de las cosas y procurar la prosperidad común consiste en identificar lo diverso, entendiendo la existencia «de lo uno y lo múltiple» colmados de bretes y contradicciones, serenidades y sensateces que, a su vez, constituyen las circunstancias (adversas o favorables) que precisamos observar y reflexionar, para proceder contribuyendo a la propagación de la indulgencia, la solidaridad, la empatía, la misericordia y la natural inclinación a hacer el bien, paralelamente escudriñando las diversas etapas de los procesos racionales que permiten hacer que sucesos —diferentes o separados— se engendren sin antinomias, se construyan con efectividad con los conocimientos prácticos de lo que asumimos considerado en el hacer o decir y teniendo como principio la intelección, así como la concepción y entendimiento en pro de una convivencia armónica y en justa correspondencia.

Al respecto, es recurrente advertir cómo se aduce que tales interpretaciones consisten en atribuir o precisar la capacidad de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella, lo que resulta de suma relevancia si se consideran las variadas indeterminaciones que pueden afectar o animar la existencia individual y/o colectiva. Infortunadamente, cuando se pretende caracterizar con alguna referencia o complemento, las ignaras discrepancias suelen proliferar, lo que dificulta la unánime disquisición a un sinnúmero de puntualizaciones conceptuales. Aquí vale tener presente de quién o quiénes provienen las perniciosas ambigüedades, ya que es de suma trascendencia distinguir el tipo de actividad, hecho o fenómeno al que nos referimos cuando departimos sobre su interpretación en sentido noético, que es cuando captamos el significado de algo como un pensamiento intuitivo, es decir, una comprensión o visión de una realidad inteligible, frente al dianoético, que refiere a las virtudes intelectuales que se asocian a la inteligencia. De esta manera, lo que da sustento a la paráfrasis de tan excepcionales concepciones es que la primera (noética) se ubica diligente, comprendiendo las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento y, la segunda (dianoética) es pensar atenta y detenidamente sobre algo, lo que se vincula directamente con la prudente deliberación.

Ahora bien, si la finitud de la existencia personal e incluso la humana es parte de lo que motiva la interpelación sobre el sentido de la vida, los valores universales y el bien hacer, podríamos además deliberar sobre por qué podemos alcanzar grados extremos de imbecilidad. Un ejemplo de ello lo tenemos en las violencias, cuya falta de una exposición —con claridad y exactitud— no permite dar cuenta de la complejidad de formas en las que se manifiestan, por lo que es importante añadir una o más precisiones en las definiciones particulares para cada forma de maltrato. Particularmente se encuentran las que acentúan el uso de la fuerza física, la medible e incontestable es el ataque directo, corporal, contra las personas; con crueldad —manifiesta o encubierta— con el fin de obtener de alguien o de grupos aquello que no quieren consentir libremente y las que causan daño psicológico o emocional, de género, sexual…

Como expuso el filósofo Fernando Savater en su libro Ética para Amador «¿Sabes cuál es la única obligación que tenemos en esta vida? Pues no ser imbéciles. La palabra ‘imbécil’ es más sustanciosa de lo que parece, no te vayas a creer. Viene del latín Baculus que significa bastón: el imbécil es el que necesita bastón para caminar. Que no se enfaden con nosotros los cojos ni los ancianitos, porque el bastón al que nos referimos no es el que se usa muy legítimamente para ayudar a sostenerse y dar pasitos a un cuerpo quebrantado por algún accidente o por la edad. El imbécil puede ser todo lo ágil que se quiera y dar brincos como una gacela olímpica, no se trata de eso. Si el imbécil cojea no es de los pies, sino del ánimo: es su espíritu el debilucho y cojitranco, aunque su cuerpo pegue unas volteretas de órdago. Hay imbéciles de varios modelos, a elegir:

a) El que cree que no quiere nada, el que dice que todo le da igual, el que vive en un perpetuo bostezo o en siesta permanente, aunque tenga los ojos abiertos y no ronque.

b) El que cree que lo quiere todo, lo primero que se le presenta y lo contrario de lo que se le presenta: marcharse y quedarse, bailar y estar sentado, masticar ajos y dar besos sublimes, todo a la vez.

c) El que no sabe lo que quiere ni se molesta en averiguarlo. Imita los quereres de sus vecinos o les lleva la contraria porque sí; todo lo que hace está dictado por la opinión mayoritaria de los que le rodean: es conformista, sin reflexión o rebelde sin causa.

d) El que sabe qué quiere y sabe lo que quiere y, más o menos, sabe por qué lo quiere pero lo quiere flojito, con miedo o con poca fuerza. A fin de cuentas, termina siempre haciendo lo que no quiere y dejando lo que quiere para mañana, a ver si entonces se encuentra más entonado.

e) El que quiere con fuerza y ferocidad, en plan bárbaro, pero se ha engañado a sí mismo sobre lo que es la realidad, se despista enormemente y termina confundiendo la buena vida con aquello que va a hacerle polvo.

[…] Por favor, no vayas a confundir la imbecilidad de la que te hablo con lo que a menudo se llama ser ‘imbécil’, es decir, ser tonto, saber pocas cosas, no entender la trigonometría o ser incapaz de aprenderse el subjuntivo del verbo francés aimer. Uno puede ser imbécil para las matemáticas mea culpa y no serlo para la moral, es decir, para la buena vida».

Las condiciones en que nos encontramos como humanidad, así como el protagonismo que hemos asumido para el reconocimiento de los derechos y libertades, han sido suscritos en todas las naciones, incluidos los planteamientos y preocupaciones por el derecho a una vida libre de violencia. De igual modo, en el panorama y programas para hacer legítimamente lo que conduce a los fines de la vida personal, familiar y social, habrá que tener en cuenta la voluntad, las facultades, capacidades o aptitudes naturales —físicas y mentales— para obrar con responsabilidad de nuestros actos, sin dañar a nuestros semejantes, a las especies animales y vegetales, así como a nuestra Madre Tierra. Vivamos en paz, empezando por ser más humanistas y menos imbéciles.

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