top of page

El reino donde la verdad no es necesaria



Hay una frase del historiador francés,

Alexis de Tocqueville, que parafraseo

para no citar literalmente:


El mayor peligro

para un gobernante

no es que le mientan

a los ciudadanos;

es que todos terminen

mintiéndole a él.

 

Existe un reino muy peculiar. No es el más rico ni el más poderoso. Sus habitantes trabajan, pagan impuestos, leen los periódicos, escuchan discursos y, como en cualquier otra parte del mundo, esperan que quienes gobiernan les digan la verdad.

Un día llega un nuevo gobernante. Asciende al poder prometiendo algo que todos celebran: nunca perder el contacto con la realidad.

Repite una y otra vez que los gobernantes anteriores dejaron de escuchar a la gente; que maquillaban las cifras; que ocultaban los problemas; que terminaron creyendo más en sus discursos que en la vida cotidiana de los ciudadanos.

El reino aplaude. Parece el comienzo de una nueva etapa.

Pero gobernar es más difícil que hacer campaña. Los problemas aparecen desde muy temprano. La inseguridad no desaparece. La economía no crece al ritmo prometido. Las inconformidades continúan.

El gobernante reúne a sus consejeros.

— ¿Cómo evitar que la gente pierda la confianza?

El primero responde:

— Nunca acepte que existe un problema. Si lo reconoce, pensarán fracasó.

El segundo propone:

— Si una estadística no ayuda, presente otra.

El tercero sonríe:

— Y si alguien insiste en hablar de la realidad... cuestione sus intenciones. Es más fácil desacreditar al mensajero que explicar el mensaje.

La estrategia comienza a funcionar.

Con el paso de los meses, el gobernante descubre que la verdad tiene un inconveniente: casi nunca produce aplausos inmediatos. En cambio, las buenas noticias -aunque sean incompletas, exageradas o simplemente imaginadas- siempre encuentran quien las celebre.

Comienza entonces a rodearse de personas que confirman cada una de sus palabras. Los informes dejan de contener dudas. Los problemas llegan suavizados. Las reuniones se convierten en ceremonias donde todos coinciden y nadie contradice. Poco a poco, el silencio sustituye a la crítica y la obediencia comienza a confundirse con lealtad.

Tal vez, y solo tal vez, sin darse cuenta, el gobernante ya no escucha a su pueblo. Escucha únicamente el eco de quienes aprendieron que decir la verdad puede costar el cargo.

Cuando aumentan los delitos, el gobierno habla de percepciones. Cuando aparecen malas noticias, recuerda los errores de los gobernantes anteriores. Cuando alguien critica, responde que todo es parte de una campaña organizada por los enemigos del reino.

Poco a poco, los ministros dejan de describir la realidad. Describen la versión que más conviene a su gobierno. Y cuanto más tiempo permanecen en el poder, menos distinguen a una de la otra.

Mientras tanto, los ciudadanos siguen saliendo a las calles. No viven dentro de los comunicados oficiales. Viven donde las estadísticas se convierten en experiencias y donde los discursos se enfrentan con la vida real todos los días.

Al principio discuten con el gobierno. Después, dejan de hacerlo. Y no es porque estén convencidos, sino porque descubren que discutir con quien ya no quiere escuchar es inútil.

Entonces el reino aprende una lección que ningún asesor político se atreve a enseñar: las campañas sirven para ganar elecciones; la propaganda ayuda a conservar simpatizantes; los ataques desgastan a los adversarios, pero ninguna estrategia de comunicación modifica la realidad.

Cuando un gobierno cree más en el relato que construyó que en el país que gobierna, deja de administrar una nación y, simplemente, comienza a administrar una ficción.

La política cambia todos los días. La cultura que la explica tarda generaciones en transformarse.

bottom of page